Tiqui-taca para la eternidad

Publicado por el Jul 2, 2012

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Hoy es en color, pero algún día será en sepia. Algún día, dentro de muchos años, algún joven aficionado mirará la foto de Íker Casillas en Kiev levantando la copa que consagró a la selección española como una escuadra irrepetible y se preguntará quiénes eran esos tipos bajitos que hipnotizaron al mundo con aquel estilo al que llamaban «tiqui-taca». Se preguntará ese joven si de verdad eran tan buenos, si aquella final contra Italia fue tan brillante como contaron las crónicas y cuál era la magia con la que estos tíos rompieron el maleficio que, decían, pesaba sobre la Roja y que a él le sonará a inverosímil cuento de brujas. Querrá saber con qué artes tumbaron a la arrogante Alemania, a la inhóspita Italia y a todo coloso que se pusiera en su camino.

Puede que tenga al lado a alguien de más edad y que ese alguien  le hable entonces de un portero liviano, de Móstoles, capaz de paradas imposibles, de un ángel felino que se aparecía siempre en los momentos de más apuro, tanto, que se llegó decir que era un santo. Le contará también que un tipo pequeño y paliducho, llamado Andrés Iniesta, se convirtió con su juego en el manchego más universal desde Don Quijote. Tendrá que hablarle de Xavi Hernández, un motor incombustible, un futbolista que corría más que nadie y del que la leyenda cuenta que nunca falló un pase. De Silva, de un canario aniñado de mirada inocente pero intenciones letales para las defensas rivales. De Fernando Torres, de un Apolo de deje melancólico que se rehizo una y otra vez de las críticas a base de goles.

Habrá que hablarle a ese muchacho de mucha gente de difícil parangón. De un hombre, Del Bosque, sensato y morigerado, forjado en la noble cuna del Madrid de Bernabéu, y de su inseparable Toni Grande, dos tipos de humanidad galáctica y castiza en un mundo, el del fútbol, con demasiado divo envanecido. Y también, claro, habrá que hablarle de Luis Aragonés, de aquel viejo entrenador, desabrido, como cansado de la vida, que enseñó el camino, y que convenció a aquel grupo de jóvenes con talento de lo buenos que eran y de que, además de buenos, podían ser campeones.

Lo que a ese joven habrá que contarle es una de esas historias en las que el deporte se convierte en ejemplo para la vida, un relato de humildad, superación y entrega que despertó unánime admiración en un país en el que ambas cosas, la unanimidad y la admiración, eran inusuales. Será oportuno recordarle a ese joven que alguien como Albert Camus decía que todo lo que sabía del comportamiento humano lo aprendió del fútbol y que aquel equipo era eso, una lección de comportamiento. Al fin y al cabo, lo que habrá que contarle a ese joven será una leyenda, una hermosa leyenda.

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