La banda sonora de la «Vida» de Keith

Publicado por el Dec 11, 2010

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Ahora que aparecen las memorias del siempre polémico guitarrista Keith Richards, uno de esos libros para leer tranquilamente y que destila un cierto tufillo por ‘sus’ verdades, podemos extraer -algo difícil- una serie de titulares. Y no se me ha ocurrido mejor idea que unir sus ‘sabias’ palabras a algunas de las canciones más conocidas de su banda, los Rolling Stones.

“Si yo estoy en conflicto con alguien, significa que alguien está en conflicto conmigo”, comenta en el libro. Ya en los años 70 el crítico Nick Kent le definía como “demente”, “depravado” y “peligroso”. No hay duda que esta leyenda viva del rock and roll se ha ganado muchos enemigos a lo largo de su historia. Ha coqueteado con todo lo habido y por haber. El inglés es el puro diablo en persona, dirían algunos. Por eso, qué mejor tema para recordar que ‘Simpathy for the devil’, una canción que, simplemente, pretendía “socavar la moral imperante”.

Entre sus páginas Keith describe el regreso a la ciudad que le vio nacer, Dartford, y su visita al piso de tres habitaciones y a la tienda de comestibles donde junto con su madre Doris y su padre Bert vivieron desde 1949 hasta 1952: “Es casi como si estuvieras observando a otra persona”, comenta, al tiempo que añade que “después empiezas a recordar con dolor ciertas cosas, como el olor de la lámpara de gas de mi abuela o el sonido que hacía mi abuelo al arrastrar los pies y cuando decía: ‘Hacedle al chico unos huevos con patatas fritas”. Recordarlo le hace daño y, por qué no, le emociona y le hace derramar alguna que otra lagrimilla. Pocas, como reza la canción ‘Out the tears‘.

Por otro lado, relata, con todo lujo de detalles, la sórdida relación con la heroína que le mantuvo al margen de la ley durante diez años, y que finalizó en 1979. “Si no hubiese hecho hincapié en esta etapa, se habría perdido algo importante”, llega a decir. “Mientras me drogaba, estaba completamente convencido de que mi cuerpo era mi templo y por la tanto que podía hacer lo que quisiera con él y nadie tenía derecho a decirme nada”, asegura en el libro. Es como pintar tu pasado, sí, todo de negro.

“Siempre he querido a Mick Jagger pero no he entrado a su camerino en más de 20 años. A veces pienso ‘Echo de menos a mi amigo’ y me pregunto ‘¿Dónde ha ido?’. Creo que fue a comienzos de los 80 cuando Mick empezó a ser insoportable”. ¿Qué se le habrá pasado por la cabeza al frontman al leer esta lapidaria frase? Quizá es el peso de ser como un Rolling Stones, como escribía el poeta.

También cuenta una anécdota en la que, por culpa de las drogas, casi queman él y el saxofonista Bobby Keys la Mansión de Playboy. Keith recuerda que lo más gracioso de todo fue al ser rescatados tras sofocar el fuego: “Escuchamos un tremendo golpe en la puerta, camareros y personal con trajes negros traían cubos de agua. Abrieron la puerta y nosotros les miramos fijamente. Entonces dije: ‘Lo podríamos haber hecho nosotros mismos. ¿Cómo se atreven a entrometerse en asuntos privados?’Lo que me recuerda a ‘Jumpin Jack Flash‘.

Keith siempre ha sido un juerguista y un mujeriego. En relación a las mujeres reconoce que nunca da el primer paso porque “no sé cómo hacerlo. Soy de pocas palabras”. Eso sí, tiene su técnica: “crear un aura a su alrededor y esperar que la mujer dé el primer paso”. Aunque parezca mentira, en la biografía cuenta que es un apasionado de los abrazos hasta el punto que, en ocasiones, se ha ido a la cama con chicas solo para que le abracen y le den un beso, nada más. La mítica letra de ‘Angie‘ siempre me recuerda a lo duro que es la vida sentimental a veces (“Angie, ¿por qué no lloramos juntos?)

En los 60 los detractores de los Rolling Stones les acusaron de ser los instigadores del consumo de drogas entre los jóvenes. Tal fue el caso que en 1967 la policía irrumpió en su casa en Sussex donde celebraba una fiesta (junto con su ‘amigo’ Mick y dos miembros de los Beatles) y fueron arrestados, con juicio posterior por posesión de drogas.

La anécdota que cuenta Keith es la siguiente: llegaron los agentes y estaba bajo los efectos de los alucinógenos que confundió a los policías con enanos. Y sí, los recibió con los brazos abiertos. Después de aquello, se ’emparanoió’ y estaba convencido de que sus teléfonos estaban pinchados. En un viaje a Marruecos le escribió una carta a su madre diciendo: “Perdona que no te llamara antes de salir, pero mis teléfonos no son seguros para hablar”. Bien podría sonar ‘Moonlight mile‘.

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