Maduro y “la que se avecina”

Publicado por el mar 6, 2015

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El presidente venezolano Nicolas Maduro, haciendo alarde de su proverbial incontinencia verbal, nos regaló esta semana, al cumplirse dos años de la muerte de su mentor, Hugo Chávez, dos “perlitas” que, aunque inoportunas, no dejan de llamar la atención.

 

Primero, sin venir a cuento reveló al mundo que le gusta mucho una serie española titulada “Aquí no hay quien viva”. Obviamente, y como no podía ser de otra manera, la broma y el chiste fácil no se hicieron esperar: “En Venezuela no hay quien viva”. Sinceramente, se lo había puesto demasiado fácil a sus críticos dentro y fuera de Venezuela.

 

En segundo lugar, y en este punto sí me gustaría detenerme un poco más, Maduro afirmó con el aplomo y la convicción de los que ignoran la duda “Yo creo que yo voy para España, me lanzo a la presidencia y gano”. No merece la pena en este espacio dedicar energías a explicar que en España el sistema es parlamentario y nadie se puede lanzar a la presidencia del país.

 

Lo que más me llamó la atención es que desde que se publicó la noticia que recogía esas declaraciones, tanto los medios de comunicación como mis círculos de amigos interesados por la política española y latinoamericana no dejaron de reírse de lo que consideraban un dislate más de esos a los que el presidente de Venezuela nos tiene acostumbrados.

 

Sin embargo, creo que es un error no tomarse en serio las palabras de Maduro y que es necesario ponerlas en contexto. Pues el presidente venezolano observa desde el otro lado del Atlántico un ascenso extraordinario en las encuestas de un partido formado por grupo de profesores universitarios que él conoce muy bien porque asesoraban en Miraflores a su mentor y predecesor, el caudillo que lo designó para el puesto hoy ocupa: Hugo Chávez.

 

Maduro realiza es un ejercicio intelectual intuitivo, que si bien básico, tiene una fundamentación racional. Si un grupo de chamos que nos ha asesorado durante todo este tiempo y al que le hacíamos el favor de retribuirles honrosamente por su modesto trabajo, han conseguido formar un partido político y están a la puerta de ingresar en las instituciones de España, cómo no podría yo que soy la quintaesencia de ese régimen convertirme en presidente allí.

 

En definitiva, se rige por la siguiente máxima: Qui potest plus, potest minus (quien puede lo más puede lo menos). Dicho de otra manera, si nuestros asesores, unos chavales que en la mesa de la revolución no repartían ni las arepas, están cercanos al calor del poder español, cómo un tipo como yo que gozó de la máxima confianza del caudillo no podría lograr lo mismo que ellos o más.

 

Uno puede preguntarse cómo es posible que este personaje se plantee semejante idea cuando no puede gobernar su propio país porque ha contribuido a generar el caos más absoluto con su pésima gestión. Un país que sufre 25.000 muertes violentas al año ante la impotencia o la desidia del gobierno, cuya incompetencia ha hundido la economía del país, como atestiguan todos los indicadores macroeconómicos, y generado un desabastecimiento brutal de los productos básicos de alimentación y sanitarios.

 

Puede parecer grotesco que quien persigue a líderes opositores, reprime a estudiantes, conculca la libertad de expresión, y dinamita las instituciones del Estado piense que podría gozar del  aval ciudadano para gobernar una de las mejores democracias del mundo, como es la española.

 

Sin embargo, el razonamiento de Maduro no es ridículo, ni grotesco.

 

En muchas encuestas de España el proyecto político que opera como filial del discurso populista chavista está cerca del podio para las elecciones generales.

 

Son indiferentes las formas, da lo mismo que el populismo lo encarne un grandullón latinoamericano que ataviado con un chándal multicolor y desplegando un retórica evangelista, o que lo haga un grupo de profesores universitarios marxistas influidos por el pensamiento de Ernesto Laclau (ni que hubiesen descubierto la pólvora). Un grupo que repite como un mantra que hay una política vieja que es la culpable de todos los males de la sociedad, y que ellos  son la vanguardia que viene a ofrecer la pastilla de Matrix para que los españoles puedan conocer las auténticas y oscuras fuerzas que se mueven detrás de la presuntamente fraudulenta democracia representativa y liberal.

 

Son lo mismo. Aquí y allá.

 

Ejecutan el mismo ejercicio de construcción política que consiste en dibujar los contornos de un enemigo del pueblo, ubicando al adversario político en ese lugar y construyendo su identidad  a partir de las aristas perversas que atribuyen a ese enemigo para  ellos, así, poder encarnar “lo otro”. En el caso español, funcionaría de la siguiente manera: el proceso de transición a la democracia español es un engaño, debajo de las formas subyace una política real que es corrupta y antidemocrática. Así las cosas, como nada es lo que parece, la política no debe consistir en actuar de buena fe en las instituciones, sino en desenmascarar lo que está pasando, en desvelar el engaño y ponerle fin. En otras palabras: como el pueblo español ha sido víctima de un engaño, es necesario que un grupo de iluminados se erija en vanguardia con el objeto de desvelarlo. Se trata de un proyecto que se consagra como aglutinador de descontentos identificando un enemigo. Lo han hecho en la Venezuela de Chávez, lo han hecho en la Argentina de los Kirchner y ahora lo hace Podemos en España.  Como narrativa política para obtener triunfos electorales en época de crisis, descontento y confusión puede ser una fórmula eficaz la propugnada por Laclau. Sin embargo, a la luz de los pésimos resultados obtenidos por los gobiernos que han hecho suyos estos proyectos, los apologetas del populismo deberían prestar mayor atención al resultado de sus políticas allí donde han alcanzado victorias electorales, pues no es lo mismo el pastoreo demagógico de las masas que la gestión real de los problemas.

 

La política actúa sobre una realidad que tiene límites; no obstante, el discurso populista defiende una política que no conoce límites. Por tanto en su programa revolucionario pueden plantear cualquier quimera, mientras que el político responsable se encuentra ineludiblemente atado por los límites de la propia realidad que conoce.

 

El hecho de que Maduro piense que podría ser presidente de Gobierno de España es una prueba irrefutable de que hasta una persona de su limitado intelecto pueda llegar a hacerse una idea de la que se avecina, que ironías del destino,  es el título de la secuela de su serie favorita.

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