A golpes (de aguja) en Korogocho

Publicado por el may 9, 2012

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Ignatius Mayero desconoce el significado de crepé o pespunte. Ni siquiera domina la técnica del petit-point. Sin embargo, en los últimos tiempos y desde su pequeño taller de moda, este keniano que roza la cuarentena ha logrado (a golpe de aguja) revolucionar la vida de Korogocho, uno de los principales asentamientos chabolistas de Nairobi.

En 1991, Mayero decidió crear un proyecto de artesanía y costura que ayudara a rehabilitar a los centenares de mujeres que ejercían la prostitución en la zona. Dos décadas después, Bega Kwa Bega (“hombro con hombro” en swahili)” se ha convertido en una de las cooperativas más exitosas del país.

“En nuestros muros (apenas 60 metros cuadrados) producimos una amplia gama de productos: desde camisetas de corte étnico a cestas de mimbre, pasando por joyas realizadas con huesos de animales. Y el 85% de todas las ventas se realizan a países como Italia o Reino Unido”, reconoce a ABC el emprendedor.

En la actualidad, Bega Kwa Bega cuenta con un proyecto hermano (Bidii) centrado, a su vez, en el diseño de zapatos. Un modelo de éxito que ya ha despertado el interés de varias compañías internacionales de alta costura, como Max Mara. No en vano, el 85% de sus ventas se realizan en el extranjero.

“Gracias a la ayuda otorgada por el International Trade Centre -la agencia de Naciones Unidas dedicada al comercio justo-, a día de hoy, nuestra cooperativa es un modelo de éxito. Pero lo más importante es que estos proyectos nos ayudan a recobrar la autoestima”, reconoce Lucy, modista de “Bega Kwa Bega”, quien asegura que sus hijos han vuelto a sentirse “orgullosos” de ella.

Sin embargo, la “revolución de las agujas” de este barrio de Nairobi, no se limita tan solo a sus talleres de costura.

A solo unos metros del estudio de Mayero, su vecina -la joven Margaret Mbetia- dirige “I’m Worth Defending”, una organización que enseña defensa personal a mujeres víctimas de abusos sexuales, la mayor parte de ellas, ancianas. “A los dieciséis años sufrí una violación. Fue entonces cuando decidí que había que tomar medidas en nuestro barrio, considerado el principal destino de los depredadores de Kenia”, reconoce la joven a este diario.

En solo cuatro años y junto con otros tres instructores voluntarios, Mbetia ha otorgado entrenamiento básico en defensa personal a más de 60.000 mujeres. Todo ello a coste cero y subvencionado gracias a las donaciones de particulares. En el recuerdo, la brutal violación y posterior asesinato que sufrió una de sus vecinas, de más de 80 años, por una turba de jóvenes hiperhormonados que nunca fueron detenidos.

“La mayoría de estas agresiones se producen bajo la creencia de los jóvenes de que mantener relaciones sexuales con ancianas cuenta con un poder purificador frente a sus delitos anteriores”, reconoce Mbetia.

Quizá no les falte “razón”. La mayoría de los violadores nunca serán denunciados, y aquellos que lo son se enfrentan a uno de los sistemas judiciales más corruptos del mundo, en el que predominan los sobornos y la ausencia explícita de derechos sobre las mujeres. Pese a que el atacante, incluso, haya contagiado en algunos casos el sida a su víctima.

“Frente a jóvenes a los que cuadriplican en edad, mis clases principalmente versan sobre el poder verbal como método para asustar a los agresores. Y sobre todo, a disfrazar la culpa ante las vejaciones sufridas”, destaca la joven.

Mientras, ajeno a estas palabras, Ignatius Mayero continúa su cruzada en el telar. Porque a cada nuevo golpe (de aguja), el futuro se abre a su paso.

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