A la cena con Marcos sin ropa interior

A la cena con Marcos sin ropa interior

Publicado por el ago 21, 2014

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Aquí estoy, con el albornoz, recién salida de la ducha, frente al armario, contemplando mi colección de vestidos, perfectamente alineados, a los que que no he hecho ni caso desde que llegué de vacaciones.

“¿Qué me pongo para una cena con mi ex al que le quiero dejar muy claro que no quiero saber más de él? Me ayudaría mucho saber a dónde me va a llevar. Aunque conociéndolo, está claro que iremos al sitio más caro de la zona. Pero, aún así, no tengo nada claro qué ponerme”. Mi cabeza repasa la ropa, mi ropa, y no me gusta nada, me parece aburrida, demasiado sería.
Desde que hemos vuelto de comer, aunque he dicho a mis amigas que voy a cenar con Marcos, no hemos hablado del tema. María, como siempre, la más cariñosa, se ha limitado a darme un beso.

Veo a través del espejo del armario a Marta parada en la puerta observándome.

- ¿Quieres qué te ayude?

La miro con cara de extrañeza.

- Es raro que tú hagas una pregunta. Lo normal es que des órdenes. Estaba pensando qué vestido ponerme para la cena con Marcos.

- Hoy te voy a dejar que decidas tú. No voy a imponerte nada. Esa lección ya la dimos el primer día de vacaciones. Lo único que tienes que intentar es sentirte guapa, muy guapa, la más guapa o, lo que es lo mismo, sentirte muy segura. Para lo cual lo único que tengo que hacer es cambiarte de escenario.

Marta me coge por los hombros y me obliga a girarme para salir de la habitación. Me conduce hasta la suya y me sitúa ante su armario.

- Ya sé que no está tan ordenado como el tuyo, pero ahí dentro está la solución que buscas para ir a cenar. Olvida a la antigua Mar, lo que viene a ser sinónimo de olvida tu armario. Gústate y arrasarás por dónde vayas.

No puedo evitar abrazarme a ella y darle un beso mientras musito suavemente “gracias”.

Si frente a mi armario tenía dudas, frente al de Marta me enfrento al vacío. Es verdad que cada vez que ella me ha aconsejado ponerme algo me he encontrado bien, quizás por el simple hecho de que me he visto guapa. Estos días he perdido el miedo a llamar la atención. María me lo repite cada dos por tres: “Pagaría por tener tu culo y tus piernas”. Sonrío sola porque yo pagaría por tener su pecho y sus ojos azules.

“¡Vamos, Mar! El reto es sencillo”, me animo. “Sólo es una cena con alguien que me ha hecho mucho daño, que me ha engañado y con el que llevo casada diez años, pero sólo es una cena”.

Revuelvo en busca de inspiración: tops, shorts, minis, pantalones capri, blusas, camisetas… y al final de la barra, en una percha, como abandonado, un vestido blanco con una cadena dorada en el cuello. Lo cojo como hipnotizada.

“No puede ser, este vestido tiene que tener truco -pienso-, porque no puede ser de Marta”. El largo es por encima de la rodilla, pero está muy lejos de la frontera en la que termina la parte interior de las piernas, como suele ser habitual en las indumentarias de mi amiga. Tiene un escote halter, luego no hay nada que enseñar, ni canalillo.

Me quito el albornoz y me pruebo la prenda. Se pega a mi cuerpo como una segunda piel, de tal manera que prácticamente es como si fuera desnuda porque marca cada una de mis curvas. Hago pruebas con el pelo recogiéndomelo con la mano. El blanco del vestido resalta aún más el bronceado que he cogido estos días. Me pongo de puntillas para simular que llevo tacón y me giro ante el espejo para observar el efecto. Me gusto.

Salgo al salón para enseñar mi descubrimiento y ver la cara de mis amigas. María viene hacia mí y me obliga a girarme mientras me contempla.

- ¡Estás de muerte! -me suelta-. Al verte estoy pensando en cambiarme de acera. ¡Ja, ja, ja!

- Yo lo probé una vez porque tenía una amiga que era lesbiana para saber de qué iba, y decidí que donde esté un hombre bien dotado, que se quiten los arneses ridículos -interrumpe Marta-.

Nos reímos las tres al imaginar la escena. Pero aún recuerdo que hubo una vez, mientras estaba en un probador con María, hace ya veinte años, que de verdad pensé que era lesbiana.

- ¿Qué os parece?, pregunto.

- Que el imbécil de Marcos va a tener taquicardias y un calentón al verte. Espero que pongas la guardia bien alta y no dejes que te engatuse, me suelta Marta con su habitual frescura.

- Pensaba que me hiciérais un recogido en el pelo, ponerme unas sandalias de taconazo color nude y nada más. Ni collares ni pulseras, quizás unos pendientes con una perla.

- Apruebo el estilismo -interviene María mientras se acerca a recogerme el pelo con la mano para ver el efecto-. Creo que lo mejor será una coleta alta tirante con raya ladeada para que se vea bien tu cara bonita.

- A mí lo que más me gusta de tu estilismo es lo que no llevas.

Me vuelvo hacia Marta con cara de qué quieres decir.

- ¿Hablas de cuestiones físicas o psicológicas?, pregunto.

- En estos momentos… de las físicas.

- ¿Y…?

- Lo que más me gusta es que vas sin ropa interior. Como provocación para Marcos me parece perfecto, acostumbrado como está a tus conjuntos de niña recatadita. Hoy se queda sin aire. Recuerda la cara que puso al verte está mañana en topless. Casi le da un soponcio.

- Pero no voy a ir sin ropa interior.

- Mar, había prometido no entrometerme hoy en tú estilismo, pero ya me dirás qué se puede poner debajo de ese vestido y que no se marque.

Me giro hacia la habitación para verme de nuevo en el espejo.

- Iré sin sujetador, ya estoy acostumbrada, me tenéis todo el verano sin “tetero” -digo mientras guiñó un ojo-. Pero lo de ir sin bragas te lo dejo a ti, Marta. Me pongo una de las braguitas brasileñas y listo.

- Las brasileñas son demasiado grandes para ese vestido -sentencia Marta-. Te van a marcar una franja muy ancha en la parte del culete. ¿Verdad, María?

- Es cierto que te va a marcar mucho, lo ideal sería un tanga, pero con una cinturilla un poco ancha para que no se te clave en las caderas.

Pongo cara de resignación, hoy es mi debut con tanga. “Me voy a pasar la noche pensando que tengo un hilito metido por ahí… tiene que ser un horror”, pienso.

Marta ya está rebuscando en su cajones y vuelve con tres modelos distintos.

- Podemos provocar con uno de color blanco o uno de color negro, pero creo que lo mejor es que te pongas esté de color nude sin costuras. No es el más sexy del mundo, pero es el que menos se nota. Además, dudo que pierdas el vestido a manos de Marcos.

Al oír a Marta me asaltan las dudas. Mi ex es muy persuasivo y un gran manipulador. Siempre ha hecho de mí lo que ha querido. Quizás por eso el día que descubrí de forma clara que me engañaba con su secretaria me fui de casa sin hablar con él, para evitar que anestesiara mi voluntad como hacia siempre.

Intento espantar los fantasmas mientras dejo que María me peine. Me maquillo de forma muy suave. Me pongo el vestido, los tacones y salgo con un vaso de agua a la terraza. “Aún tengo tiempo, hoy llegaré un poco tarde para que me espere”, decido.

Oigo un silbido detrás de la mampara del balcón y me giro rápido al pensar que puede ser Nuño.

- ¡Hola vecina! Estás espectacular. Mira que te he visto hasta sin ropa, pero hoy quitas la respiración.

El que me habla es Martin, con su pelo revuelto y con una cerveza en la mano.

- Gracias por el piropo vecino. Tú estás igual… de despeinado que siempre.

Estiro el cuello intentando ver si su hermano está en la terraza. Me gustaría que me viera. Martín se da cuenta de mi gesto y responde a él.

- No busques a Nuño, me ha dicho que necesitaba tranquilidad y ha salido a correr.

Me despido del vecino y de mis amigas. Marta se ofrece a escoltarme hasta el chiringuito, donde he quedado con Marcos, pero no le dejo. Prefiero ir sola, imaginando conversaciones para tener respuestas en la cena.

En la puerta de Waikiki veo el Mercedes descapotable de mi ex. Me paro. Cojo aire.

- Hay mucho ciego por el mundo que nunca ha sabido ver lo que tenía delante.

El corazón me da un vuelco. Es Nuño, completamente sudado, que alarga la mano y me da una piedrecita blanca.

- Toma, es mi amuleto para esta noche.

Miro el regalo mientras mis labios dibujan una sonrisa y mis latidos se aceleran un poco más. Es una piedra en forma de corazón. Cuando levanto la vista sólo puedo ver cómo se aleja corriendo.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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