Serbia, Rusia y la geoestrategia

Publicado por el abr 27, 2014

Compartir

Estuve en Belgrado durante las pasadas vacaciones de Pascua. Siempre que  voy a mi ciudad natal recuerdo frases como aquélla de Winston Churchill – “Los Balcanes producen más historia de la que pueden digerir”- u otra de Bismark – “Los Balcanes no merecen  la vida de un solo campesino de Pomerania”- o la de Henry Kissinger- “Los países balcánicos siempre han estado inmersos en sus odios y laberintos étnicos, y por ello nunca han tenido en cuenta la importancia  de los juegos geoestratégicos de las grandes potencias”-.  A cada una de ellas opongo lo que me contaba mi bisabuelo.  Él fue un campesino serbio que no dudó de que Serbia merecía que le ofreciera su vida durante la triple invasión de  1915 por los ejércitos de Alemania, Austria y Bulgaria.  Sobrevivió a la retirada a través de Albania (que explicaba como una maniobra táctica: para no capitular, el ejército serbio entero y el gobierno con su rey, Petar Karadjordjevic a la cabeza,  decidió replegarse hacia Grecia. Mi bisabuelo estuvo en un campo de concentración búlgaro y fue proclamado héroe del frente de Salónica. Él me transmitió el amor por la Historia y el respeto hacia  Kissinger, a quien nunca había leído (aunque sí oído por la radio), pero por el que tenía una admiración inexplicable. Cuando quería hacerme algún cumplido (murió cuando yo tenía 10 años), decía: “Algún día tú podrás hablar con Kissinger.”

Cuando estoy en Belgrado, me doy cuenta de que, salvo los historiadores, nadie allí piensa en las frases tópicas de los hombres célebres. Mis amigos afirman que Serbia es el tercer país más pobre del mundo (¡tras Venezuela e Irán!), quejándose de que antes vivían mejor y de que ahora están más cerca, a la vez, de la Unión Europea y de la pobreza. La  mayoría de ellos tiene dos trabajos( o ninguno).  En las últimas elecciones presidenciales ha ganado el Partido del Progreso Serbio, compuesto por antiguos nacionalistas y socialistas a los que mis amigos desprecian, pero reconocen que han conseguido firmar el Acuerdo de Asociación con la UE y empezar las negociaciones para el ingreso de Serbia en la Unión.

De vuelta, en el avión, pienso en lo que dijo Kissinger. Su afirmación sigue siendo válida sólo hasta cierto punto. Los odios y laberintos étnicos perviven en los Balcanes, pero no hay nada parecido a la  supuesta indiferencia hacia los juegos geoestratégicos de las grandes potencias. Se trata más bien de una conciencia amarga de que en el banquete internacional los balcánicos siempre han sido el menú y nunca los comensales.  Sin embargo hay una diferencia fundamental a la hora de afrontar la política internacional  como el arte de encontrar un equilibrio del poder: mientras los occidentales intentan -y en la mayoría de los casos lo consiguen- seguir unas pautas racionales a partir de criterios económicos, los serbios, como los rusos, subordinan el sentido común al honor y al orgullo nacional.  Sin ir más lejos, esto se advierte en sus juicios ante la crisis de Ucrania. Los serbios expresan su opinión con una frase: “Rusia no es Serbia”, lo que significa que Serbia tuvo que plegarse a la política de los EEUU respecto a Kosovo, pero que Rusia, dado su tamaño y poder, no tiene por qué hacer lo mismo en el caso de Ucrania.

Mientras la UE, la OTAN y los EEUU despliegan sus fuerzas en las fronteras de Ucrania y amenazan a Rusia con sanciones económicas que dañarán su economía, la Rusia de Vladimir Putin está dispuesta a sacrificar lo que sea necesario en aras de su interés nacional.  La misma irracionalidad política que demostraron los serbios en el caso de Kosovo.  Serbia no quiso aceptar la independencia de este territorio exigida por los EEUU. Los serbios sabían que iban a perder la guerra contra la OTAN (¿cómo no iban a saberlo?), pero estaban dispuestos a morir y matar porque consideraban que había que defender lo propio. Sólo podrían aceptar la pérdida de Kosovo como el resultado de una derrota militar que, aunque resultase humillante, lo sería menos que una renuncia a luchar. No se trataba del honor del guerrero, sino de la guerra como cultura nacional.

Occidente se equivoca si todavía piensa que las sanciones económicas podrán devolver Crimea a Ucrania o frenar los planes de Putin para controlar el mayor territorio posible de Ucrania. Para Putin y los rusos, por muy absurdo que nos parezca y no entre en nuestro discurso postmoderno de relatividad de los valores, matar y morir por lo que consideran suyo es una cuestión prioritaria de honor nacional. Para ellos, la búsqueda del equilibrio del poder entre las grandes potencias puede ser importante, pero no lo más importante. Y además, es verdad,  Rusia no es Serbia.

 

Compartir

ABC.es

Mira telescópica © DIARIO ABC, S.L. 2014

Análisis y enfoques de Política Internacional Más sobre «Mira telescópica»

Categorías
Etiquetas
abril 2014
L M X J V S D
« mar   may »
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
282930