Internacionalizarse y supermineralizarse

Publicado por el nov 11, 2013

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De todos los momentos posibles para pasar unas horas en un aeropuerto, me quedo con la tarde del sábado. Es como especial. Solitaria, extremadamente particular. Se desvanece entre las escaleras mecánicas. No es por sus pasillos menos transitados que de costumbre, ni por las salas VIP a total disposición. Lo es por esa extraña sensación que se desprende del sentirte fuera de la lógica, como en dirección contraria del que gira el planeta. Un sábado, rozando la noche, volar es lo menos familiar que existe, lo menos cálido del mundo, pero sin embargo tiene un encanto único. Sentarse en la puerta de embarque de uno de esos vuelos, que un martes por la mañana estaría atestado y que en ese momento no es más que un trayecto para un grupo reducido de conocidos de terminal, te permite pensar. Pensar en el motivo por el que estás ahí, solo, esperando otro avión, mirando una y otra vez la pantalla de tu teléfono esperando el SMS de buenas noches de tu hijo.

Me rijo por el “vivo como otros no querrán para vivir como ellos no podrán”, y es en los momentos en los que decidí internacionalizar mis negocios que esa frase compuesta resulta tremendamente estimulante. Hace muchos años que me lancé a la aventura compleja de instalar proyectos por todos los puntos del planeta que me fuera posible. Me encontré con una de esas situaciones que ni el mejor guionista cómico. Me presenté en una de esas oficinas que se presentan como “servicio público” de impulso y estímulo a la internacionalización de PYMES. Lo que obtuve fue un presupuesto de cinco cifras por una agenda de entrevistas con posibles clientes. Obviamente no firmé, de hecho memoricé algunos de los que previsiblemente debían ser mis “mentores” en el exterior. Consulté y descubrí que si lo llego a aceptar hubiera tirado el dinero. Venía de un fracaso por lo que no andaba para bromas. Al final, cogí mi poca pasta y mis sueños y me fui yo mismo solito por mi cuenta y riesgo. Decidí que, a pesar de fabricar tecnología, esa debía venderse en cualquier lugar independientemente de lo lejos que estuviera.

Golpeé puertas y ventanas, solicité entrevistas, di conferencias a grupos que se podían contar con los dedos de una mano, atendí medios de comunicación que no leían ni los que trabajan allí, conocí ladrones y burócratas, aprendí que era eso de la mordida, lo de “yo conozco a la prima del hermano de la que se acuesta con el viceministro y le puedo hablar de ti” y otros capítulos varios que no te explican en la escuela de negocios. Piqué piedra y pasé días y noches que no se los deseo ni a mis enemigos. Sin embargo me fui saliendo y con el tiempo llegaron las charlas de nivel, las entrevistas, la acción comercial eficiente, la gestión de proyectos y la gestación de lobbys de interés. Hoy en día, una década después, uno tiene una agenda internacional formal, serena, legal, aceptable y bien gestionada, que me permite ayudar a quienes me lo piden, pero sobretodo me permite olvidarme de la política y de sus herramientas de intervención e inconveniente.

Que cada uno coja sus herramientas y se ponga en marcha. Utilicen las redes, la Web, las comunidades, la tecnología y organícense, vinculen su talento en lo colectivo, en la Nueva Economía, soliciten ayuda a quienes puedan ofrecerla, pero olvídense de la política y de sus cábalas. De ellos sólo recibiremos estancamiento, la próxima subida de impuestos y un montón de frases de mercadotecnia política sobre el final de la crisis (por un lado) y de desastre gigantesco (por el otro) cuando todo lo que en realidad estará sucediendo es aquello que nosotros mismos queramos que suceda. Internacionalizar debería depender menos de los programas de su fomento por parte de los organismos públicos (que también) y mucho más de la propia dinámica íntima de empresarios y emprendedores, de trabajadores capaces de aceptar retos y de que, como sociedad, entendamos que no hay fronteras en eso que llamamos “perseguir sueños”. Quien tiene objetivos y son ambiciosos, ya está iniciando el camino. Nuestro país deberá creerse que conquistar el futuro es algo más que exportar cemento o vender paquetes turísticos a grupos bielorrusos. Sino somos capaces de internacionalizar tecnología y conocimiento el futuro nos pasará por encima.

@marcvidal

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