Universidad 2014

Publicado por el Jan 17, 2014

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En los últimos días he leído que dice el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte que el 2014 debe ser el año de la universidad, es decir, de la reforma de la universidad. Sin embargo, a los políticos, o a los analistas políticos, o simplemente a los que dicen entender de política, les parece demasiado tarde en la actual legislatura. Como yo no soy ni una cosa ni la otra, ni la de más allá, me cuesta entender lo lógica, seguro que inteligente, de que las reformas, especialmente las importantes como la que mencionamos, tienen que ser "justo a tiempo". Así, el primer año es demasiado pronto porque aún no se ha tanteado el terreno (léase alianzas, pactos y sensibilidad social); el tercero, en el que nos encontramos en este caso, ya es demasiado tarde para afrontar tensiones reformistas, el Gobierno de turno está desgastado y se arriesgan las próximas elecciones; y, por supuesto, el último no debe hacerse nada salvo preparar la inminente contienda electoral. Por lo tanto, legislar, lo que se dice legislar para cambiar y mejorar, sólo puede hacerse en el año dos. Así son de cortas las legislaturas.

De todas formas, vamos a imaginar que el comentario anterior no aplica en este caso y que aún merece la pena hacer un esfuerzo en aras de una universidad mejor al servicio de los ciudadanos. ¿Qué podría hacerse? En España, hablar de reforma en la educación superior significa necesariamente hablar de cambios en la universidad pública, ya que ésta cuenta con casi el 90% de los estudiantes y prácticamente el 100% de la atención política. En mi opinión, tres son los elementos que deberían ser analizados para abordar una mejora perceptible.

En primer lugar, el modelo académico. La forma, como aún se sigue enseñando en la mayoría de las aulas de de nuestras universidades públicas, hace tiempo que debió quedar atrás. Enseñar solamente conocimientos, casi siempre obsoletos, ignorando las necesarias competencias que deben acompañarlos para hacer del egresado un ciudadano capaz de seguir aprendiendo en el futuro, es obviar las necesidades de una sociedad que nos obliga a aprender y reciclarnos continuamente y, seguramente, a cambiar de profesión y actividad varias veces en nuestra vida. Mejor aprender a aprender que quedarse colgado de unos conocimientos fácilmente superados por el simple paso del tiempo y la aparición de las nuevas tecnologías.

En segundo lugar, el modelo de gobierno imperante en las universidades públicas de nuestro país, basado en una elección supuestamente democrática de los rectores, que les convierten más en representantes políticos que en líderes académicos y gestores eficientes de la ingente cantidad de recursos humanos y financieros empleados en los campus. Si a esto añadimos que la elección de sus colaboradores, decanos y otros puestos claves, también se hace de la misma manera pero de forma separada, el resultado son consejos de gobierno en los que cada uno tira para su lado (ideológico, claro está) que ignoran el bien del colectivo al que sirven.

Y, finalmente, el modelo de financiación. La crisis no ha hecho más que poner blanco sobre negro, aunque de manera más dolorosa. Pretender financiar las universidades públicas casi exclusivamente del presupuesto público, ni las mejora ni las hace más útiles para el conjunto de la sociedad.

Un último apunte: quizás después de una reforma así, podamos volver a hablar del encaje de las universidades privadas en el conjunto del sistema; y cómo éstas podrían aportar algunos elementos, ya contrastados, que ayudarían desde el sentido común a una universidad más acorde con lo que los ciudadanos esperan y se merecen.

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