Lucinda Williams: las heridas del alma

Publicado por el mar 15, 2011

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Alguien con ganas de enredar la ha denominado como “Dylan, pero en chica”. El liante se refería a que su talento musical, literario y compositivo es descomunal, pero que su voz es limitada. Tal vez, pero cuando Lucinda Williams canta se te pone un nudo en la garganta y se te retuercen las tripas.

Tiene el don, el feeling, el quejío, el sentimiento, llámenlo como prefieran. Nació en la Luisiana (el 26 de enero se han cumplido 58 años), pero tuvo una infancia errante por otros estados norteamericanos, y hasta por Santiago de Chile, tras los pasos de su padre, Miller Williams, poeta y profesor de literatura, amante de las palabras, pero también de los sonidos pantanosos del Delta del Mississippi y el cancionero de ese alma en pena que fue Hank Williams.Ya vemos por dónde empezó a picarle a Lucinda el gusanillo. Su madre, pianista aficionada, alimentó ese gusanillos con todas las tonadillas de Joan Baez que encontraba a mano. La suerte de Lucinda Williams estaba echada. En el 79 grababa su primer disco, Ramblin, un surtido de versiones música tradicional, blues, cajún, country. Un año después se atrevía ya como compositora y grababa Happy woman blues. Tuvieron que pasar ocho años hasta el siguiente Lucinda Williams, aclamado por la crítica norteamericana, aunque las ventas nunca han sido el fuerte de Lucinda. Ese álbum contenía una canción demoledora, una de esas piezas de matrícula de honor, Passionate kisses, que unos años más tarde grabó Mary Chapin Carpenter y que le valió a la Williams el primero de sus tres Grammys. Desde entonces, sin prodigarse demasiado, nunca ha dejado de grabar. Por orden cronológico, títulos como Car wheels on a gravel road (1998), Essence (2001), World without tears (2003), West (2007), Little honey (2008). De paso, ha colaborado con otros de los grandes como Steve Earle, Emmylou Harris o Bruce Springsteen. Música la de Lucinda, generalmente sobrecogedora, desnuda, trufada de intensas emociones, amor y desamor, esperanza y desconsuelo. Las mismas coordenadas que se tejen en su reciente estreno, Blessed. Existe también una edición deluxe, The kitchen tapes, con las demos que la propia Lucinda grababa en su cocina. Un álbum que dibuja esos paisajes del ánimo en los que a menudo estamos más solos que la 1. Lucinda Williams escribe con el corazón en la mano, y sus canciones tienen más de gorrión que de águila. Pero sí, da gusto escucharla ya de anochecida, con un trago en la mano, mientras repasamos con las yemas de los dedos los costurones que la vida nos ha ido haciendo. Tenían razón los hombres medicina de los pieles rojas, la música cicatriza las heridas del alma.

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