La Roja conquista el III Reich

Publicado por el abr 13, 2012

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alemania-españa-1935.cortada.jpgColonia, 12 de mayo de 1935. Mientras la España republicana se desliza hacia la Guerra Civil que la partirá en dos, Alemania derrapa hacia el apogeo del régimen nazi, el delirante proyecto que incendiará Europa. El anciano historiador Eric J. Hobsbawm, que vivió aquellos años, los recuerda como los de la «pasión política». Otra pasión paralela empieza dominar a los europeos, la del fútbol.

Es esa fiebre la que impregna el partido internacional que enfrentará a las selecciones de Alemania y España en el imponente Müngersdorf Stadium de Colonia. En un coliseo donde ondean orgullosas decenas de esvásticas, el amenazador emblema del nuevo régimen alemán, 82.000 hinchas locales reciben a una selección española que llega precedida por el cartel de su  buena actuación en el Mundial de Italia del año anterior. Allí, solo un flagrante latrocinio arbitral frente a los anfitriones, a la postre los campeones, pudo con un equipo imponente como el de España entonces. 


Liderada desde el banquillo por el doctor Amadeo García Salazar, España llega a Colonia con algunas de las más destacadas estrellas del fútbol mundial. En la zaga, el madridista Jacinto Quincoces, nombrado en Italia mejor defensa izquierdo del mundo por su sobriedad en la destrucción del juego rival y su capacidad para acrobáticos e inverosímiles despejes. En el ataque, el pistolero del Oviedo, el imparable Isidro Lángara. Contaban las crónicas de él que rara vez encadenaba más de dos toques. Lo suyo era remate y gol, un digno ancestro del estilo David Villa. 

Frente a la velocidad y el brío hispanos, la poderosa y organizada Alemania, que renovaba el juego con conceptos tácticos novedosos y un sentido colectivo del juego desconocido hasta entonces, una idea de las individualidades al servicio del conjunto emanada directamente de las directrices del nuevo régimen. El fútbol de los alemanes consagraba el racionalismo. ABC contaba que «en la Alemania actual la sensación de esa dirección oficial se ha dejado sentir imprimiendo su sello de disciplina, de metódica organización, de eficiencia; es la organización perfecta, la supeditación terminante, la disciplina rígida a una táctica de la que los jugadores no se apartan, ni siquiera en esos segundos difíciles que pueden poner en peligro su sistema».

 Mientras en el banquillo germano priman la planificación y la exigencia, el seleccionador español recurre a un estilo más amable. Acude poco a la pizarra y más a la dilección y el encomio para animar a sus pupilos, en el banquillo. Estos dos estilos antagónicos ventilarían su querella futbolística en el pasto de Colonia. El rodillo alemán arrancó con ímpetu, arropado por el calor de su público. Nada más comenzar el encuentro, Quincoces desbarata con un arriesgado despeje en plancha una peligrosa internada de Conen, sin duda el más peligroso atacante local. Al zaguero español se le acumula el trabajo ante el empuje alemán. Su testa, reconocible por su habitual pañuelo, achica balones por doquier. La defensa hispana no tarda en claudicar y a los once minutos, sin que España haya podido enhebrar tres pases seguidos, llega el gol. Desconcertado por el vendaval atacante del rival, Quincoces falla en el despeje a un centro desde la derecha de Bender. Conen no desperdicia uno de los pocos regalos que hizo el vasco en su carrera  y fusila al sevillista Eizaguirre con un trallazo a la escuadra que golpea el larguero con violencia antes de colarse en la portería.

Tras el gol las cosas no mejoran para la Selección y solo la sangre fría del portero español en un mano a mano ante Lehner evita que el partido se ponga todavía más cuesta arriba. Pero sobre el césped hay un factor incontrolable incluso para la implacable maquinaria teutona. Se llama Isidro Lángara. Los alemanes son pioneros en una práctica generalizada hoy día, incrustar al medio centro junto a los dos centrales para neutralizar el triplete atacante que se estilaba entonces. Pero este ardid táctico con el que asfixiaba a todos los rivales se le da una higa a Lángara. No se puede presionar a un tío que ni siquiera para la pelota cuando la recibe, que lo único que hace atacarla y lanzarla cual obús hacia la portería. Corre como un morlaco en Sanfermines, chuta con la furia de La Masa y tiene la puntería de Billy el Niño. 

El orden con el que Alemania quiere que discurra el partido lo vuela por los aires Lángara, ayudado por los estiletes de España en las bandas, el madridista Regueiro y el culé Vantolrá. Los chicos de rojo empiezan a divertirse jugando a lo que les gusta, a desplegarse combinando rápido y por las alas. La lógica alemana claudica ante el vértigo español. En el minuto 28, Regueiro traza una diagonal hacia dentro, sorteando a los defensas que salen a su paso, cambia el juego hacia Vantolrá, que mete un pase en profundidad para Lángara. Este pugna con su marcador y, pese a sus embestidas, conecta un potente remate que bate a Buchloh. Es un gol de nueve, un gol de Lángara. España empata y se hace el silencio en la Colonia nazi.

Con la centrifugadora en marcha, la Roja continúa desarbolando el entramado defensivo alemán. Así, poco antes del descanso, Gorostiza sale de la cueva y, al más puro estilo Fernando Hierro, mete un pase en diagonal a la espalda de los centrales alemanes. Vantolrá lo cabecea con intención, dejando el cuero a los pies de Lángara, que llega al galope con la mirada inyectada en sangre y, como siempre de primera, remata cruzado, poniendo a la Roja por delante. El marcador ya no se movería y España volvería con el triunfo de la ciudad del Rin, uno de los éxitos postreros de aquella inolvidable generación de futbolistas truncada por la Guerra Civil. En la Alemania nazi pudieron disfrutar su coraje y valía. 

 

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