El primer héroe de la Roja fue un abertzale

Publicado por el Oct 1, 2009

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Corría el año 1920. Para representar a España en los Juegos Olímpicos de Amberes, se formó la primera selección nacional de fútbol. La integraban mitos del balompié patrio como el arquero Ricardo Zamora, Josep Samitier, una de las leyendas fundamentales del barcelonismo, o Rafael Moreno «Pichichi», aguijón en ataque del imparable Athletic de Bilbao de la época. Al principio, la recién nacida selección española cayó en cuartos de final ante la anfitriona Bélgica, una escuadra potente que se alzaría con el oro, pero aquella nuestra primera vez el fútbol nos dio una segunda oportunidad. En la final entre Bélgica y Checoslovaquia, los checoslovacos se marcharon en mitad del partido en protesta por el arbitraje. Estas cosas pasaban mucho antes. La organización montó entonces un nuevo torneo para disputarse las medallas de plata y bronce. Y ahí, la España de los padres fundadores pudo con todos.

En Amberes nació la furia
De aquella brillante actuación, de una jugada en concreto, nacería la leyenda de la «furia española». En las semis del torneo por la plata, España se jugaba el bacalao contra los suecos, que se adelantaron en el marcador y se dedicaron entonces a contener a base de patadas al ataque español. Aguantando los nórdicos el 1-0 a base de una violencia consentida por el árbitro, aquellos primeros peloteros de la Roja no encontraban el modo de igualar el choque. Ni Samitier, ni «Pichichi» ni ninguna otra de nuestras estrellas hallaba un resquicio en la muralla nórdica. Todas sus finas combinaciones eran truncadas por un patadón o una zancadilla. Hasta que en el minuto 6 de la segunda parte, a José María Belausteguigoitia, un robusto medio centro del Athletic más conocido como Belauste, se le terminaron de inflar sus vascongados bemoles. Belauste, con sus 193 centímetros de estatura y a fuerza de practicar deportes como el lanzamiento de palanca, se asemejaba bastante a un armario. Cuando Belauste vio que su compañero en el Athletic y en la recién creada selección española, Sabino Bilbao, avanzaba con el balón controlado, temeroso de que los suecos desbarataran de nuevo a base de tarascadas la jugada, lo tuvo claro. Arrancó decidido hacia el área rival y desde allí le pidió el balón a su compañero con un grito que pudo oírse en todo el estadio y que haría historia: «¡Sabino, a mí el pelotón, que los arrollo!». Y cuando Sabino se la puso con precisión, los arrolló, vaya si los arrolló. Con el mismo brinco con el que controló el balón con el pecho, él, el cuero y los tres defensas suecos que intentaron frenarle acabaron empotrados en la portería. El único periodista español que vio el partido describió aquello como un «gol hercúleo». Después, Acedo marcaría el 2.-1 y Suecia marraría un penalti en los instantes finales del encuentro, pero el lance que marcaría el choque fue el gol de fe y poderío que marcó Belauste.

Tan impresionante fue la jugada que al día siguiente un periódico holandés hablaba de la energía de los jugadores españoles y recuperaba el término con el que se bautizó el saqueo de la ciudad de Amberes por las tropas españolas de Felipe II, allá por 1576, para referirse al coraje y la entrega de Belauste: Había nacido la «Furia española».
En este, como en todo relato épico que se precie, historia y leyenda se confunden. Han circulado varias versiones respecto al grito de Belauste. Algunos testigos negaron que se produjera la famosa frase, otros dicen que Belauste le pidió el balón a su compañero en euskara, gritándole simplemente, ¡Sabino, aurrera!, o, lo que es lo mismo, Sabino adelante.

Lo que sí está constatado históricamente es la aversión que Belauste sentía por lo rojigualda una vez abandonaba el terreno de juego. Con igual tozudez con que sobre el pasto defendía los colores de España, fuera de ellos hacía gala de un compromiso inquebrantable con el nacionalismo vasco. Belauste militó desde joven en el PNV, formación que sólo abandonó para fundar la que sería una de sus escisiones radicales, Acción Nacionalista Vasca. Eso sería en 1930. Ya antes, en 1922, había tenido que exiliarse en Francia después de que en un mitin en Bilbao se le acusara de gritar «Muerte a España». También fue condenado a prisión por su actividad subversiva, condena de la que fue indultado por el rey Alfonso XIII, el mismo que después le entregaría algunas de las 6 copas del Rey que conquistó con su Athletic.

Tras la Guerra Civil, acontecimiento que le deprimió sobremanera, Belauste se exilió en México, donde siguió haciendo gala de su fobia al país cuya historia deportiva contribuyó a engrandecer. La biografía de este pionero héroe de la Roja es un buen ejemplo de la contradictoria relación que tienen con España algunos de sus hijos. Belauste moriría en México D. F. el 4 de junio 1964, mes y medio después de que España levantara en el Bernabéu su primera Eurocopa, un éxito que también era un poco suyo. Al fin y al cabo, detestar a España, no es más que una manera muy extendida, aunque a mi parecer errada, de ser español.

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