¿Quién teme a los agujeros negros?

Publicado por el Apr 3, 2012

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Un grupo de investigadores de la Universidad de Princeton acaba de publicar un artículo en arxiv en el que explica cómo sería el encuentro de la Tierra con uno de los muchos agujeros negros microscópicos que, según la teoría del Big Bang, se formaron en los primeros momentos de existencia del Universo. Y la conclusión es que no tenemos nada que temer de ellos, ya que atravesarían la Tierra sin que ni siquiera nos diéramos cuenta de lo que está ocurriendo.

Sin embargo, estos agujeros negros primordiales sí que provocarían en nuestro planeta una respuesta que puede medirse con la tecnología actual. Y es que en el momento en que el micro agujero negro estuviera atravesando el mundo de parte a parte, el núcleo terrestre vibraría de una forma característica y que puede ser detectada por los sismógrafos como un pequeño terremoto global de cuatro grados de magnitud.

Pero volvamos al principio. Durante las últimas décadas, los científicos han descubierto la existencia de distintas clases de agujeros negros. Los hay enormes, millones de veces más masivos que el Sol, en el centro de muchas galaxias (entre ellas la nuestra). Los hay también que nacen del colapso gravitatorio de una estrella de gran tamaño. No miden más de 3 ó 4 km., pero en ese reducido espacio concentran toda la masa de la estrella original, lo que hace que sean objetos realmente peligrosos.

Y luego están los microagujeros negros. Más pequeños que un núcleo atómico y con una masa, para entendernos, que podría ser equivalente a la del monte Everest. Según las teorías acuales, estos microagujeros "primordiales" no se formaron como consecuencia de un colapso gravitatorio, sino en puntos de enorme densidad de materia en los primeros momentos que siguieron al Big Bang, la gran explosión de la que surgió todo el Universo hace 13.700 millones de años. Algunos investigadores piensan que, en realidad, esos pequeños agujeros negros son el tan buscado ingrediente del que está hecha la materia oscura del Universo.

Según la teoría, muchos de esos diminutos agujeros negros primordiales se habrían evaporado con el paso del tiempo (a través de un proceso llamado radiación Hawking, descubierto por el célebre físico británico), pero un buen número de ellos podría haber sobrevivido hasta la actualidad. Por desgracia, nadie hasta ahora ha sido capaz de detectar uno.

Sí que ha habido, que sepamos, dos falsas alarmas. La primera fue en 1908, cuando una misteriosa explosión arrasó 2.000 kilómetros cuadrados de estepa siberiana cerca de la localidad de Tunguska. En 1973 un grupo de físicos propuso que el responsable fue un pequeño agujero negro que chocó contra la Tierra justo en ese punto. Sin embargo, la teoría resultó ser errónea y, con los datos actuales, lo más probable es que el "culpable" fuera un fragmento de un cometa que explotó a baja altura, lo que explica además la ausencia de un cráter de impacto.

La segunda falsa alarma se produjo en tiempos mucho más recientes. En 2003, otro grupo de investigadores sugirió que una serie de datos sísmicos sin explicación aparente se debió, precisamente, al impacto de un pequeño objeto de enorme densidad contra el planeta. Pero al final se averiguó que el origen había sido un terremoto convencional.

Ahora, Shravan Hanasoge y su equipo de la Universidad de Princeton creen haber encontrado un método que evite que se produzcan más falsas alarmas en el futuro. Y que permitiría, sin dejar lugar a dudas, identificar a un hipotético miniagujero negro de unos pocos miles de millones de toneladas que chocara contra la Tierra.

El agujero nos golpearía, seguramente, a una velocidad de varios cientos de kilómetros por segundo. Pero al ser tan pequeño, lo único que haría sería abrir un túnel microscópico a través de la Tierra, algo que, según los investigadores, no tendría consecuencia alguna para nosotros. Sin embargo, sí que existe una forma de descubrir esa "visita". Y es que, al atravesar el núcleo terrestre de parte a parte, el agujero negro lo haría vibrar, creando una serie de ondas de choque perfectamente esféricas y simétricas.

Unas ondas que serían detectadas, a la vez, por todos los sismógrafos del mundo ya que parecerían proceder de todas partes, algo muy distinto de lo que sucede con un terremoto convencional. "Eso – asegura Hanasoge – distinguiría esas señales de cualquier otra de las que se detectan normalmente".

La intensidad de ese temblor, por suerte para nosotros, sería muy pequeña, no mayor de cuatro grados de magnitud, lo que no causaría daños ni destrucción alguna. Un suceso, según Hanasoge, apenas digno de ser recogido por algún medio de comunicación.

Sin embargo, el hecho de que exista este novedoso método de detección no significa que a partir de ahora vaya a ser fácil descubrir la presencia de un microagujero negro. De hecho, y aunque hubiera suficientes como para dar cuenta de toda la materia oscura de nuestra galaxia, no se produciría un impacto contra la Tierra más que una vez cada diez millones de años.

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