Las cerezas

Publicado por el jul 7, 2013

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“Último día”, ha escrito el señor del puesto de las cerezas, con la misma y acendrada costumbre que tiene la vida, para seguir, de marcharse.

El puesto es una furgoneta cargada de cajas azules, con el rojo dentro de las cerezas, y unas sillas de playa y una mesa que nunca está quieta, como si navegara a la sombra de los robles que plantó aquí, en el dieciocho, la Marina. Tiene además otro letrero, de esos que se hacen para un día, a vuelapluma, y que al final se ponen todos los años: “Hay cerezas del Bierzo”. Siempre que paso me dan ganas de pararme. Sólo tengo cerezos de aves y cada día me encuentro los huesos mondos a la puerta de mi casa. Un mirlo no es, porque deja el hueso colgado del pedúnculo. Tampoco es un picogordo, Coccothraustes coccothraustes, porque deja el hueso abierto en dos como un libro.

Tal vez germine algún hueso de cerezo alrededor del puesto, entre los robles de la Marina. “Último día”. Y viene otro.

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Hoy os dejo aquí tres fotos mías: las de un cerezo de aves (Prunus avium) con sus cerezas, más pequeñas; la de un mirlo hembra acarreando hierba seca para el nido, y la de unos huesos colgados de su pedúnculo, tal y como los dejan los mirlos y los zorzales. Buena semana y hasta el domingo que viene,

Mónica
cerezas

mirlo hembra

cereza pedúnculo

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