Jack White adopta a Wanda Jackson

Publicado por el Jan 16, 2011

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Wanda Jackson y Jack White.jpg

De Gil Scott Heron a Nancy Sinatra, pasando por Marianne Faithful, la adopción de abuelos más o menos olvidados, apolillados y desvalidos ha sido en los últimos tiempos una de las operaciones de rescate e idolatría más discutibles de las llevadas a cabo por las estrellas del rock y el pop alternativo. A mitad de camino entre la veneración y el capricho, la reconstrucción musical de mitos arrumbados en la memoria del oyente pasa ahora por la residencia en la que descansa Wanda Jackson, vieja Reina del Rockabilly a la que vuelve a ponerle pilas Jack White.

A diferencia de lo sucedido en una serie de álbumes en los que era mayor el fanatismo y egoísmo de quienes iban de cacería a los geriátricos que el respeto hacia sus ídolos, Jack White evita hacerle pasar a Wanda Jackson el mal trago de ponerla a cantar piezas ajenas a su código génetico, lo que quizás hubiera tenido mucha gracia y, a la vez o sobre todo, hubiese disparado la cotización de un Jack White sobrado de talento para transformarse en empresario de las más variopintas iniciativas. El cabecilla de los White Stripes, sin embargo, se pone al servicio de la vieja dama del rock y evita intoxicar su leyenda con experimentos de última hora, quizá curiosos en el crepúsculo de la carrera de una mujer de setenta y tantos años, pero que no harían sino acentuar la vanidad de quien la saca de sus casillas.

Jack White le da la vuelta a “Let’s Have a Party”, el clásico más recordado del repertorio de Wanda Jackson, en un “The Party Ain’t Over” donde caben algunas piezas actuales, como el “You Know That I Am No Good” de Amy Winehouse, y también salidas de tono tan añejas como el “Rum And Coca Cola” que sonaba en las salas de fiesta de los años cincuenta. No es el origen de las canciones, sin embargo, el que define esta resurrección discográfica, sino su salvaje ejecución vocal. Wanda Jackson saca fuerzas de flaqueza para mostrarle al mundo, quizás en su despedida, cómo la fiereza fue uno de los argumentos fundaciones del rock.

La condición femenina de la cantante de Oklahoma vuelve a ser decisiva en este emotivo trabajo discográfico. Wanda Jackson no reaparece en aquel mundo de hombres en el que debutó a finales de la década de los cincuenta, sino en un siglo XXI en el que las mujeres -hechas unos zorros, hechas unas zorras- llevan la voz cantante de unos espectáculos en los que la música corre a la par que la lencería, la cosmética videográfica y el erotismo más chabacano, filtrado interesadamente por las primeras firmas de moda y sublimado de forma engañosa. A la última remesa de divas de pabellón cubierto parece ir dedicado un disco que habla de una fiesta, interminable, en la que las mujeres no eran muy distintas a los hombres cuando se subían a un escenario. Sólo había que gritar hasta desgañitarse a los acordes de una guitarra que aquí Jack White electrifica lo justo, para dejar en primer plano la voz de la reina madre del rock. Femenismo puro.

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