“Hicimos el amor hasta el amanecer”

“Hicimos el amor hasta el amanecer”

Publicado por el ago 26, 2014

Compartir

No me canso de mirarlo, como si fuera una película en la que yo no estuviera presente. Mantengo la cabeza apoyada en la almohada y estoy como hipnotizada mientras contemplo cómo sube y baja su pecho al ritmo de la respiración. No quiero moverme para que no se despierte. No quiero moverme para no romper el momento. No quiero moverme por si sólo ha sido un sueño y él no es real.

Quién me iba a decir a mí que el cuerpo humano es capaz de sentirse tan bien, que el alma puede encontrar tanta paz. Que aún quedaba para mí un pedazo de felicidad.

Cierro los ojos para repasar una noche que he vivido con la intensidad de un náufrago que encuentra tierra después de vagar mucho tiempo a la deriva por el mar.

Llamar al timbre de la casa de los vecinos cuando volvía de la cena con mi ex, Marcos, fue un impulso que yo misma no acabo de entender. Sólo sé que necesitaba que alguien me abrazara. Bueno, que él me abrazara. El baño nocturno en la playa había despertado mi cuerpo. La contemplación de la pareja haciendo el amor en la orilla del mar mientras paseaba había desperezado mis deseos dormidos. Me había hecho reponerme del mal trago que acaba de pasar con mi pesadilla de ex marido y decidirme a escucharme a mí misma y a mis deseos.

Pero si tocar el timbre fue algo espontáneo, el besar a Nuño sin mediar palabra fue irracional. Sonrío al recordar su cara de sorpresa y la forma en que aceptó mi boca en sus labios. Se dejó besar y me abrazó con fuerza. Me gustó sentir su cuerpo pegado al mío. Me separó con suavidad para mirarme a la cara fijamente, con una sonrisa capaz de parar en seco una galerna en el Cantábrico. Cogió mis mejillas con sus manos, a la vez que buscaba mis ojos con los suyos.

Quise explicarme y me tapó la boca con un dedo. Me cogió de la mano y me llevó a la terraza. Lo seguí confiada, segura de que a su lado no me puede pasar nada malo, que él cuida de mí. “¿Estás bien?”, una pregunta sencilla, sin artificios, con la que resumía todo lo que quería saber, sin interrogarme por nada de lo que había ocurrido durante la cena con mi ex. “Ahora, sí”, respondí mientras volvía a abrazarme a él.

Noto mariposas al recordar ese abrazo. Cómo me acarició la espalda y desabrochó mi vestido con maestría. Cómo me cogió en brazos y me llevó lentamente hacia su cuarto sin dejar de besarme, despacio, con nuestras lenguas jugando la una en la boca del otro.

Me depositó con suavidad en el suelo. Mi vestido se deslizó hasta mis tobillos. Su cuerpo se dibujaba a la perfección con la luz de la luna que entraba por la ventana y mis ojos eran capaces de distinguir perfectamente su torso. Nuestros dedos hacían dibujos en el cuerpo del otro sólo rozándolo con la yema, con caricias suaves que excitaban todas las terminaciones nerviosas. Sin hablar, sólo escuchando nuestra respiración, sintiendo al otro, descubriendo al otro.

Mis manos jugaron con la cinturilla de su pantalón, dudando si entrar en un territorio que no tiene marcha atrás. Fue bonito que me cogiera las manos para dirigirlas en la exploración y que me invitara de esta forma a quitarle la única prenda que llevaba puesta.

Parecía como si Nuño conociera a la perfección mis pensamientos. Me moría de ganas de abrazarlo y besarlo de nuevo, pero él seguía manteniendo los cinco centímetros de distancia entre nuestros cuerpos. No paraba de acariciarme, de rozar con suavidad mis pechos. “Mis pezones estaban ansiosos y buscaban cualquier contacto con su mano”, recuerdo mientras me muerdo el labio inferior con los ojos cerrados.

Yo intentaba imitar en su cuerpo lo que él hacía en el mío. No podía dejar de tocarlo, pero paró mis manos y me obligó a girarme. Pegó su cuerpo a mi espalda mientras acariciaba mi pecho, mi vientre y mi pubis. Me besó el cuello. Yo giraba la cabeza buscando su boca. Lo abrazaba con todas mis fuerzas para sentir con más intensidad. Me giró de nuevo para cogerme con sus manos, como si no pesara, y me depositó en la cama. Hicimos el amor hasta el amanecer, buscando el contacto de maneras que nunca había probado y logrando orgasmos que mi cuerpo había olvidado.

“Quizás lo que recuerdo es sólo un sueño”, pienso al abrir de nuevo los ojos para contemplar cómo duerme a mi lado. Sin embargo, por mucha fuerza que tengan los trances oníricos, las agujetas que empiezan a aparecer en músculos desconocidos de mi cuerpo me recuerdan que lo que ha ocurrido esta noche es real, muy real.

Los rayos de sol golpean sobre la cama.

Nuño abre los ojos de forma perezosa. Me mira sin verme, dejando que sus pupilas se acostumbren a la claridad del día mientras su cara se ilumina con una sonrisa sincera.

- ¡Buenos días, vecina!

- ¡Buenos días, vecino!

- ¿Estás bien?

Me hago la remolona antes de contestar y me acerco a él para besarlo, antes de abrazarlo y apoyar mi cabeza en su pecho.

- Creo que nunca he estado tan bien…

En la habitación de al lado se escuchan ruidos. Ruidos que conozco muy bien porque son habituales en la habitación de Marta cuando tiene visita. Donde los jadeos y gemidos se mezclan con el gruñir de la cama cuando es sometida a un esfuerzo de resistencia extra por el peso de dos cuerpos.

Nuño y yo nos miramos sonriendo. Me tapo la boca para que no se me escape la risa.

- Parece que mi hermano ha ligado, me susurra al oído.

- Pero yo no escuché nada por la noche. ¿Cuándo han llegado?

- Me alegro de que no lo oyeras llegar, eso significa que estabas concentrada en otra cosa -me dice guiñando un ojo-. No te muevas, voy a prepararte un desayuno “Nuño” para vecinas guapas.

- Para cualquier vecina, ¡no! Yo soy una vecina especial, respondo poniendo morritos.

Mientras se levanta de la cama lo contemplo con detenimiento. Busca su pantalón corto, lo que me da unos segundos para verle desde todos los ángulos: de frente, de espaldas, de lado, agachado, erguido. “Tiene un cuerpo que ya quisieran los de veinte”, me digo a mi misma orgullosa.

. Inconscientemente cojo la almohada para taparme. Me mira y se ríe al verme hacerlo.

- No deberías avergonzarte de tu cuerpo, es perfecto.

- ¿Hablas como cirujano?, pregunto con sonrisa picara.

- Hablo desde la objetividad que puede llegar a tener un hombre completamente colgado por una mujer.

No espera mi respuesta. Se gira, abre la puerta de la habitación y se marcha. Me abrazo con más fuerza a la almohada. “Eso ha sonado a declaración de amor”…

Compartir

ABC.es

Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

Categorías
Etiquetas
agosto 2014
L M X J V S D
« jul    
 123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031