El depredador jorobado de Cuenca

Publicado por el Sep 8, 2010

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Se trata del dinosaurio más completo jamás hallado en la península ibérica. Su nombre es Concavenator corcovatus (“El cazador jorobado de Cuenca”), vivió hace 125 millones de años, en el Cretácico Inferior, y fue un temible depredador de más de seis metros de longitud. Sus restos aparecieron hace varios años en el yacimiento paleontológico de Las Hoyas, en Cuenca, y tras una minuciosa descripción, la nueva especie se publica hoy en Nature. José Luis Sanz, Catedrático de Paleontología de la Universidad Autònoma y uno de los firmantes del artículo, explica para ABC la importancia del hallazgo.

“Hay muchas cosas llamativas en este dinosaurio -afirma Sanz a ABC- pero quizá la más sorprendente de todas sea esa especie de joroba puntiaguda que tiene al final de la espalda. Es un rasgo único que no comparte con ningún otro dinosaurio conocido”. Las dos últimas vértebras por delante de la pelvis, en efecto, proyectan sus espinas neurales sobre el dorso del animal, confiriéndole el aspecto de una extraña joroba.

Los científicos, por el momento, ignoran la función que debió tener este peculiar órgano, que no tiene nada que ver con las “velas” espinosas que lucieron otros dinosaurios de finales del Cretácico. “No sabemos para qué le servía -admite Sanz- aunque es probable que tuviera que ver con el control de la temperatura corporal; o quizá fuera una señal, una especie de bandera que utilizaba para comunicarse en determinadas circunstancias”.

El fósil, extraordinariamente bien conservado, apareció en el lecho (hoy seco) de lo que en el Cretácico inferior debió ser un gran lago. El animal, tras su muerte, debió precipitarse al fondo, donde quedó envuelto en el lodo que permitió a sus restos conservarse unidos durante más de cien millones de años.

Es precisamente allí, en el fondo de ese lago, donde el equipo de paleontólogos que dirige José Luis Sanz ha encontrado ya más de 125 especies vivas diferentes, entre animales y plantas. El yacimiento de Las Hoyas es famoso porque en él se describieron aves primitivas, como Iberomesornis, o dinosaurios como Pelecanimimus, el único ornitomimosaurio hallado en Europa.

“Extrajimos el dinosaurio en un gran bloque de caliza de unos tres metros cuadrados -explica Sanz-. Las labores de limpieza, que en su mayor parte se realizan con un pequeño torno, parecido al de un dentista, fueron agotadoras”. Así, poco a poco, hueso a hueso y durante años, los restos del dinosaurio fueron minuciosamente separados de su mortaja de piedra. “Fue una tarea de chinos”, bromea el paleontólogo.

Sanz y los otros dos autores del artículo, Francisco Ortega y Fernando Escaso, creen que el nuevo dinosaurio forma parte del grupo de los carcarodontosáuridos, al que pertenecen los mayores dinosaurios carnívoros (terópodos) que se conocen.

La mera presencia de Concavenator en la Península ibérica indica que la historia evolutiva de este gran grupo de grandes depredadores fue más compleja e intrincada de lo que se creía hasta ahora. “De hecho -asegura Sanz- los carcarodontosáuridos estaban restringidos a un grupo de grandes terópodos que vivían en el supercontinente Gondwana (que incluía las actuales Australia, África, Suramérica y Antártida). Su presencia en Laurasia (actuales Europa y América del Norte), obligan a replantearse su distribución y diversifícación”.

Además de su extraordinaria joroba, Concavenator corcovatus posee otro rasgo único: En muchas aves actuales, el borde posterior de uno de los huesos del antebrazo, la ulna, tiene una serie de pequeños bultos que sirve para la inserción de las plumas de mayor tamaño en las alas.

Esta característica se había reconocido también en algunos dinosaurios de pequeño tamaño y muy cercanamente emparentados con las aves, como Velociraptor. Lo sorprendente es que Concavenator, cuatro veces más grande que Velociraptor, y supuestamente demasiado primitivo para tener plumas, presenta también estos pequeños bultos.

“Eso indica que este dinosaurio -explica José Luis Sanz- ya tenía estructuras en su piel que constituyen un estadio primitivo de las plumas de las aves. Lo que nos lleva a pensar que los rasgos avianos de los dinosaurios terópodos (de los que descienden todas las aves actuales) no evolucionaron en ellos con el tiempo, sino que ya formaban parte de las especies más primitivas”.

Por último, el excelente estado de conservación del animal ha permitido identificar algunas impresiones de su piel, entre ellas las escamas de las patas y de la cola. “Y resulta -añade Sanz- que esas escamas son prácticamente idénticas a las que hoy tienen en sus patas muchas aves, como por ejemplo las gallinas. Resulta impactante pensar que en cualquier corral hay animales que comparten rasgos con dinosaurios que vivieron hace más de cien millones de años”.

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