El mito de Luis Aragonés

El mito de Luis Aragonés

Publicado por el Feb 1, 2014

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Los chavales de mi barrio dan sus primeras patadas a un balón en un polideportivo que lleva su nombre. Muchos son tan pequeños que no saben quién es, ya quién fue, el tal Luis Aragonés cuyo nombre figura junto al oso y el madroño en el rótulo de entrada a la instalación. Yo, que también fui chaval, sí sé quién fue Luis Aragonés. Acostumbrado a ver a España palmar de todas las maneras posibles, las ridículas, las indignas y, la mayoría de las veces, las trágicas, crecí como aficionado convencido del sino fatal del equipo de la camiseta roja. Hasta que llegó él. 

Otros mayores que yo podrán hablar de cómo jugaba Luis, de su talento lanzando golpes francos, de lo cerca de la Copa de Europa que llevó al Atleti de sus amores, de cómo se entendía con Irureta, Gárate y otros que no son para los de mi generación más que nombres muertos en enciclopedias. Para los que nacimos en la década de 1980, esa que está tan de moda ahora por nuestro peso estadístico en Facebook, Luis siempre fue un entrenador. El que agarró de la pechera a Eto´o cuando le dio un intolerable ataque de niñato, el que explicó en una rueda de prensa al más típico estilo Celtiberia Show la sutil diferencia entre una peineta y un corte de mangas, que la hay, no crean que no.

Llegó al cargo de seleccionador nacional en medio de un inusitado consenso en el mundillo futbolístico. Veníamos de una actuación indecorosa en la Eurocopa de Portugal y en los últimos años habíamos sido capaces de perder con potencias como Chipre, Noruega o Nigeria. Como después de la tragedia ultramarina de 1898, toda la opinión publicada exigía una regeneración y el sabio era el elegido. La selección era el techo para un técnico que había ganado y perdido en los banquillos de toda España. Le faltaba el del Bernabéu, pero ahí había una incompatibilidad insuperable, porque en el Madrid, aunque lo ganes todo, te echan si no vistes de Armani, y a Luis podía uno imaginárselo con el uniforme de camarero de El Brillante, pero nunca enfundado en un diseño italiano.

El Mundial de Alemania dejó fogonazos de arte, como el memorable gol de Torres contra Ucrania, pero terminamos con el gatillazo de siempre contra la Francia del último Zidane. Tras esto las cosas se torcieron de verdad y a Luis se le dio por muerto, un cadáver más en el osario de la desgracia hispana. Entonces se cargó a Raúl. Periodistas cortesanos de toda filiación mediática, los de las mamadurrias, que diría Esperanza Aguirre, recrudecieron su ofensiva contra el eslabón débil. Pero el técnico se refugió en su prometedor grupo de jugadores. Convirtió a Ramos en un zaguero imperial, enseñó a Xavi a leer todos los mapas que ya tenía en su cabeza e inyectó sangre en la mirada de todos sus hombres. Hizo piña con ellos y empezó a pavimentar una ruta hacia la gloria en la que solo creía él.

Y así llegamos al verano loco de 2008. Y España empezó a jugar como si no fuera España, como si la utopía fuera posible en cada internada de Iniesta, en cada remate de Villa. Todo el país se pegó al televisor. Como todos los veranos de torneo, en bares, campings, terrazas… Todos en bermudas viviendo un sueño que en el fondo sabíamos que terminaría mal. ¿Por qué iba esta vez a ser diferente? Los medios de todo el mundo empezaron a hablar del equipo del abuelo, un abuelo que jugaba con los nervios de aficionados y comentaristas agotando los cambios de una sola tacada a media hora larga del final de los partidos. Como en los casinos, desde el banquillo a Luis le iba lo de apostar fuerte.

Aquel verano ocurrieron cosas inconcebibles en mi infancia. Le ganamos a Italia en los penaltis y llegamos a la final contra Alemania. ¿Recuerdan lo que decía Lineker sobre los alemanes y el fútbol, verdad? Pues España llegó y ganó aquella final gracias a un gol de Torres que Luis Aragonés había vaticinado en la intimidad del vestuario, allí donde su figura alcanzaba su verdadera estatura.

Hoy la muerte se ha llevado. Me lo imagino recibiéndola con la misma mueca de hastío con que acudía a las ruedas de prensa. Apagando su pitillo y acompañándola con desgana hacia una cita que sabe ineludible. También hoy, bajo el sol del invierno madrileño, en el “poli” que lleva su nombre, los chavales de mi barrio persiguen los sueños que encierra toda pelota en movimiento. Crecen convencidos de que la selección española a la que veneran en sus cromos es un equipo campeón. Quizá algún día se pregunten si siempre fue así.

 

En Twitter: @golmo

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