Kanye West, oscuro y fantástico

Publicado por el Nov 19, 2010

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Después del petardazo sordo, ahogadizo y minimal que representó «808s & Heartbreak» (2008), Kanye West recupera la inspiración y regresa al entorno de las superproducciones con «My Beautiful Dark Twisted Fantasy», magistral contrapunto barroco y carnal a la simplificación mecánica de su anterior y fallido trabajo.

Es tan orgulloso y provocador Kanye West que, pese a caerse con todo el equipo informático hace hora dos años, ha vuelto a recurrir al autotune, pero ahora para desgañitarse y desgañitarlo en el desenlace de «Runaway», pieza de largo metraje cuyo despliegue de medios, argumentos y excesos sirve para dar la medida de este prodigioso disco. Un estribillo procedente del repertorio vocal de Mike Olfield -«High Places», de 1983- abre la oscura fantasía del autor de «Late Registration», decidido a remezclar churras y merinas en un trabajo en el que la heterodoxia, más que un medio, parece ser el fin. En «Blame Game» y de la mano de John Legend, y también en «Devil In A New Dress» vuelve reventar con más maña que fuerza la costuras del soul de consumo. Para «All The Lights» recluta a once estrellas del pop, pilares de una construcción cuya desafiante estructura, en permanante crescendo, como una torre de Babel de voces y percusión, amenaza ruina sin llegar a caerse. El delicado Justin Vernon participa en «Monster», la canción más chusca, que no descuidada, del disco, sometiendo a un baño de vulgaridad al cabecilla de Bon Iver. La merienda de negros se hace africana en «Power», la guitarra se enseñorea de «Gorgeous» hasta envejecerla y la electrónica más depurada revela en «So Appalled» y «Hell Of A Life» que pocos géneros le son ajenos a su autor. Más autotune («Lost In The World»), aunque esta vez superado por una precisa y apabullante rítmica, y un desenlace que reivindica la obra de Gil Scott-Heron completan un disco con el que West vuelve a estar a la altura de su cuestionada firma y se redime de las provocaciones que amenazaban con reducirlo un simple agitador de la moda, el sexo, la política y lo que se le pusiera por delante.

Kanye West no aporta novedades con su nuevo disco, cuyo principal valor es -marca de la casa del hip-hop desde hace décadas- presentar una buena combinación de frases y ritmos, aquí tan exuberante como necesaria para devolver a su autor la confianza perdida y, también, sujeta al canon de esa modernidad que ha establecido notas de corte muy precisas para aceptar al hip-hop como música de compañía. West las supera.

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