Cuando Iniesta parece Mauro Silva

Publicado por el jun 30, 2010

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Desterró de un plumazo Villa todas las dudas en torno al juego de la Roja. Su voracidad volvió a quedar patente cuando perforó el marco de un Eduardo que hasta entonces se había comportado como un muro de granito. Elástico, sí, pero granítico.

Gano y convenció España esta vez. Probablemente la primera en el Mundial. Contra Portugal, el equipo fue ambicioso en la presión e introdujo una velocidad más en los metros finales. Tocó con paciencia y estorbó la salida del balón de los lusos con tanto ahínco que, por momentos Iniesta pareció Mauro Silva. Con Torres en el campo, el juego de la Selección siguió pecando de romo, pero en cuanto Llorente ocupó su lugar, el ataque se revolucionó, hasta detonar la sublime jugada del gol del guaje. A partir de ahí sí apareció la España alegre y móvil que añorábamos.

Pero al margen de la mejoría en la tónica general, ha habido varios detalles en los que ha vuelto a confirmarse la mayoría de edad de la Roja. El primero, la paciencia y la insistencia en el estilo que ya es una de sus señas de identidad. Lo ha pasado mal España en este Mundial. Ha sufrido. Pero nunca ha renunciado a su apuesta. Ha sabido crecer en torno a su filosofía de juego.

Luego está Villa, un auténtico oasis para el aficionado en estos tiempos de fútbol  desértico, un antídoto infalible contra el muermo que producen las recetas de los Capellos, Mourinhos, Dungas y demás. Ya no quedan tipos como él, de esos que reciben y encaran, de esos que creen que un balón a cuarenta metros de la portería es en potencia más un gol que un saque de banda, de esos que desconocen el significado del verbo especular. Él, Robben y Messi son los únicos futbolistas hoy día que hacen lo que a uno le gusta ver en un jugador, coger la coctelera y agitarla hasta que explota. En su gol de hoy, la combinación de Xavi e Iniesta es maravillosa, pero a mí lo que de verdad me pone de esa jugada es la velocidad con la que el asturiano engatilla el rechace después de haber marrado su primer remate. Cualquier otro habría frenado su carrera hasta ver el desenlace, Villa siguió enchufado a la jugada hasta el fina, hasta la puntilla. Detalle de matador. Es esa fe la que difrencia a los buenos de los mejores, a los aspirantes de los campeones.

El gol de Villa permitió a la España de Del Bosque gustarse por primera vez en este mundial y rendir un pequeño homenaje a los futbolistas menos vistosos de este plantel. Menos vistosos, pero imprescindibles. Tremendo Capdevila hoy, sacando la casta y la sangre fría, cosas compatibles aunque algunos becerros lo ignoren, en la expulsión de Ricardo Costa. Magnífico, imperial Piqué, tan solvente en desbaratar los ataques rivales como en empezar a hilvanar los propios. Y no nos olvidemos de Marchena, el bueno de Marchena, el tipo que nunca pierde, el talismán de la Roja victoriosa. El mito de su imbatibilidad sigue creciendo. Con que le dure tres partidos más nos daríamos por satisfechos. Adios Cristiano, adiós Queiroz. Que pase el siguiente.

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