El torneo de la galleta se decide en Maracaná

El torneo de la galleta se decide en Maracaná

Publicado por el jun 28, 2013

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Es el gran partido, la final soñada. ¡Contra Brasil y en Maracaná! repiten los titulares y locutores, vendiéndonoslo como un gran acontecimiento… Ya. Lo que pasa es que es la final del torneo de la galleta. Así definió un compañero de redacción el valor que tiene el título de campeón del engendro este de la Copa Confederaciones.

A priori, ningún aficionado podría imaginar mejor cartel que un Brasil-España en el legendario estadio de Río, pero en realidad este evento es pura farfolla, un pretexto para que Blatter y la FIFA engorden sus opacas arcas a costa de unos futbolistas que, tras una extenuante temporada, se ven obligados a competir en tierras lejanas y bajo un calor asfixiante. ¿A cambio de qué? ¿Cuál es la gloria del confecampeón?

El suplicio de españoles e italianos en las semifinales rozó el sadismo deportivo. Su sufrimiento fue solo comparable a la juerga que se corrieron los amiguetes tahitianos el día que les dejaron profanar el santuario de Maracaná en su estrambótico partido contra los campeones del mundo. Tenía razón Eduardo Galeano, declarado futbolero, cuando denunció hace ya tiempo que el máximo dirigente del fútbol mundial es un tipo que «jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de ocho metros con chófer negro».

No será en metro como Blatter llegue el domingo al escenario de la final. Maracaná… Maracaná, Maracaná. Nunca el escenario de su disputa tuvo antes de un partido tanto protagonismo. El estadio Periodista Mário Filho, como oficialmente se llama, es el templo del fútbol mundial por antonomasia. Y eso que su leyenda se asocia a la derrota más amarga de la historia. En Maracaná, Pelé se convirtió en el primer jugador de la historia en alcanzar los mil goles como profesional. Pero nadie se acuerda de ese gol de «O Rei» contra el Vasco da Gama, sino del que marcó el uruguayo Ghiggia en la final del Mundial de 1950, que enmudeció a un país entero.

Cuentan que cuando el turista se para a escuchar el latido del Maracaná vacío, puede captar todavía los lamentos de las doscientas mil almas que presenciaron aquella tragedia. La lluvia de millones que ha permitido la remodelación del estadio buscaba que los gritos de alegría por los goles de Neymar apagaran esos ecos malditos, pero resulta que lo que ha brotado es un clamor contra tal despilfarro.

¿Y España? Pues nada, los nuestros a lo suyo, a seguir engrandeciendo este juego con su estilo noble y valiente, unas veces con brillantez, como contra Uruguay, y otras con tesón y suerte, como contra Italia, que con todas estas cosas se forjan los campeones. Los españoles se han mostrado inasequibles a la fatiga y a los silbidos de una grada en la que, mucho me temo, pasan cosas que nadie acierta a interpretar con exactitud. El partido es mucho más importante para el Brasil de Scolari, deseoso de batir a un equipo cuyo nombre ya figura entre los más grandes de la historia. Los nuestros afrontan lo que en definitiva no es más que un amistoso de postín con la serenidad que dan dos certezas: que son los mejores y que Maracaná no recordará al campeón de la galleta, sino al campeón del Mundo. Y ese no se decide hasta el verano que viene.

 

En Twitter: @golmo

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