Mar en calma

Mar en calma

Publicado por el ago 29, 2014

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Enfrentarse a una maleta vacía, en la que tienes que meter una parte de ti en cada viaje, es uno de los ejercicios más estresantes. Es un punto de inflexión en el que todo se olvida, el mundo deja de existir, y tienes que concentrarte en no dejarte nada. Paseos al armario, al tendal, al baño, a las cajoneras, al zapatero para recoger todo aquello que hay guardar.

Cojo mi neceser y empiezo a meter mis cosas de aseo en el baño. El espejo me devuelve la imagen de una mujer plena, feliz, sin rastro de las ojeras que afeaban mi rostro cuando escapé de las garras de Marcos después de diez años de matrimonio. Me gusta mirarme, mi sonrisa, mi coleta tirante que se ha convertido en mi más fiel aliada. “Antes siempre llevaba el pelo suelto, con lo incómodo que podía llegar a ser”.

Ha cambiado mi cabellera, ha cambiado mi cara, ha cambiado mi estilo de vestir -antes hiperformal y ahora mucho más desenfadado-, ha cambiado mi ropa interior y hasta el depilado de mis ingles… Pero, sobre todo, ha cambiado mi actitud ante la vida.

He descubierto que se puede ser feliz cuando eres un poquito egoísta. Pero no egoísta de no dar o no darte a los demás, egoísta por hacer las cosas que te hacen feliz, más allá de responder ante los demás con comportamientos que se suponen que debo tener.

“Tengo que acordarme de guardar el secador y las planchas del pelo”, me recuerdo mientras recojo el champú, el gel, el acondicionador, los discos desmaquillantes, la crema hidratante y la nutritiva, las pinzas de depilar, las tijeras de uñas, las gomas para el pelo y el bronceador. Giro trescientos sesenta grados repasando el baño por sí hay algo que se me olvide. “Acuérdate del secador y la plancha del pelo”, vuelvo a repetirme de regreso a la habitación.

Tengo la cama con montones de ropa agrupados por prendas: ropa interior, camisetas de sport, camisetas de vestir, pantalones, faldas, short, blusas, chaquetas, jerséis, bikinis, ropa de playa y vestidos. En el suelo, el calzado.

Contemplo el panorama al tiempo que mi cabeza sigue repasando que esté todo.

Con Marcos este trabajo se multiplicaba por dos. Hacer mi maleta y la suya. Además, tenía la poca delicadeza de reñirme si se me había olvidado algo. Era el colmo, además de no ocuparse de nada, ni siquiera te hacia una lista o te decía qué quería llevarse: tenías que adivinar lo que iba a necesitar. Si buscaba algo y no lo habías metido, te llevabas una bronca de escándalo que te amargaba el primer día de viaje. “Cómo me alegro de haberlo borrado de mi vida”.

No puedo evitar acordarme de mi ex sentado en el capó del coche a la puerta de casa cuando yo regresaba de un día fantástico con Nuño. Se me tuerce la boca al imaginar de nuevo el momento. Apreté la mano del que hasta ese momento había sido mi vecino. Recuerdo la manera con la que me tranquilizó y lo que me dijo: “Creo que debes cerrar definitivamente este capítulo de tu vida”. Siento aún en mi piel el beso cariñoso que me dio en la frente antes de cruzar por delante de Marcos.

En ese instante, frente a mi ex, me sentí fuerte y poderosa.

Me volvió a decir que me necesitaba y que por favor volviera con él. En otro momento habría sucumbido, pero yo ya era otra persona y no tenía nada que ver con la Mar ñoña que había vivido anulada durante todo el tiempo que estuvimos juntos.

Le repetí de nuevo que me olvidara y subí la escalera mientras le oía decir a mi espalda: “¡Volverás conmigo, sé que volverás!”. “¡Hay que ser muy prepotente y muy engreído para hacer semejante afirmación!”, recuerdo y empiezo a meter las cosas dentro de la maleta.

Suena el timbre de casa, oigo cómo alguien abre la puerta y una conversación ininteligible antes de escuchar unos pasos acelerados que vienen hacia la habitación.

- ¡Mar! Ha llegado ya el tío Martín con María… ¡Ahhh! Y pregunta papá si necesitas que te ayude con la maleta.

Es Lucía, la hija se Nuño, que está muy emocionada porque nos marchamos de vacaciones. La pobre dejó hecha la maleta ayer por la noche y me pidió que me acostara con ella porque no podía dormirse.

- No hace falta que venga papá. Pero puedes echarme una mano, cariño.

- ¡Claro!

- Coge mí pamela y el sombrero panamá de papá.

Al principio, cuando me vine a vivir a esta casa, tenía miedo porque no sabía cómo se iba a tomar Lucía que alguien ocupara el sitio de su madre -sólo habían pasado tres años desde el accidente mortal de Cecilia-, pero lo que me daba pavor era saber cómo llevaría el compartir conmigo a su padre.

Por suerte, es una niña muy cariñosa y nos entendemos a las mil maravillas. De hecho, muchas veces hacemos frente común contra Nuño para salirnos con la nuestra, como es el caso de este viaje.

Ha sido un invierno precioso en el que la relación con la persona que conocí por casualidad el verano pasado se ha enriquecido. Nos hemos ido conociendo, comprendiendo y aguantando. Un tiempo en el que lo que imaginé paseando con él por la playa el verano pasado se ha convertido en realidad.

Nos vamos a la playa, de vacaciones, un año después, al pueblecito que me cambió la vida, donde encontré a la auténtica Mar. Donde encontré a Nuño, a mí Nuño. Pero, sobre todo, nos vamos donde encontré el significado verdadero de la palabra AMOR.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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