Morente, el Espárrago y otras cosas de Granada

Publicado por el Dec 14, 2010

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«Me parece que en mi próxima vida voy a ser más del Primavera Sound», nos decía Enrique Morente hace ahora dos años, después de reencontrarse con la audiencia rockera y de reponer en los escenarios un «Omega» que todavía representa, como pocos álbumes, la capacidad de su autor para trasbordar al público de un género a otro, un fenómeno que, frente a la exclusión y las líneas editoriales de acento marcado, fomentó como ningún otro festival, y mucho antes de que surgiera el Primavera Sound, el Espárrago. De Granada tenía que ser.

De la misma manera que el «Omega» de Morente fue el anzuelo eléctrico que miles de jóvenes mordieron hace más de una década para ser arrastrados al campo del cante, el Espárrago Rock fue pionero de una mezcla de estilos -antes de que la «fusión» se convirtiera en género autónomo, producto de la premeditada confusión del fin y los medios y origen de muchos de los males del actual pop de consumo- que llevó a la audiencia de mediados de los noventa a salir de sus casillas musicales y abrirse de orejas. No sólo Morente iba y venía al Espárrago granadino. También Ice-T, Faith No More, los Orbital de «In Sides» o Howie B. Cuando los del Espárrago abrieron una «carpa dance» en su recinto, los del Sonar de Barcelona -gente pagada de sí misma y muy desahogada, como se ha podido ir viendo con el tiempo- ironizaron, con esa chulería de la que hacían gala en su etapa de apogeo, con la idea de incorporar a sus atracciones una «carpa rock», sin saber que terminarían rendidos ante la evidencia de sus limitaciones y programando en sus principales escenarios a grandes estrellas del rock de guitarras. Sopas con onda les daban los del Espárrago, un festival quizá lastrado por la imagen de sus asistentes, tirando a lo costra y muy calimocheros, pero capaces de disfrutar con Remedios Amaya, bailar con Mulero o saltar con Iggy Pop. Esas cosas ya no pasan.

Ahora lo que se lleva es irse al FIB, donde hasta hace un par de temporadas no entró el flamenco -y gracias, que he bebido agua-, donde el rap estuvo prohibido hasta que sus responsables se cayeron del caballo y donde el metal sigue aún inédito. Muy enriquecedor. Como el Primavera Sound, muy moderno, absolutamente de carril. Contra todo eso luchó Morente, maestro del descarrilamiento.

 

Nos decía también Morente que cuando se dirigía al público de un festival de rock, o al de La Riviera, donde hace ya más de una década estrenó su «Omega» con aquel espectáculo de las caretas lorquianas, procedía a una «degeneración progresiva» que consistía en arrancar del purismo flamenco para terminar con la distorsión eléctrica. Esa degeneración progresiva, argumento de la obra de Morente, fue también la trama de un festival cuya memoria es justo reivindicar en un tiempo marcado por la exclusión y la ceguera.

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