El día que Portugal se llevó nueve de Chamartín

Publicado por el Nov 15, 2010

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Imagen del partido de vuelta disputado en Lisboa entre Portugal y España

No sé qué nos pasa con Portugal. Lo normal es que entre vecinos prime la hostilidad y se den rivalidades encarnizadas. Pero resulta que nosotros con nuestro vecino occidental nos llevamos bastante bien. Con lo gordos que nos caen los franceses y las peloteras en las que solemos enzarzarnos con los marroquíes, no me explico el por qué de esa plácida avenencia con los lusos. El caso es que la historia de nuestros 36 duelos balompédicos cuenta ocasiones en las que los portugueses se comportaron como eso, como amiguetes.

Corría el mes de marzo de 1934, cuando el viejo Chamartín recibió la visita de la selección nacional portuguesa. En juego, nada menos que el pase a la segunda edición del Campeonato del Mundo de fútbol, que organizaría la Italia de Mussolini. Seares dos Reis, Martinst, Jurado, Nova , Augusto Silva, Pinto, Maurao, Waldemar, Mezquita, Sousa y Lopes defendieron el pabellón portugués. Sin éxito. El once español, en el que sobresalían figuras históricas como el portero Ricardo Zamora o el delantero Lángara, se los comió con patatas y sin piedad. Nueve, nada menos que nueve goles se llevó Portugal de Chamartín.

El hombre del partido fue Isidro Lángara, goleador  insaciable, digno predecesor de estrellas de hogaño como David Villa. Artillero del mejor Real Oviedo de la historia, el «tanque» Lángara enchufó nada menos que cinco aquella tarde. La escabechina fue tal que la Roja se impuso por nueve a cero a Portugal  Y eso que el técnico portugués intentó todo. Hasta sustituir al portero. De nada sirvió.

A los tres minutos de partido, las 25.000 almas, incluida la del presidente de la República, don Niceto Alcalá-Zamora, que llenaban el estadio madrileño, celebraban el primer gol de España. Caerían ocho más, algunos de ellos de factura espectacular. Amigo de los golazos era Lángara. Pero no era el único de rojo con pólvora en los tacos. El madridista Regueiro, por dos veces, o la leyenda periquita Martín Vantolrá también perforaron aquel día la portería lusa. Después del partido, se homenajeó a los vapuleados portugueses, que al día siguiente a su inapelable derrota fueron obsequiados con una excursión a Toledo. Pelillos a la mar.

Una semana después, España disputó la vuelta en Lisboa. Volvió a ganar. No con tan insultante suficiencia, pero sí certificando su clasificación para el Mundial de Italia. Aquella generación de futbolistas excepcionales toparía en aquella cita, como tantas otras de las que ha alumbrado el fútbol español, con la fatalidad.

En el Mundial, la leñera Italia y un arbitro prevaricador mandó a los españoles para casa. Dos años después, la Guerra Civil disolvió aquella escuadra mítica, condenando a muchos de sus integrantes al destierro. Talentos como Lángara se vieron obligados a exilarse y aquella generación se rompió, malográndose así uno de los más prometedores planteles de la historia de la Roja.

Este miércoles, España, imperial en esta hora futbolística, vuelve a vérselas con los vecinos de al lado, un pueblo con el que compartimos muchas más cosas que pasión por el fútbol. Pase lo que pase, seguiremos siendo amigos.

 

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