La invisibilidad de los cuidados de salud que aportan las mujeres

Publicado por el Mar 7, 2014

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Los modelos de protección social existentes (salvo excepciones, como la de los Países Escandinavos o los Países Bajos) no han incluido hasta muy recientemente los cuidados en la infancia, en situaciones de discapacidad, enfermedad crónica y durante la vejez.

La razón estriba —según el Libro Blanco del IMSERSO Atención a las personas en situación de dependencia en España  (2004) — en que la mayoría de los sistemas de protección social continúan marcados por connotaciones ideológicas sustentadas en modelos familiares que no tienen en cuenta el profundo cambio social que significa la deconstrucción del sistema de género y la consiguiente simetría de roles que está en trance imparable de producirse y, por ello, sigue reticentemente vigente el modelo basado en la antigua concepción social asentada en la división sexual del trabajo, que adjudicaba diferentes tareas, roles y comportamientos a hombre y mujeres. (1)

El modelo de bienestar “familista”, según el cual las políticas públicas dan por supuesto que las familias deben asumir la provisión de bienestar de sus miembros, sigue penalizando a las mujeres y las reformas que se han ido produciendo no tienen la dimensión que se necesitaría para ajustarlas a las nuevas necesidades.

En nuestro país, los servicios formales participan de forma minoritaria en el cuidado continuado de las personas que lo necesitan.  Además, existe una clara inequidad de género generada por la desigual distribución de las cargas (entendidas como “conjuntos de problemas, tanto físicos como psicológicos o emocionales, sociales y financieros que pueden experimentar los miembros de la familia que cuidan a adultos dependientes” -George y Gwyther, 1986-) entre hombres y mujeres: el porcentaje de mujeres cuidadoras no solo no ha disminuido desde 1995 sino que ha aumentado en 2005, el 84% de las personas cuidadoras de los mayores son mujeres, lo más habitual es que sea la hija (50%), o la esposa o compañera (12%) y en menor medida las nueras (9%), porcentajes que contrastan con los de los hijos, esposos o yernos, que son del 8%, 5% y 2%, respectivamente (2) (figura 1).

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Cuando aparece la enfermedad hallamos a un sujeto femenino tan volcado en la salud del otro como descuidado en la suya propia. Cuidar es incompatible con la individualidad, no hay lugar para ser una misma; la enfermedad, la atención, el deterioro ganan la partida, se desvanece el tiempo personal, el tiempo social, el tiempo profesional…

El coste que asumen las mujeres por el hecho de cuidar es elevado en términos de salud, calidad de vida, oportunidades de empleo, desarrollo profesional, impacto económico, relaciones sociales y disponibilidad del propio tiempo. Probablemente por eso, casi todas las mujeres en las investigaciones realizadas manifestaron que no esperan o no aceptarían para sí mismas nunca ayudas de este tipo por parte de sus hijas.

Cualquier política de apoyo a cuidadores/as debería tener en cuenta la distribución desigual de las responsabilidades y cargas que supone el cuidado de las personas dependientes en la sociedad, tanto en el ámbito privado (familiar) como en el público (servicios formales)  así como entre los distintos miembros de la red de apoyo informal. Las políticas de apoyo deberían ser, por tanto, en primer término, políticas de reducción de las desigualdades y fomento de la equidad (3).

La preferencia de cuidadores y cuidadoras a favor de una prestación económica para retribuir  los cuidados (61% en 1994) ha experimentado un vuelco en la última década. Actualmente las familias prefieren (64%) recibir el apoyo de los poderes públicos en forma de servicios, especialmente de ayuda a domicilio (quienes se decantan por la prestación económica ha bajado al 32%).

Solo con un conjunto de prestaciones y servicios destinados a colaborar con las familias en el cuidado y atención que todas las personas necesitamos en algunos periodos de nuestro ciclo vital y, de manera especial, durante la infancia y los últimos años de nuestra vida, se comenzaría a reparar la falta de equidad que, frente a los sistemas de protección social, se comete con las mujeres, pues siendo ellas las que más bienestar producen a la sociedad , son quienes menos se benefician de las prestaciones del sistema (el diferencial en la cuantía de las pensiones según sexo es uno de los más claros ejemplos).

Referencias

(1)   IMSERSO. Atención a las personas en situación de dependencia en España. El Libro blanco. 2004

(2)   IMSERSO. Observatorio de personas mayores. Boletín sobre el envejecimiento. Perfiles y tendencias. Nº 35, 2008

(3)   García-Calvente, MM; Mateo-Rodriguez, I; Eguiguren, Ana P. El sistema informal de cuidados en clave de desigualdad. Gac Sanit v.18 supl.1 Barcelona mayo 2004.

 

Gema Coira, Julia Ojuel y Emilia Bailón

Grupo de Trabajo de Atención a la Mujer de la semFYC

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