Diego Costa, el gamberro que necesita la selección

Diego Costa, el gamberro que necesita la selección

Publicado por el sep 30, 2013

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Decía Del Bosque que no tiene delantero y en esas explotó Diego Costa. Ocho goles en siete partidos avalan la candidatura de un tipo que puede darle al equipo nacional lo único de lo que quizás ande escaso: hambre y gol.

El estimulante Atleti de Simeone ha resucitado una liga moribunda por el tedioso duopolio Madrid-Barça y Diego el pendenciero se presenta ahora como el agitador ideal de la coctelera del salmantino, en la que empieza a haber cada vez más poso y menos jugo.

Bienvenido sea Diego. Tiene tantos detractores como víctimas en los estadios rivales y se le acusa de sucio, pero esos son los juicios melifluos que impone la maldita plaga de la corrección política, que ha invadido ya hasta el fútbol. Diego Costa es un goleador que tiene su motor en la pasión; un tipo que afronta cada partido como los presidiarios la hora del patio, como un nuevo examen al que sobrevivir; un canalla que se aleja del canon robótico y musculoso que adocena a los protagonistas de este juego desde que pertenece más a Adidas y a Nike que a los barrios que rodean a los estadios.

A Diego Costa lo invitan a una boda y en el convite intenta tocarle el culo a la novia. No puede evitarlo, no admite matices a su avidez. Por eso es tan bueno y tan áspero, por eso mola tanto que esté en tu equipo y por eso duele tanto en el contrario. Unicef no lo reclamará nunca para ninguna de sus loables campañas, pero él no es un tipo que vaya a vivir de sus sonrisas.

Diego Costa es fútbol del de antes y del bueno. Tiene tanta calidad como carácter. Recuerda a Stoichkov y a Juanito, especímenes ambos cuyo fenotipo creíamos extinguido para siempre. No para quieto. Persigue cada balón como si fuera el último y su instinto le enseña siempre la herida en la que hurgar hasta desangrar a la defensa. Es un terrorista del área, un vietcong que obsesiona a sus marcadores y que no se arruga cuando estos optan por la política del palo. Diego no rueda mucho cuando le pegan. Lo suyo no es el teatro, lo suyo es la barricada. Él se levanta raudo, mira a los ojos y en la siguiente o devuelve el estacazo o hace gol.

No anda España tan sobrada ya como para ignorar pujanza semejante. Puede que haya que ayudarle con el nudo de la corbata en los actos con Villar, o quizá enseñarle a besar la mano de Doña Letizia, pero qué demonios importa eso.

 

En Twitter: @golmo

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