Una América Latina a dos velocidades

Publicado por el mar 20, 2015

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De acuerdo a la mayoría de las estimaciones, América Latina crecerá un 1,5% en 2015 y 2,4% en 2016. No obstante, estas cifras de crecimiento están sujetas a la consolidación del crecimiento de la economía mundial. La Alianza del Pacífico crecerá un 3,6% en 2015, con lo que se destacará de forma notable del ritmo al que lo viene haciendo el Mercosur. Los países miembros de la Alianza se encuentran mejor preparados para enfrentar la coyuntura, y por eso crecerán, en conjunto, un 3,6% este año y un 3,8% en 2016. En contrapartida, todo indica que los países miembro del Mercosur verán como en este 2015 sus economías se quedan estancadas. Por tanto, resulta cada vez más evidente que América Latina avanza a dos velocidades, con todas las consecuencias económicas, sociales y políticas que esto supone. Los últimos sucesos en Brasil y Venezuela y el previsible cambio de rumbo político en Argentina hacia la segunda mitad de año atestiguan el impacto que está teniendo esta asimetría para algunos Estados de la región.

En segundo lugar, hoy, la política monetaria monopoliza, convertida en auténtica “vedette”, el interés de la política económica global.  Son tres los  procesos que caracterizan este fenómeno: primero, el tapering de los EE.UU., es decir, la reducción progresiva del quantitative easing a cargo de la Reserva Federal de los EE.UU.; en segundo lugar, la política monetaria expansiva que ha iniciado el Banco Central Europeo; y en tercer lugar, la expansión monetaria en Japón resultado de la abenomics.  Esta dinámica afectará de manera diversa a los países de América Latina, en particular en lo relativo a flujos comerciales, flujos de inversión o tipos de cambio.

Después de una etapa en la que el mundo parecía rendido ante el éxito económico de los países emergentes, se ha producido un cambio que vuelve a someter a examen a sus economías. Aquellas políticas que hayan desarrollado durante los años de bonanza cobrarán una importancia vital. Es decir, aquellos países que hayan generado confianza en los inversores y creado marcos de seguridad jurídica, que cuenten con grandes colchones de reservas, que hayan atendido la macroeconomía y que se hayan dotado de políticas anticíclicas; y que cuenten con economías ágiles, dinámicas y abiertas superarán esta turbulencia con mucha más facilidad que aquellos que emprendieron el camino contrario, amurallando sus economías.

La dinámica del mundo parece discurrir de la siguiente manera: hay un momento para los países desarrollados y otro para los emergentes. En esta etapa les toca a los emergentes probar que el crecimiento demostrado en años anteriores se fundamenta en bases sólidas y que sus economías están en condiciones de resistir una acusada reducción de la demanda de materias primas y una disminución de liquidez.

En cuanto al panorama internacional del comercio y la inversión, después de más de diez años asistiendo a la paralización de las negociaciones multilaterales en el seno de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el comercio, la inversión y las economías del mundo parecen decididos a enfrentar los retos y desafíos del siglo XXI mediante la negociación de diversos macro-acuerdos gestados fuera de la OMC. Estos acuerdos están consolidando una nueva plataforma global para el comercio. Aunque tienen diferentes ámbitos y procesos de liberalización comercial, todos comparten el objetivo de promover una integración profunda y ágil, que vaya más allá del comercio tradicional, incorporando los ámbitos económico, financiero, regulatorio, científico, tecnológico y de cooperación. En este “mapa” global, con dos grandes acuerdos en torno al Atlántico y al Pacífico, los países miembro de la Alianza del Pacífico otra vez se verían beneficiados, pues pueden funcionar de forma efectiva como un “puente” entre los dos espacios de integración. De hecho, la alianza es abierta y tiene el objetivo potencial de ampliar su número de miembros. Los acuerdos que cada país de la Alianza tiene con los participantes de los dos macro procesos confiere al los miembros de la alianza un protagonismo adicional en este escenario que se abre en el mundo. Es decir, México, Colombia, Perú y Chile quedarían en una posición privilegiada, al situarse la Alianza del Pacífico como nexo entre las dos grandes pistas de integración globales. Esta Alianza también podría alcanzar un rol preponderante como “bisagra” en el escenario de un acuerdo de alcance global. Cabe destacar también que los acuerdos mega-regionales podrían contribuir a desenredar el spaghetti bowl de los acuerdos bilaterales existentes y establecer así una renovada estructura para el comercio internacional. De hecho, desde el BID se ha acuñado la metáfora de convertir estos spaghetti bowls en lasagna plates.

Para terminar, todo indica que la época de bonanza y el viento de cola para la región han terminado y en este contexto no cabe duda de que una agenda de competitividad para todos es más necesaria que nunca. Esta agenda de propuestas debe estar marcada por políticas que atraigan y protejan las inversiones con marcos institucionales estables de seguridad jurídica, que contemplen ambiciosos y viables planes de infraestructuras, fundamentales para la integración física y el desarrollo; y que se ocupen de brindar una oferta formativa de calidad que mejore la productividad, y en definitiva, ayude a afianzar unas clases medias notablemente ensanchadas en los últimos doce años de fuerte crecimiento económico. En la aplicación de esta agenda ambiciosa reside un futuro de prosperidad y desarrollo para los países de América Latina.

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