Belgrado 1977: Aquella épica victoria de honestidad

Publicado por el nov 4, 2009

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30 de noviembre de 1977. Bajo un cielo plomizo y con un grado bajo cero, un frío que dolía, los melenudos integrantes de la selección española de fútbol se jugaban el pasaporte al mundial de Argentina 78 contra Yugoslavia en el infierno del «Pequeño Maracaná» de Belgrado, escenario en el que los once futbolistas locales y las cien mil gargantas que los animaban montarían una auténtica encerrona para los españoles.

Los yugoslavos eran los gallitos del grupo, pero se habían complicado el pase. España, entrenada entonces por un cuestionado Ladislao Kubala, no había enamorado, pero, mal que bien, había ido sacando adelante sus compromisos. Tras perder en Bucarest contra Rumanía con un desafortunado gol en propia puerta, amparada en el oficio de una zaga con gente tan solvente como Migueli o Camacho, había conseguido plantarse con opciones en el decisivo choque de Belgrado. Era una oportunidad histórica, toda vez que España llevaba sin ir al Mundial desde Inglaterra´66.

El duelo tenía toda la pimienta del mundo. Cuatro años antes, había sido el combinado plavi el que nos había apartado del mundial en la fase de clasificación tras derrotarnos por 1-0 en el partido decisivo. Todos los analistas daban por favorita a Yugoslavia, una escuadra con altas dosis de talento que se la jugaría además apoyada por un público enardecido. No en vano, el Gobierno comunista del mariscal Tito decidió decretar el día festivo y poblar las gradas con militares de permiso que convertirían el campo del Estrella Roja en un castrense hervidero de gritos patrióticos, efluvios alcohólicos e iracunda animadversión a los españoles.

Ambiente bélico

La tensión en los días previos al choque era tal que el seleccionador Kubala ordenó al cuerpo médico de la Federación que vigilara todo lo que ingerían los jugadores por miedo a que los envenenaran. Cada vez que los jugadores españoles se cruzaban con un yugoslavo, este les dedicaba algún comentario despectivo y les auguraba la derrota. Fue una táctica de hostigamiento psicológico bien planificada y alimentada por los medios de comunicación locales.

Cuando llegó el día del partido, la aparente paranoia del seleccionador cobró sentido. Pocas veces se ha visto en un campo de fútbol tanta hostilidad. Las gradas estaban repletas dos horas antes de empezar el partido y cuando los españoles salieron a calentar tuvieron que desistir ante la torrencial lluvia de objetos que se originó. El himno nacional español, casi no pudo oírse en medio del griterío general. Miembros de la delegación española contarían años después que nunca sintieron tanto miedo sobre un terreno de juego. Los jugadores aparecían en los televisores de los españoles de la época con cara de susto en medio de un escenario infernal. Ateridos por el frío y acogotados por la presión ambiental, nuestros internacionales tenían todas las trazas de los corderos que enfilan hacia el matadero.

Comenzado el partido quedó claro que para los balcánicos lo del partido a vida o muerte era mucho más que un tópico periodístico. Nada más sacar de centro, un yugoslavo se llevaba por delante a Juanito con una entrada kamikaze. El árbitro inglés Burns puso cara de sueco, una pose que ensayaría decenas de veces en aquellos bélicos 90 minutos.

A los diez minutos, después de dos intentos anteriores, el delantero Kustudic, terminaba de cargarse a Pirri con una tarascada energúmena. Baldíos resultaron los intentos del bravo líbero madridista por mantenerse en el campo. En el minuto 14 dejaba su sitio en el campo a Olmo, un joven defensor del Barça que acabaría por hacer el partido de su vida.

El ímpetu balcánico no se limitaba a las entradas. Tirones de pelo, puñetazos subterráneos… Los yugoslavos desplegaron todo un abanico de malas artes ante el consentimiento arbitral, ofensiva marrullera que combinaban con el constante bombardeo del área española. El acoso estuvo a punto de convertirse en tragedia cuando en el minuto 26 Olmo sacaba bajo palos un balón que se colaba y cuyo rechace el virtuoso Safet Susic mandaría al palo. Llovía y mucho.

Pero aquel equipo, aquella España, la formaban tipos de los que no se arrugaban. Los Camacho, Juanito, Migueli y compañía apretaron los dientes y a base de sudar sangre, aguantar patadas y provocaciones y achicar balones a destajo mantuvieron a España en el partido. Algún periodista de la época escribió que «los españoles se revolvían como felinos cada vez que eran superados». Amparada en la solidez de su defensa y en el coraje de sus jugadores, conforme avanzaban los minutos, la Roja empezó a carburar ante la incredulidad del público, compuesto en su mayoría por una soldadesca a la que la entereza hispana iba rebajando la borrachera.

En la segunda parte, la defensa cedería protagonismo al ataque español. Cada vez con mayor frecuencia iban apareciendo el móvil y escurridizo Juanito, el debutante Cardeñosa y el siempre batallador Rubén Cano, un tío que jugaba como Julio Salinas, pero con greñas. Hasta que en el minuto 71, Juanito se sacó de la manga un pase entre líneas que podría haber firmado el mismísimo Michael Laudrup y habilitó a Cardeñosa, que alcanzó la pelota justo cuando se iba por la línea de fondo. El pequeño Cardeñosa se sacó un centro magistral con la zurda que la defensa yugoslava no persiguió con la fe con la que sí lo hizo el hispano-argentino Rubén Cano. No la empaló muy bien la verdad. Le pegó con la espinilla, pero el caso es que cogió a Katalinic, el portero yugoslavo, a contrapié y la pelota se coló en la portería, silenciando de un plumazo al Pequeño Maracaná. Lo que era una olla a presión se convirtió  súbitamente en una capilla ardiente.

Después llegaría el salvaje episodio por el que más se recuerda aquel partido: el botellazo a Juanito cuando fue sustituido con el encuentro ya casi concluido. El delantero dedicó un gesto despectivo al público que alguien correspondió con un certero botellazo en la cabeza del andaluz. Muchos españoles se temieron lo peor cuando le vieron caer fulminado, pero el bueno de Juan Gómez tenía la cabeza de granito. En el avión de regreso a una España que esperaba jubilosa a su selección, Juanito reconocería que había llorado tras el partido. Pero no por el botellazo, sino por lo épico de la victoria.

Efectivamente, en unas condiciones climatológicas extremas, ante un público fiero, y contra un rival violento, tramposo y no exento de calidad, España hizo valer sus humildes armas de entonces para que prevaleciera la justicia. Como escribiría el enviado especial de ABC, España venció aquel día «dejando en terreno ajeno el grato sabor de su honestidad».

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