Cosas de la Navidad

Publicado por el Nov 30, 2010

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Sergio Ramos, Carles.jpg

 

Es Navidad. Y ya se sabe que en estas fechas en las que se espera la avenencia y el reencuentro familiar, cuando los anuncios publicitarios venden meliflua armonía, muchas veces los banquetes festivos acaban en trifulcas familiares, algunas de ellas en auténticas algaradas. Algo de esto fue lo que ocurrió ayer en el Camp Nou.

Allí se celebraba la gran fiesta del fútbol español, con el súper partido, el clásico de los clásicos, el gran evento del fútbol hispano y con el grueso de la estelar selección española sobre el césped en un partido de poder a poder. O al menos, eso se esperaba. Porque el único poder que se vio fue el hegemónico azulgrana, un imperio majestuoso a cuyo cénit nadie, ya tampoco el ríspido Mou, se atreve a poner fecha de caducidad.

Llegaron los internacionales madridistas capitaneados por Casillas y Sergio Ramos al que iba a ser el gran festín invernal del barcelonismo y les pasó lo que nos ha pasado a más de uno cuando vuela el confeti y los matasuegras chuflan en nuestras orejas, pero es solo uno, y no nosotros, el que se está divirtiendo. El Madrid fue a cumplir con una visita incómoda, como muchos españolitos en estas fechas, y acabó perdiendo los estribos, marchándose dando un portazo y mandando al carajo al Barça, que se comportó una vez más como ese cuñado chistoso que pone los pies encima de la mesa, que gana una y otra vez al Trivial, que siempre hace regalos más caros y le cae más simpático a los niños, que se cachondea de nuestras miserias cotidianas con gracejo e ingenio y que opone a nuestra incipiente calvicie una melena más vigorosa que la de Juanjo Güemes. Cuando al otro le ríen las gracias, y el objeto de chanza es uno, son comprensibles reacciones iracundas como la de ayer de Sergio Ramos, que no tuvo mejor ocurrencia que atizarle un manotazo a Carles Puyol, su habitual compañero de zaga con la Roja.

Queda otra vez acreditado que no hay idilio que sobreviva a una rivalidad tan enconada y atávica como la de madridistas y culés. Ramos y Puyol han sido juntos campeones del Mundo y de Europa, han frenado codo con codo a los mejores delanteros del mundo, el catalán le ha hecho al andaluz la cobertura centenares de veces vistiendo la elástica de España… Nada de eso importó ayer. Como ha ocurrido siempre, el síndrome del clásico lo arrasa todo. Sean de dónde sean los futbolistas, cuando se enfundan la camiseta del Real y enfrente está el Barcelona, o a la inversa, les ocurre lo que a Spiderman cuando va de negro, que se abre paso la agresividad y se enturbian los afectos y las lealtades.

La cosa es que en los últimos años el cuñado, el Barcelona, está de un crecido que es insoportable y que desde el decadente centro de poder mesetario no se encuentra el modo de remediar una superioridad que insulta por aplastante y por duradera.  Así es que lo de ayer es normal y no hay que preocuparse demasiado. Además, ¿qué demonios?: es Navidad.

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