Maneras y maneras de ser centenario

Publicado por el Nov 10, 2011

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Zubizarreta, Raúl, Xavi y Casillas. Cuatro nombres históricos del fútbol español a los que hoy se homenajea por formar el exclusivo club de los que han defendido en más de cien partidos la elástica de la selección. Cuatro símbolos que han marcado nuestras vidas como aficionados y cuya impronta nos recuerda que hay maneras y maneras de ser centenario.

A Zubizarreta el pobre siempre lo persiguió el mal fario y una faceta torpona que siempre le afloraba en las ocasiones más señaladas e inoportunas. A tono con la que ha sido la tónica de la selección española durante décadas, Zubi era capaz de mostrarse seguro hasta que llegaba el trance decisivo en alguna de las grandes citas. Ahí flaqueaba. Era un portero pesadote aunque sobrio y solvente, pero le podía su querencia por las pifias desastrosas en los lances cruciales. Inolvidable el gol que se metió contra Nigeria en Francia 98, violando el conocido aserto de Di Stéfano: «Las que vayan dentro déjelas pasar, pero no meta las que vayan fuera». En su dilatada trayectoria Zubizarreta se convirtió en la estampa del forzoso abono a la derrota en que vivíamos. Veíamos por la tele una historia que siempre acababa con Zubi cariacontecido y España mordiendo el polvo, muchas veces de manera grotesca. Zubi era el símbolo de nuestro fracaso. Y no era del todo justo, porque el hombre dio la talla en muchos partidos de esos que había que ganar con holgura pero que se complicaban por  una mediocridad y tendencia al canguelo que parecían atávicos, así que bienvenida sea esta vindicación del portero con el que naufragamos tantas veces. A veces la historia es diferente a la memoria. Ya dijo Jardiel Poncela, que la historia es la mentira encuadernada. Encuadernemos pues que Zubizarreta era un buen portero, sobre todo, que era nuestro portero. 

En la época de Raúl, que fue eso, la de Raúl, porque su influencia era tal que se convirtió en un futbolista epónimo, dimos un salto adelante. El hambre del zurdo madridista, unida a sucesivas hornadas de buenos futbolistas, nos hizo soñar. Pero el desenlace siguió siendo el mismo. El hechizo se rompió el día que Raúl mandó al limbo un penalti contra la Francia de Zidane y nos echaron de la Eurocopa. Aquel día comprendimos que la ambición torrencial de aquel chaval de barrio tampoco bastaba para romper el maleficio. A quien más le dolió fue a él mismo. Lloraba desconsolado tras malograr el chut que todos los demás eludieron. 

En los tiempos en los que la gloria empezaba a rondarnos, Raúl fue víctima de lo mismo que lo había encumbrado, de sus irrefrenables ansias de ser el número uno. Topó con otro ganador como Luis Aragonés y no supo adaptarse al papel de comparsa que la mera lógica futbolística le tenía reservado en un equipo en el que despuntaba gente como Villa o Torres. Raúl no lo digirió y se quedó sin disfrutar de los éxitos inminentes de la Roja como le correspondía, como un respetado veterano en el banquillo. Quizá sean motivos similares los que explican que el hoy delantero del Schalke no haya querido estar en el acto de la ciudad deportiva de Valdebebas. Es su elección y hay que respetarla. Rául siempre ha sido un líder, no sabe ser otra cosa. Y los líderes tienen estas rarezas. 

Vamos con un líder diferente. Xavi, ay Xavi, la piedra filosofal, la fuente de todo, el paradigma del modelo victorioso que hoy capitanea Del Bosque, un tipo tan talentoso como sensato. Solo le falta el balón de oro y es así porque los periodistas son una caterva de miopes adocenados. El del Barça es hoy el maná de nuestro fútbol y hay que dosificarlo porque ya acumula años y partidos. Los pelotas del Franquismo se referían a la muerte de Franco con la eufemística expresión del «hecho biológico». Pues eso es lo que más debe temer el fútbol español, el hecho biológico de la retirada del catalán. No hay otro como él, con esa capacidad para descubrir resquicios en las defensas más graníticas. Él es el modelo, el incunable, nuestro mayor patrimonio.

Y luego está Casillas, el galáctico de Móstoles. Al contrario que Zubi, Iker es de los que a veces siembran dudas pero en la hora de la verdad es capaz de prodigios inverosímiles y providenciales. Muchas veces la vida es un cara o cruz y a Casillas, cuando importa, siempre le sale cara, confirmando por otra parte la regla de que la suerte suele tener predilección por los buenos.

 

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