«Excelencia, hemos vencido a la pérfida Albión»

Publicado por el May 28, 2010

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«El salir como franco favorito en el partido contra Norteamérica fue lo que más perjudicó al equipo español. Probablemente cuando marcaron los norteamericanos, nuestros jugadores se dieron demasiada cuenta de la enorme responsabilidad de perder o empatar y esa idea obsesionante les impidió realizar un juego eficaz ante la puerta. Los españoles que nos hallábamos en el campo pasamos ratos muy amargos y hubo un momento en que pensamos que sólo un milagro podría neutralizar tanta mala suerte»

Así, entre tormento, arrancó el que hasta la fecha ha sido el mejor Mundial de España: Brasil, 1950. España, a quien todos los analistas reconocen como un potente combinado debuta en el estadio Durival de Britto e Silva de Curitiba. Hay expectación por ver a esta prometedora versión de la Roja, a la que todos reconocen su poderío atacante. La selección, con jugadores de la talla de PanizoGaínzaZarra o Basora, adolece no obstante de falta de contundencia atrás, pero nadie piensa que su primer rival, los Estados Unidos, vaya a plantearle mayores dificultades.

Hasta que en el minuto 17, el haitiano nacionalizado Gatjens adelanta a EEUU gracias a una lamentable cantada de Eizaguirre, el valencianista que defiende el arco español, que se traga un disparo lejano que no entrañaba excesiva dificultad. A partir de ahí, lo habitual con España en los mundiales. Ansiedad, nervios, precipitación. España monopoliza el balón, pero las prisas y el infortunio le impiden equilibrar el marcador. Pasan los minutos y la decepción va tomando cuerpo. Cuando a los muchos aficionados españoles que hay en el campo ya casi no les quedan uñas, faltando nueve para la conclusión, Silvestre Igoa consigue el empate.

Ahora sí, la Roja se desmelena, se sacude la presión y despliega un torrente futbolístico. En apenas diez minutos, la Furia, aletargada hasta ese momento, les endosa tres tantos. Basora y Zarra completan el inicial de Igoa. A los rubicundos zagueros norteamericanos se les queda cara de granjero tejano atrapado en un encierro de Sanfermines. Por fin, aunque con 81 minutos de retraso, España ha llegado al Mundial, a su mundial.

En el segundo encuentro, el equipo que dirige Guillermo Eizaguirre, se presenta más asentado. El escenario esta vez es el inmenso Maracaná y el rival la selección de Chile. España es de nuevo favorita, pero esta vez no le pesa tal condición y se impone con solvencia a los chilenos por dos goles a cero, disipando así las dudas de una prensa internacional que había calificado como mediocre la actuación ante los Estados Unidos.

El error garrafal del día del debut le cuesta el puesto al portero Eizaguirre, que cede la titularidad al barcelonista Antoni Ramallets, quien, pese a empezarlo de suplente, terminó siendo designado el mejor portero del campeonato. El primero lo anota Estanislao Basora a los diecinueve minutos de juego. En el 32, Zarra escribe una de las primeras páginas gloriosas del legendario estadio en el que se disputa el partido, cuando tras recibir en el centro del campo inicia una galopada imparable hacia la portería rival. Por el camino deja sentado al defensa Farias y al portero Livngstone. Zarra se mete con el cuero en la portería chilena. Maracaná se viene abajo ante el golazo del vasco.

La Selección devuelve a los españoles algo de la alegría perdida en una década de apreturas y rencillas y reafirma el orgullo de una nación marginada en la escena internacional. Con el país entero enganchado ya a los éxitos de su equipo y escuchando por la radio las retransmisiones de Matías Prats, un tipo cuya voz y cuyo léxico hacen de cada partido una epopeya, la Selección llega el dos de julio a su cita con la historia en Maracaná. Inglaterra, referente futbolístico del momento y verdadero rival a batir, se cruza en el camino. Los británicos están obligados a ganar si no quieren volverse prematuramente a esa inhóspita isla de cielos turbios y comistrajos infames en la que tienen su hogar. A España le basta el empate, pero la Roja no sale a especular. Eso nunca se le dio bien. El choque es un auténtico partidazo, disputado de poder a poder. Los ingleses se emplean a fondo y su estrella, el extremo izquierda Stanley Matthews, el «hechicero del balón» para la prensa de la época, le hace la vida imposible a la defensa española. Pero sus centros y remates se topan siempre con los reflejos de Ramallets, a quien su actuación de aquel día le acabará granjeando el sobrenombre de «el gato de Maracaná».

Pero si hay algo que quedará en la memoria colectiva de aquel día fue el gol oportunista de Zarra, a la postre el de la victoria. El defensa Gabriel Alonso adelanta un balón en diagonal sobre el área británica, al estilo del pase a la espalda que décadas después patentó Fernando Hierro. Gaínza deja con la cabeza el centro en el área pequeña, dividido entre Zarra y Williams, el portero británico. Zarra, más rápido, se adelanta y anota aquel gol de nueve que culmina la mayor gesta española en los mundiales registrada hasta la fecha.

Telmo Zarra era un tipo humilde, adorado por la afición y por sus compañeros. Decía de si mismo que él no sabía jugar al fútbol, que sólo sabía meter goles. También reconoció que su gol a Inglaterra lo marcó con el tobillo. A nadie en una España exultante de júbilo le importa. La victoria contra Inglaterra es recibida como la mayor hazaña de la historia del deporte patrio. Porque por primera vez, la Selección se cuela entre las cuatro mejores del mundo y porque, no vamos a negarlo, zurrarle a los ingleses siempre ha producido por estos lares particular gustirrinín. Tanto que, haciendo gala de untuosa actitud de funcionario pelota, Armando Muñoz Calero, presidente de la Federación Española de Fútbol, escribe un telegrama a Franco con el siguiente mensaje: «Excelencia, hemos vencido a la pérfida Albión». No hacía ninguna falta porque el general, como la mayoría de los españolitos de entonces, había escuchado por la radio la memorable retransmisión de Matías Prats. Satisfecho el Caudillo, que ya debía de andar soñando con que Zarra y compañía reconquistaran Gibraltar incrustados en algún tercio de la Legión, escribe a la expedición española: «Al terminar retransmisión con la que seguí emocionante encuentro y brillantísimo triunfo, os envío mi entusiasta felicitación por vuestra técnica y coraje en defensa de nuestros colores. ¡Arriba España!».

Ya en la fase final, España pagará cara la lesión de Panizo contra Inglaterra. El medio del Athletic era la fuente que surtía de balones a Zarra y a los extremos Gaínza y Basora, algo así como el Xavi Hernández de aquella Selección inolvidable. Con todo, la Roja consigue empatar a dos goles contra Uruguay, que a la postre se proclamaría campeón. Después, Brasil, ante nada menos que 185.000 espectadores, la mayoría sin entrada, nos endosa un 6-1 que duele menos por lo conseguido hasta entonces y por el lustre del rival. Ganarle a Brasil en Maracaná se antojaba milagro mayor que sumergirse en aceite hirviendo y salir sin ampollas. Aunque los uruguayos lo conseguirán. En el último encuentro, un equipo ya agotado por tantos partidos y desplazamientos se deja ir ante unos suecos muy inferiores técnicamente pero con más ganas de una victoria que acabarán llevándose por 3 a 1.

Sin embargo, después del alegrón contra Inglaterra y del magnífico juego exhibido, todos los balances son halagüeños. Tras década y media de ostracismo forzoso a causa de la Guerra Civil española primero y la Segunda Guerra Mundial después, España reaparecía en el concierto futbolístico internacional restaurando su menguado prestigio. Unas declaraciones del seleccionador inglés al diario deportivo portugués A Bola daban cuenta de la brillante actuación hispana. Analizando los motivos de la derrota de su equipo ante España, Walter Winterbottom, decía: «Los jugadores españoles actuaron con una energía extraordinaria, rapidísimos con la pelota, férreos, sin ser desleales y con la máxima furia. No crea sin embargo que la victoria española fue sólo consecuencia de la furia, no. El equipo español jugó muy buen fútbol. El mejor que se ha practicado hasta la fecha en el estadio de Maracaná». Digno y caballeroso corolario para un Mundial memorable. El fútbol estaba de enhorabuena. La Roja había vuelto.

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