Italia, los reyes del caos

Publicado por el Jun 8, 2012

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Cuanto peor, mejor. Este podía ser el lema de la selección italiana de fútbol. Son varios los antecedentes. En el Mundial de España, además de Naranjito, la estrella fue Paolo Rossi, un delantero de la Juve al que Enzo Bearzot decidió convocar a pesar de que llevaba dos años sancionado por su implicación en un escándalo de apuestas ilegales. Italia ganó el Mundial con él como figura. En 2006, la «Nazionale», entonces entrenada por Marcelo Lippi, llegó al Mundial de Alemania envuelta en un feo asunto de amaño de partidos que sacudió los cimientos del «Calcio» y terminó con el descenso de algunos de los clubes más importantes del país. También entonces Italia se proclamó campeona.

Está claro. A los italianos les va el lío. No les molesta el fango. Todo lo contrario, por fétido que este resulte, se mueven con él en las alas como pez en el agua. Son los reyes de la cloaca. Y con Italia, de nuevo, inmersa en trapicheos varios, se las verá la España honesta y valiente que capitanea Vicente del Bosque. Cuidado porque los «azzurri» son especialistas en el arte de la burla, en la zancadilla inesperada, en ganar al más favorito de los favoritos cuando nadie cree en ellos. El domingo en Gdansk España será el príncipe apuesto e Italia el bufón travieso que intentará emborrachar al príncipe para que descienda, también él, al lenguaje procaz que ofende a las doncellas.

El único camino a la dignidad que conocen nuestros rivales del domingo es el de la victoria. Por más feo que sea el modo de alcanzarla. Su peculiar orgullo les lleva a aferrarse a los partidos como una lapa vietnamita al brazo de un marine americano. Son así, nunca ceden y viven del flujo vital del oponente. Se suponía que con Prandelli en el banquillo las cosas habían cambiado un poco, que habían refinado su estilo y mutaba su juego parásito hacia otro más ambicioso. Así se mostraron en el amistoso que nos ganaron bien el verano pasado. Pero no se engañen, a la hora de la verdad serán los mismos cabroncetes de siempre.

Ya lo han demostrado. La prensa mundial se hizo eco de las declaraciones de Prandelli amenazando con retirar a la «Nazionale» de la Eurocopa. No se lo creía ni él. Es, trasladado a la sala de prensa, una jugarreta habitual para distraer la atención. Un italiano en el suelo perdiendo tiempo y otro grupo de ellos rodeando al árbitro llevándose las manos a la boca en ese gesto tan característico que hemos visto una y mil veces. ¡Ma che cosa! Ni Prandelli ni sus hombres han pensado en otra cosa que en quedarse en Polonia y ganar. Ese verbo lo conjugan bien. Lo llevan en la sangre.

Es la idiosincrasia italiana. Se trata de un país que, sobre todo en su mitad meridional, funciona en una especie de cómica anarquía. Solo ellos se explican cómo. Y no es un tópico de las películas de De Sica. Es la pura verdad. Recuerdo que una vez, cuando residía en Inglaterra, ante mis amargas quejas por las largas esperas en el Consulado español en Londres, un amigo italiano me comentaba socarrón: «Prueba a visitar el nuestro» Efectivamente, esas dependencias eran un caos parecido a una película de Bud Spencer y Terence Hill.

Otro ejemplo. En Roma, los autobuses urbanos son como el tren de El milagro de P. Tinto. Pasan más o menos con la misma frecuencia que el cometa Halley. A cambio, nadie paga por subir. Una vez viajaba apretujado en uno de ellos. De repente, una humareda con olor a goma quemada comenzó a inundar el habitáculo. En medio del guirigay que se formó, el chófer se apeó y comprobó que se estaba quemando no sé qué correa del motor. Se improvisó una caótica asamblea entre el autista —así llaman allí al conductor del autobús— y los pasajeros. Al final, decidieron seguir adelante y aquella carraca con ruedas continuó su penoso y ahumado periplo por las empinadas cuestas de las siete colinas.

Bueno, pues ese autobús sirve la metáfora para la Italia de los Buffon, Cassano, Balotelli y compañía. El bus que conduce Prandelli huele muy mal y se desplaza torpemente. Pero no se detendrá ante nada. Así les gusta a los italianos. Así son más peligrosos

 

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