Mar de dudas

Mar de dudas

Publicado por el ago 27, 2014

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- No tengo muy claro si he hecho bien.

Marta y María me miran con cara de interrogación.

Después de tomar el desayuno con Nuño y descubrir que los habitantes de la habitación de al lado eran Martín y María -menuda sorpresa se llevó mi amiga al verme sentada en la terraza de los vecinos cuando salió de entre las sábanas de Martín-, volvimos a nuestra casa.

Ahora estamos en el salón las tres sentadas, en una sesión de reafirmación femenina.

Primero, me han sometido a un tercer grado para que cuente mi cena con Marcos y mi noche con Nuño. Prácticamente me han obligado a repetir de forma literal las conversaciones con mi ex. Por suerte, con el vecino hubo poca conversación y bastante acción y de la parte de la acción no han estado muy cotillas… De momento.

- No me miréis así. No tengo muy claro si tenía que haberme quedado a dormir con Nuño.

- ¿Acaso no querías?

- ¡Claro que quería, Marta! Creo que lo estaba deseando desde casi el día que lo conocí.

- Entonces, ¿dónde está el mal?

- Puede que ahora pase de mí. Los hombres son así.

- ¡Espera! -interrumpe María- ¿Cómo que los hombres son así? Algunos hombres son así. Parece mentira que seas tú, doña fantasías, la que cree en cuentos infantiles y escribe poesía romántica, la que está diciendo eso.

- Permíteme el chiste -entra en la conversación Marta-, pero parece que estás en un mar de dudas, cariño. Dejando al margen que la persona sea Nuño o cualquier otro. Hay detalles que hacen que lo vuestro no parezca flor de un día. Podría serlo, pero no lo es, te lo digo yo que sé bastante de esto. Lo tuyo tiene un poco más de sustento.

Pongo la cabeza entre las manos y me peino el pelo con los dedos. Intento que se ordenen mis ideas dentro del cerebro.

-¿Tiene alguna obligación? ¿Me ha prometido algo?… No me respondáis, la respuesta la sé yo perfectamente: es NO a todo. No tiene ninguna obligación y no me ha prometido nada.

- ¡Quieres dejar de atormentarte con tonterías! ¿Has pensado que las mismas dudas que tienes tú las puede tener perfectamente él?, me suelta Marta, que parece más centrada que nunca.

- Yo no soy así. Yo no me acuesto con el primero que pillo. Nunca lo he hecho.

- Pero él no lo sabe -intenta tranquilizarme María-. Además, darle vueltas a la cabeza sobre lo que va a pasar es una pérdida de energía.

- Me gustaría ser como tú, que se te ve feliz a pesar de que llevas unas vacaciones de aúpa. Primero el mensaje de Mauri desde Brasil en el que rompía contigo, luego la historia con el alemán que colgó tu foto desnuda en internet y ahora la aventura con Martín de esta noche. Por cierto -la miro fijamente a los ojos con gesto pícaro- ¿Eras tú la que estaba en la playa detrás de las tumbonas?

Marta pone cara de asombro y María parece ruborizarse.

- Pensaba que no se nos veía.

- No se os veía desde el paseo marítimo, pero yo venía andando por la orilla. Por cierto, ¿no es un poco incómodo hacerlo en la arena?

- La verdad es que sí, pero merece la pena.

Nos reímos las tres, lo que me relaja bastante.

Marta se sienta a mi lado, me coge por el hombro con su brazo y me atrae hacia ella.

- Deja de darle vueltas. Lo que tenga que ser, será. La respuesta está en el tiempo y en tu forma de gestionarlo. Un consejo de amiga: Si de verdad lo quieres, no lo presiones, ni lo agobies, pero ayúdale a saber qué es lo que tú esperas.

La verdad es que la conversación con las chicas ha conseguido tranquilizarme.

“Nuño es especial -pienso mientras me pongo el bikini y el vestido para ir a la playa-. Me gusta mucho, quizás por ese aire atormentado que tiene desde la tragedia de su mujer. Por la vida de padre soltero que lleva con su hija Lucía. Esas cosas convierten en especial a cualquiera. Además, cuando se levantó de la cama esta mañana me confesó que estaba colgado por mí”.

María entra en la habitación e interrumpe mis pensamientos.

- ¡Mar! Nuño te espera en la terraza.

Me da un vuelco el corazón, de forma inconsciente me miro al espejo, me coloco la coleta más tirante, me peino las cejas y salgo intentando aparentar normalidad.

- ¡Hola vecino! Le suelto con mi sonrisa más neutra.

- ¿Te puedes acercar a la mampara, vecina?

- ¡Claro!

No apartó la mirada de sus ojos mientras sigo caminando e intento encontrar la respuesta a todas mis dudas.

- ¿Así te parece bien?

- Acércate más -ordena-.

Su sonrisa es hipnótica. Me arrimo a la mampara, mi mano está casi pegada a la suya, me la coge y acerca su boca a la mía. Lo hace despacio, estudiando mi reacción, que no es otra que la de esperar sus labios con los míos entreabiertos. Me dejo besar. “Me gustan sus besos”.

- Perdóname, pero es que llevaba más de una hora sin besarte y me estaba empezando a faltar el aire.

No puedo evitar devolverle el beso.

- Es una de las cosas más bonitas que me han dicho nunca.

- Yo siempre digo lo que pienso. Es verdad que lo echaba de menos.

Acerca la cabeza y me susurra al oído.

- ¿Te puedo invitar a escaparte conmigo a otra playa? Pero los dos solos.

- Me parece un plan perfecto.

- Te espero en el parking dentro de un cuarto de hora.

Siento cómo si flotara. “¡Eres una tonta por tus pensamientos y dudas absurdas!”, me recrimino a mí misma mientras preparo las cosas.

Nuño me lleva a recorrer de nuevo las calitas de la costa. Pero esta vez hacia el lado contrario al que fuimos el día que me despertó los cinco sentidos. “El sexto, el que es la suma de los otros cinco, lo descubrí esta noche a su lado”, recuerdo.

Escucho cómo me explica cada rincón, de la costa. En cada una de las playas tiene una anécdota. No me cuesta nada imaginármelo en las peripecias que relata. Desde locuras cruzando acantilados, a escaladas para escapar de una zona en la que habían quedado atrapados al subir la marea o la burrada de dejar que las olas los estrellarán contra las rocas para frenar con las piernas y salir despedidos de nuevo hacia el mar.

Tras recorrer un trecho por un camino de tierra y aparcar en una zona bastante escarpada, anduvimos más de media hora por un sendero tortuoso. Llegamos a una de las playas más bonitas que haya visto jamás. Rodeada de acantilados y con arena dorada. Tiene más de doscientos metros y una gran roca en medio, como si algún paisajista caprichoso hubiera querido darle un toque especial.

Durante toda la jornada no puedo disimular, busco el contacto físico con él con cualquier excusa. Paseamos de la mano, nos bañamos juntos y lo beso a cada instante. Me siento libre y confiada.

A su lado todo es posible, todo lo quiero hacer. Hasta me atreví por vez primera a hacer nudismo dentro del agua. Él se quitó el bañador y lo enroscó en su muñeca, al tiempo que me miraba de forma picara invitándome a hacer lo mismo. Miré a los lados. Estábamos prácticamente solos en la playa. Así que lo imité. Me atrajo hacia él y rodee sus caderas con mis piernas. Era un baile y las olas marcaban el compás de nuestros movimientos. “Tú, yo y el mar. No lo olvides nunca”, me susurró Nuño al oído.

Si la noche había sido un sueño del que no quería despertar, el día estaba siendo un baño de realidad en el que quería vivir eternamente.

Regresamos al atardecer. Era la mujer más feliz del universo. Lo tenía todo.

Pero mi felicidad desapareció de golpe al llegar a casa. En la puerta del edificio, aparcado, estaba el descapotable de Marcos con él sentado en el capó…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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