La siesta, el vendaval y el extraño síndrome de Torres

Publicado por el Mar 26, 2011

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Andaba la España imperial de Del Bosque ramoneando por el pasto granadino de Los Cármenes. Nadie se desmarcaba y la campeona del mundo parecía un equipo de futbolín. Lo único que se movía era la pelota y lo hacía muy despacio. Solo Iniesta y Navas eran capaces de cambiar el ritmo y de ponerle un poco de hambre al partido frente a los checos, que no tuvieron pudor en aparcar el autobús bajo el larguero de la portería de un magnífico Czech. Como hacía Bill Clinton en sus años mozos, nuestros internacionales parecían haber ido a Granada a contemplar el paisaje.

Hasta que llegó el latigazo de Plasil, un zurdazo bien colocado que armó ante cierta displicencia de los zagueros españoles. Pronto se comprobó que ese instante de júbilo iba a ser el inicio del tormento de los checos. La Roja le dio entonces al botón rojo, el que activa el turbo, y con la revoltosa presencia de Cazorla y el combativo bregar de Torres, tan espeso en ocasiones como inasequible al desaliento siempre, desató un vendaval de fútbol sobre el arco rival que se tradujo en los dos goles de la remontada. Del ramoneo, España pasó a un apabullante bramido.

No es la primera vez en esta fase de clasificación que España permite que los rivales de tono menor que le han tocado en suerte la tutéen de modo irreverente. Ya Lituania logró igualar momentáneamente el marcador y Escocia nos exigió un cierto apunte de épica. Reconozco que me irritan las fases de indudable relajación por las que ocasionalmente atraviesa el juego del equipo. Luego, cuando se arrancan, tengo que disculpárselo porque me enamoran, pero cómo llevó toda la vida viendo a la Selección y nunca antes fue tan maravillosa la experiencia me persigue el temor a que algún día se rompa el hechizo y yo, pobre aficionado, no haya disfrutado de todos y cada uno de los instantes de la irrepetible experiencia. Es irracional, lo sé, pero me pasa.

Por otra parte, aunque soy consciente de que que hoy es el día del récord goleador de Villa y de los cien partidos de Xavi, yo de quien quiero hablar es de Torres. El hombre anda desdibujado, alicáido. No se encuentra. El tarro de las esencias parece habérsele agotado al bueno de Fernando. Remata con la uña, los controles o se le van largos o se le quedan atrás y su acreditado instinto goleador parece extinguido en una pertinaz y frustrante anosmia Ya en el Mundial fue triste ver que la magia, por alguna razón, viajó de sus botas con destino a algún paraje desconocido. Pero el bueno de Fernando no se rinde y sigue buscándola de la única manera que puede un deportista honesto, a base de coraje y esfuerzo. Por este camino seguro que llegan tiempos mejores.

Carente de chispa, Torres volvió hoy a pegarse con fornidos centrales para generar espacios para sus compañeros. El propio Villa admite que la mitad de los goles que hace con la Roja se los debe al esfuerzo ímprobo y oscuro del de Fuenlabrada. Hoy Villa hizo dos y superó a Raúl. Torres estaba en el campo. Con la mueca toricda de que no le salen las cosas. Pero también con la mirada tozuda del que todavía cree en sí mismo.

 

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