Bob Evans, el coleccionista de supernovas: “El secreto está en recordar los campos de estrellas de memoria”

Publicado por el sep 28, 2009

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No es fácil, desde luego, mirar al cielo y encontrar una supernova. Ni siquiera para los mejores astrónomos, aunque tengan a su disposición los más modernos telescopios. Y no lo es, entre otras razones, porque nadie sabe a ciencia cierta dónde y cuando se producirá la muerte catastrófica de una estrella, dando lugar a uno de los fenómenos más brillantes de todo el Universo.

Por eso, la labor que durante casi tres décadas ha estado realizando Robert Owen Evans suscita la admiración y el respeto de todos. Y es que en ese tiempo, este astrónomo aficionado, ministro de la Iglesia de la Unidad Australiana, ha conseguido encontrar no una, sino 42 supernovas diferentes, y todas ellas con métodos visuales. Nadie, nunca, había logrado algo ni siquiera parecido.

Evans, que viajó a Madrid la semana pasada invitado por Cosmocaixa para participar en un encuentro de astrónomos aficionados, ha explicado a abc.es sus secretos: “Mucho trabajo, una buena memoria, y un poco de suerte”.

-¿Se debe a la suerte haber encontrado 42 supernovas diferentes?

-Hace falta mucho tiempo y trabajo para ello. Yo soy pastor, así que hay otras prioridades que requieren mi tiempo. La astronomía ha sido un hobby para mi, nunca lo primero. Aunque ahora, desde que me jubilé en 1998, me lo puedo tomar con más calma.

- ¿Cuánto tiempo dedica a mirar al cielo?

-Ahora ya no demasiado. En total, unas diez horas de o observación al mes. Pero eso no quiere decir que esas diez horas sean todo el tiemo que le dedico. Tenga en cuenta que cuando hay Luna llena, no puedo trabajar, y si hay mal tiempo, tampoco. En realidad, por una cosa o por otra, el 70 por ciento de las noches resultan inútiles para la observación. Sin embargo, antes, entre los años 80 y el 2000, conseguía casi el doble de horas útiles de observación.

– Así que tiene usted el récord de descubrir supernovas sin nisiquiera dedicarse a ello por completo…

-Puede que tenga que ver con el hecho de que soy capaz de memorizar los campos de estrellas. Me se los mapas del cielo de memoria, así que en cuanto miro por el telescopio, veo de inmediato si hay algo nuevo, con lo que gano mucho tiempo. Después, por supuesto, hay que comprobar si se trata efectivamente de una supernova o de otra cosa, como una estrella variable o un asteroide que está de paso…

-¿A qué ritmo ha descubierto usted sus 42 supernovas?

-Mis primeros descubrimientos fueron en 1991, y desde entonces he encontrado, como promedio, entre una y media y dos por año. No es tanto, si tiene en cuenta que en un año puedo haber realizado entre seis mil y diez mil observaciones diferentes, a un ritmo de más de 50 galaxias por hora…

-Pero esas cifras son completamente asombrosas… Cómo consigue hacerlo tan rápido?

-Ya le dije que tengo muy buena memoria. Para conseguir encontrar rápido lo que se busca, y para saber si allí hay algo nuevo, hay que saber exactamente dónde está cada cosa.

-¿Qué tipo de telescopios utiliza?

-Ópticos. Y es importante para mí que sean lo suficientemente pequeños  para moverlos fácilmente, y lo suficientemente grandes para captar el brillo de objetos que brillan poco. Ahora uso dos telescopios: uno de 31 cm, que está en mi casa,  y otro de 41 cm. Además tengo otro pequeño, con el que suelo apuntar directamente a la región que quiero ver. Luego paso al grande. Y cuando creo haber visto algo, comparo con fotos antiguas de esa misma zona del cielo y con tablas.

-Entre otros hallazgos, usted descubrió un nuevo tipo de supernova, la 1c…

-Sí, es cierto. En los años setenta, sólo se conocían dos tipos de supernovas, las I y las II. Los espectrógrafos de entonces no daban para más detalle. Pero a finales de los años ochenta llegó la espectrografía digital, y la posibilidad de ver las cosas con mucho más detenimiento. Por eso, dos o tres supernovas encontradas en los setenta resultaban ser peculiares, aunque nadie entonces sabía el por qué. Pero en 1983 yo encontré una supernova muy brillante (la SN1983N), que se apagó muy rápido. La estudiaron con el gran telescopio de Arizona porque nadie sabía bien de qué tipo podía ser. Y en 1984 encontré otra igual en la galaxia NGC991. Al comparar sus espectros, ambas tenían el mismo, lo que sirvió para especificar una nueva clase. Las dos se convirtieron en los prototipos de las supernovas 1c.

-¿Espera seguir encontrando supernovas?

-Me encantaría. Desde luego, sigo mirando. Me gustaría encontrar una en la galaxia M31, nuestra vecina Andromeda.

-Una pregunta que seguro que le han hecho más veces. ¿Por qué no se ha convertido nunca en un astrónomo profesional?

-Si, ja ja ja… Porque no soy bueno en matemáticas. No tengo estudios superiores de astrofísica y matemáticas, y eso es muy necesario. También pienso que Dios ha querido que yo sea pastor, que es lo que he querido ser. Y por último, le diré que un astrónomo amateur, además, puede hacer lo que quiera y uno profesional debe seguir órdenes concretas y programas preestablecidos. Un aficionado puede usar el telescopio cuando quiera y no cuando le toque, que puede no ser una buena noche para observar…

-¿Por qué supernovas y no cualquier otro objeto del Universo?

-Porque, entre otras cosas, sirven para arrojar luz sobre uno de los mayores misterios del Universo, el de su expansión acelerada. Desde 1997 se tiene la idea de que la expansión del Universo es cada vez más rápida. Y esa idea es posible en parte gracias a las observaciones de supernovas. La medición de sus brillos, en efecto, ayuda a calcular con más precisión las distancias.

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