Australopithecus: ellas de viaje, ellos en casa

Publicado por el Jun 1, 2011

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Hace dos millones de años, nuestros antepasados tenían costumbres muy diferentes de las nuestras. Desentrañar esas costumbres a partir de los escasos restos fosilizados que han llegado hasta nosotros no resulta, en la mayoría de los casos, una tarea fácil. A pesar de ello, un grupo internacional de investigadores de Estados Unidos, Gran Bretaña, Suiza y Alemania ha dado un gran paso al determinar que, entre los australopitecinos, eran las hembras las que se desplazaban lejos de sus territorios. Los machos, por el contrario, se quedaban tranquilamente cerca de casa.

El equipo, capitaneado por Sandi Copeland, investigadora de la Universidad de Colorado Boulder, estudió el esmalte dental de un grupo de ocho Australopithecus africanus y once Paranthropus robustus procedentes de las cuevas surafricanas de Sterkfontein y Swartkrans. Y halló que más de la mitad de los dientes femeninos se habían formado lejos del lugar en el que esas mujeres nacieron y pasaron su infancia. Por el contrario, sólo al 10% de los dientes masculinos les ocurría lo mismo. Lo que demuestra que la mayor parte de los varones, nació, creció y murió en el mismo sitio. El estudio se publica esta semana en Nature.

“Uno de nuestros objetivos -explica Copeland- era el de tratar de encontrar algo que nos indicara cómo los primeros homínidos se relacionaban con su territorio. Y aquí tenemos la primera prueba directa de los patrones de desplazamiento de esos homínidos. Al parecer, eran las mujeres las que, preferentemente, se alejaban de sus grupos de origen“.

Este patrón de “dispersión femenina” se puede observar aún en las poblaciones actuales de chimpancés y bonobos, aunque es muy poco frecuente en otros primates, como los gorilas, que tienen harenes dominados por un solo macho y cuyos jóvenes se ven obligados a abandonar el grupo familiar para buscar sus propias hembras.

Los dientes estudiados por los investigadores tienen una antiguedad comprendida entre 2,4 y 1,7 millones de años, y todos proceden de las cuevas de Sterkfontein y Swartkans, en Suráfrica, dos yacimientos clave en el estudio de la evolución humana. Para llegar a sus conclusiones, los científicos se fijaron en la cantidad de varios isótopos del estroncio presentes en el esmalte dental de los homínidos. Una sofisticada técnica que permite averiguar dónde vivió un individuo concreto mientras sus dientes se formaban.

El estroncio es un elemento natural que forma parte de las rocas y el terreno y que es absorbido por toda clase de animales y vegetales, entre ellos los que servían de alimento a a nuestros lejanos antepasados. Por eso, las trazas de esos isótopos pueden encontrarse en el esmalte dental de los homínidos. Los diferentes isótopos del estroncio reflejan las particularidades geológicas de territorios muy concretos y pueden revelar, por lo tanto, la procedencia de los propietarios de los dientes que los contienen.

Cada diferente isótopo del estroncio está ligado a un sustrato geológico concreto (como el granito, el basalto, la cuarcita, etc) y por lo tanto puede ser usado para averiguar las condiciones del territorio en el que los homínidos nacieron y crecieron. “Las cantidaes de los diferentes isótopos del estroncio -afirma Copeland- son un reflejo directo de los alimentos que estos homínidos consumían, y también un reflejo directo de la geología local del lugar en que vivían”.

Para medir los isótopos, los investigadores utilizaron la técnica de la ablación laser que, además de extremadamente precisa, apenas si daña las muestras analizadas. Los isótopos del estroncio, explican los investigadores, quedaron impresos en los molares de los homínidos hacia la época final de la formación del esmalte, probablemente cuando no tenían más de ocho o nueve años de edad.

Las cuevas de Sterkfontein y Swartkans, que se encuentan a menos de dos km. de distancia la una de la otra, están formadas principalmente por dolomita, un mineral compuesto de carbonato de calcio y magnesio y que tiene un isótopo muy concreto de estroncio. Y fue éste, precisamente, uno de los indicadores más importantes para determinar si los fósiles crecieron, o no, en la zona.

El resultado, en el caso de los machos, es afirmativo. La mayor parte de ellos, en efecto, apenas si se movió unos pocos kilómetros alrededor de las cuevas que les vieron nacer. Para Copeland, las conclusiones del estudio resultan sorprendentes también por otra razón. “Teníamos asumido -explica la científica- que la mayor parte de los homínidos no procedían de la misma zona en la que les encontramos, ya que generalmente se piensa que el bipedalismo surgió precisamente para permitir a los individuos desplazarse a largas distancias. Pero estos desplazamientos tan cortos implican que el bipedalismo debió de evolucionar por otras razones”.

Las dos especies analizadas, Australopithecus africanus y Paranthropus robustus, forman parte de la línea evolutiva que conduce directamente hasta el hombre moderno, la especie a la que todos nosotros pertenecemos, aunque la segunda terminó en un “callejón sin salida” evolutivo y se extinguió por motivos que aún no están claros. Los australopithecus, sin embargo, son parientes muy cercanos de la famosa Lucy, la Australopithecus afarensis de 3,2 millones de años de antiguedad que se considera la “matriarca” de todos los humanos modernos.

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