“Yo te sigo queriendo. Te necesito a mi lado”

“Yo te sigo queriendo. Te necesito a mi lado”

Publicado por el ago 22, 2014

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Aprieto con fuerza la piedra que me acaba de regalar Nuño antes de meterla en el bolso. Entro en el chiringuito dispuesta a enfrentarme a mi pasado. Mi ex, Marcos, está sentado en la barra con una cerveza en la mano mirando su móvil. “Siempre está colgado del teléfono. Espero que durante la cena siga igual, y así paso el trámite rápido”, pienso mientras avanzo hacia él.

Lo hago despacio, marcando los pasos, dejando que se me vea. Un gran espejo refleja mi imagen. En Waikiki hay poca clientela, pero noto la vista de la gente clavada en mi cuerpo. Me siento guapa, y me gusta que me admiren. El vestido que me ha dejado Marta está haciendo su trabajo, me marca todo el cuerpo y da la sensación de que voy sin ropa interior.

Marcos ya me ha descubierto y se dirige hacia mí con los brazos abiertos. “No me apetece nada que me abrace”, me digo. Va vestido de lo más clásico, con una camisa blanca y un pantalón chino crudo, “como los políticos del PP”, concluyo. Me río en mi interior.

- ¡Hola, Mar! ¡Estás espectacular!

Me coge de los hombros e intenta besarme en la boca, con esos besos vacíos de compromiso que me daba cuando se iba de casa y cuando llegaba. Besos rutinarios, en los que la piel no siente nada. Giro la cabeza para ofrecerle la mejilla. Noto que no le ha hecho mucha gracia mi gesto, está acostumbrado a salirse con la suya. “Esta noche espero ser capaz de escapar de la tela de araña que suele tejer para atrapar a sus víctimas”.

- Me alegra que te hayas puesto tan guapa para cenar conmigo.

Lo miro fijamente, sonrió y, con picardía, me aparto un metro para dar una vuelta y que me observe. Quiero que me vea, que vea a lo que ha renunciado. Mientras giro noto su mirada radiografiando mi cuerpo.

- ¿Te gusta?

- He de confesar que no pareces tú. Intento recordar los vestidos de tu armario y este no lo conocía.

- Pero la pregunta es si te gusta. Siempre tienes la habilidad de eludir dar la cara.

- Me gusta. Me gusta mucho, a mí y a todos los clientes del bar, porque no te han quitado ojo desde que has entrado.

Me giro hacia la barra, apoyo los codos y saco ligeramente el culete. Noto el hilito del tanga entre mis nalgas y, aunque me resulta raro porque nunca me había puesto unas, me hace sentir sexy, muy sexy.

- ¿Vamos a cenar aquí? ¿pido algo?, le pregunto con aire distraído, como si me estuviera aburriendo.

- ¡Noooo! He quedado aquí porque no se dónde vives, lo lógico habría sido ir a buscarte a casa ¡Vámonos!

Le obedezco y salimos del chiringuito. Mientras andamos hacia el coche, me coge por la cintura. “Intenta marcar el territorio para espantar moscones. Moscones que siguen sin quitarme el ojo de encima”. Yo me dejo pero camino erguida sin prestarle demasiada atención.

- ¿Dónde vamos?

Marcos esboza su sonrisa de superioridad y pone esa cara de “lo tengo todo controlado”.

- Tú, déjate llevar. Te va a gustar.

Como siempre, seguro de sí mismo, sin dejar margen de error. Afirma que me va a gustar y ya está condicionando mi valoración. Así consigue todo, porque no hay nadie que le diga que lo que hace o lo que dice está mal. De esta manera ha ascendido profesionalmente, con afirmaciones como “lo hemos hecho perfecto, somos los mejores, nuestros rivales están sin ideas, nadie lo hace mejor que yo”. Lo que unido al hecho de que siempre está rodeado de aduladores y pelotas, lo ha llevado a la cima. Cuando alguien o algo le molesta, simplemente, se lo carga.

- Afirmación gratuita por tu parte.

- Estoy seguro de ello.

- La gente normal habría dicho: “Espero que te guste” o “creo que te va a gustar”. Sin embargo, tu lo afirmas categóricamente: “Te va a gustar”.

Me abre la puerta del coche y antes de arrancar trastea en el equipo de música. Empieza “Génesis”, con Phil Collins aporreando de forma magistral la batería en “Tonight, tonight, tonight”. Sabe que me gusta esta canción, que tiene un significado especial en nuestra historia. Me besó por primera vez mientras sonaba en directo en el estadio Calderón en aquel concierto al que me llevó hace ya más de veinte años.

Marcos tararea la melodía mientras avanzamos por las calles estrechas hasta llegar a la puerta de su hotel, un resort de cinco estrellas en un lugar privilegiado de la playa.

- ¿Me traes al hotel?, pregunto con cara de extrañeza mientras abro la puertecilla del coche.

- Me habría gustado llevarte a un sitio especial, de hecho lo he intentado.

- Estoy segura de ello…

- Pero no me ha dado tiempo, llevo sólo un día aquí y no controlo esta zona.

- Para esas cosas siempre has tenido a Martínez o, mejor aún…

Me callo un momento y me giro hacia él con mi sonrisa más cínica antes de continuar.

- ¿Por qué no se lo has pedido a tu eficiente secretaria?

“Touché”, pienso para mis adentros. Marcos ha encajado el golpe, pero es rápido.

- Las cosas personales las resuelvo personalmente.

Nos recibe el maitre, que nos acompaña a un salón privado colocado al borde del mar. Se oyen perfectamente las las olas cuando rompen con suavidad al llegar a la orilla. En la playa no se ve prácticamente a nadie. Miro de forma instintiva hacia el sitio en el que Nuño me construye la montaña de arena para que lea con la espalda apoyada. Meto la mano en mi bolso para buscar la piedra en forma de corazón que me ha regalado y la aprieto con fuerza.

La cena es deliciosa. Preparada con primor por el chef con estrella Michelín del hotel, que trae personalmente cada una de sus creaciones a la mesa para presentarlas con gran boato. Marcos no ha dejado ni un detalle a la improvisación porque junto al chef sale el sumiller, que nos sirve una copa de vino para que maride la comida a la perfección.

Después del tercer platito, me doy cuenta de que tanto protocolo me aburre. Este verano he descubierto que la improvisación es mucho más excitante. Ir a los sitios con todo controlado al milímetro sólo genera estrés. Además, siempre crea unas expectativas que pueden no cumplirse y llevan a la decepción. Lo improvisado, lo inesperado, sorprende, precisamente porque cualquier cosa lo convierte en especial.

Marcos me hace un repaso de nuestra vida. Tira de la memoria para despertar recuerdos de nuestra historia en común, de los lugares en los que estuvimos juntos, de los momentos en los que éramos felices. No puedo evitar reírme con él cuando salen anécdotas graciosas. Son muchos años juntos. Si sumamos todos, más de veinte desde que lo conocí en la facultad. Años en los que crecíamos cada día, personal y profesionalmente.

Noto que estoy bajando la guardia. Que la Mar arrogante del comienzo de la noche está dejando flancos abiertos por los que está entrando el Marcos más seductor y carismático.

- ¿Me permites una pregunta?, interrumpo.

- Claro.

- Si todo era tan maravilloso, ¿por qué dejaste que se diluyera?

Noto que no está cómodo. Es una pregunta muy directa y a Marcos le gusta llevar la iniciativa.

- Para mí todo sigue igual. Mi amor por ti no se ha diluido. Yo te sigo queriendo.

- Pero dejaste que nuestra relación se evaporara. Y lo estoy diciendo sin tener en cuenta otras historias paralelas que hayas podido tener.

Marcos vuelve a moverse incómodo en la silla, se siente acorralado. Aquí no tiene a su corte de pelotas y secuaces para solucionar los problemas.

- Supongo que no supe ver las prioridades. Trabajaba para triunfar, para darte cosas, para que estuvieras orgullosa.

- Yo no te pedía eso. Yo sólo quería tenerte a mi lado cada noche y reírme contigo. Pero tú elegiste el éxito y te olvidaste de mí. Me arrinconaste como si fuera un trofeo de caza colgado en la pared y que exhibías en fiestas oficiales. Y luego, además, está el tema de tus aventuras con otras chicas.

Según digo la frase me doy cuenta de que está saliendo la Mar despechada. “No me gusta”, me riño a mí misma, pero ya está hecho y dicho.

- ¿Qué aventuras?

Me levanto de la silla y me acerco a la barandilla que nos separa de la playa. Me giro y me encaro con él, que sigue sentado en la mesa con la copa de vino en la mano.

- ¡Venga, hombre! No me tomes por tonta, que ya tenemos muchos años los dos. Tus historias con otras chicas. ¿Tanto te cuesta reconocerlo? Si ya no estamos juntos, puedes contármelo.

Marcos se levanta de la silla y se acerca hacia mí. Me coge por la cintura y me atrae hacia él. El lado racional quiere que me suelte, el emocional está confundido, pero el físico reacciona de forma refleja y noto cómo se endurecen mis pezones debajo del vestido.

- Yo sólo quiero que vuelvas a mi lado. Te necesito conmigo.

Me coge con una mano por detrás del cuello y acerca su boca para besarme, mientras se pega más a mí. Mi cuerpo se muere de ganas de sentir sus brazos. Sin embargo, giro la cabeza en el último momento para mirar el mar y me aparto de él.

- ¡Así! Cómo si no hubiera pasado nada. ¿Te crees que soy un robot al que se le puede reprogramar, borrar el pasado y empezar de cero? Veo que después de todo este tiempo, sigues sin conocerme.

Marcos me mira sorprendido. Nunca nadie lo había rechazado.

- Me pediste una oportunidad para explicarte, y te la he dado. Ahora me toca pedirte una cosa a mí.

Lo miro fijamente mientras recojo el bolso.

- ¡Olvídame!

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Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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