Profesionales cualificados en la cama

Profesionales cualificados en la cama

Publicado por el ago 20, 2014

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Cuando el día tiene fijada una meta en su parte final, el tiempo pasa despacio. Es como si sobrara todo y sólo ansiaras que llegara el momento de quitarte esa pesada carga que supone cumplir con la desagradable obligación que te has impuesto. “Es una sensación parecida a ir al dentista o a pasar una inspección de Hacienda”, pienso mientras dejo que el sol me acaricie y la música atruene en mis auriculares con la recopilación de “The Killers”. Mis amigas se ríen de mí porque dicen que tengo unos gustos musicales muy masculinos, pero igual que me gustan Keane o The Killers, no hago ascos a los boleros ni a los típicos cantantes que ocupan los primeros puestos de las listas.

Me gusta mi momento de soledad en la playa. El desayuno con Nuño esta mañana ha sido perfecto. Me imagino que cualquiera que nos hubiera visto desde fuera habría pensado que éramos una pareja que llevaba junta mucho tiempo: él, leyendo ABC y yo, contemplándolo en silencio con mi sonrisa de tonta. Una imagen sencilla que resume a la perfección lo que espero y lo que necesito: paz y estabilidad.

Rebusco en los rincones de mi memoria para conseguir una imagen parecida en mi vida anterior. Con Marcos todo iba deprisa, muy deprisa. Apenas nos levantábamos juntos ningún día y, lo más triste, tampoco nos acostábamos a la vez. Teníamos la rara habilidad de no coincidir en los momentos básicos nuestra vida.

Él solía tener cenas o viajes de trabajo que le devolvían a casa de madrugada o, si eran fuera de Madrid, varios días después. Muchas veces, cuando regresaba tarde, llegaba oliendo a alcohol y caía como un saco en la cama a pesar de que yo lo esperaba despierta. “Son negocios, Mar”, me solía decir cuando alguna vez se lo recriminaba de forma tímida. Mi sentido de la responsabilidad, sin embargo, me hace levantarme como un resorte a las siete de la mañana, da igual que sea entre semana o fin de semana.

Ni siquiera en vacaciones solíamos coincidir más allá de una semana. Los sonidos del móvil, ya fueran llamadas, mensajes, emails o whatsapp, estaban siempre en mitad de nuestra relación levantando una barrera infranqueable. Más de una vez cogió el teléfono mientras hacíamos el amor y a mí, claro, se me apagaba toda la excitación. “Son negocios, Mar”, me soltaba al tiempo que se deslizaba de nuevo en el interior de mi cuerpo para conseguir un desahogo que a mí ya no me interesaba lo más mínimo.

“Son negocios, Mar”. Tengo clavada la frasecita a fuego en mi memoria. “¡Cómo la odio!”. “¿En qué lugar quedaba yo? ¿Qué era yo? Un adorno en su casa al que sacar de paseo en cenas formales y del que se olvidaba cuando tocaba diversión”. De esas vacaciones en hoteles de lujo solo recuerdo a Marcos colgado cada segundo del teléfono o trasteando con la tableta, sin prestarme la menor atención. “Son negocios, Mar”, se repite como un eco una y mil veces en mi interior. “Seguramente esta noche no conseguiremos mantener una conversación hilada porque no dejará de responder al móvil”, la idea me hace sonreír de forma malvada.

Meto la mano en el cesto de la playa para mirar si hay algún mensaje. “Los demás días llegaban los whatsapp de Marcos en el peor momento y ahora, que lo estoy esperando, no me entra el de la cena de esta noche”, me lamento en mi interior.

Veo que una vez más me han dejado sola en la toalla. No están ni las chicas, ni los chicos. Me siento y abrazo mis piernas mientras los busco por la playa. Es curioso pero echo de menos los nervios que tenía cuando no sabía quién era el hombre misterioso que leía recostado sobre una montaña de arena. Ahora tengo la montaña de arena a mi lado, con la toalla y el sombrero Panamá, pero me falta Nuño.

Decido dar un paseo. Me gusta caminar por la orilla, con el agua por el tobillo, contemplar a la gente, fantasear con sus historias, como la de esa pareja que veo al fondo de la playa, en la zona más alejada del bullicio, que juega a abrazarse. Tienen el agua por la cintura y sus bocas parecen buscar el aire en los labios del otro. Dos cuerpos perfectos en un baile de libertad.
Debo de estar a unos doscientos metros de ellos. Ella está enroscada a él, con las piernas abrazándolo por la cintura. Las olas hacen subir y bajar su cuerpo de forma acompasada mientras ella no para de acariciarle la cabeza y él la sujeta con fuerza por los muslos para tenerla pegada a su cuerpo.

“Parece Marta”, pienso. Me acerco despacio con mi caminar. De Marta me creo cualquier cosa, hasta que esté haciendo el amor a plena luz del día en la playa. Cuando estoy a unos veinte metros, reconozco al compañero de baile por las rastas. “¡Martita, Martita…! Parece que te ha dado fuerte con el hippie, perdón, con Maurice”, me digo y sonrío.

Comemos en el chiringuito unos mejillones y una ensalada de tomates de la zona del tamaño de una pelota de balonmano. Nos reímos un montón, sobre todo cuando saqué las hazañas de Marta en el mar con Maurice, que mi amiga concluyó con su famosa frase, “un profesional”, lo que provocó la curiosidad de Martín y de Nuño, quizás por el gen que tienen los hombres de entender las relaciones sexuales como una competición.

- ¡Un profesional! ¿Qué quieres decir?, pregunta Martín mientras se mete los dedos por su desordenada cabellera.

Marta lo mira con cara de “no preguntes a no ser que quieras tener una respuesta”, y se pone intelectual.

- Un “profesional” es aquella persona capacitada que hace su trabajo a la perfección. Si estamos hablando de sexo y la persona es un hombre, ¿a qué crees que me refiero, Martín?

- Esa respuesta es muy genérica.
- Es cierto, interviene Nuño.

Marta, María y yo miramos con cara de interrogación a Martín pidiéndole una argumentación.

- Un profesional es alguien que tiene una capacitación y hace bien su trabajo. Hasta ahí, de acuerdo, pero el grado de satisfacción y de exigencia no es el mismo para todas las personas. Por ejemplo, hay muchos futbolistas que juegan en Primera, todos ellos son profesionales, pero sólo uno es Cristiano Ronaldo o Leo Mesi.

- ¿Por qué los hombres siempre os lleváis cualquier tema al mundo del fútbol?, pregunta Maria.

- Es sólo una comparación.

Marta se levanta de la mesa, abre las piernas, echa la melena hacia atrás y pone las manos en las caderas.

- ¡Miradme los dos! ¿Me veis bien? Pues siguiendo con el símil futbolero que tanto os gusta: ¿Quién creéis que es un profesional para jugar aquí? ¿Un jugador cualquiera o un Cristiano Ronaldo?

- Ha quedado claro. En tu cuerpo sólo puede jugar Cristiano Ronaldo por su habilidad en el manejo de las pelotas.

Marta se queda mirándolo con cara de póquer y por un momento pienso que le va a soltar una de sus frescas, pero rápidamente empieza a dibujar una sonrisa y le guiña un ojo a Nuño.

- ¡Exacto!

La conversación sigue girando sobre temas como cuál es la dotación adecuada de un hombre para ser un profesional en la cama. Nuño dio su visión médica, que a mí me interesó mucho, pero Marta aportó su punto de vista desde la experiencia. Después de reírnos un montón, con mis amigas bromeando sobre el tamaño de los dos hermanos. Llegamos a la conclusión de que hay cosas que no son sólo fisiológicas, “al menos para mí”, a la hora de disfrutar con un hombre en la cama.

Mientras subimos a casa meto la mano en el cesto porque acaba se sonar un mensaje en el móvil. Me retraso para leerlo. Me doy cuenta de que Nuño me observa de forma disimulada.

“Si te parece bien, te recojo en el chiringuito de Mario a las nueve de la noche para ir a cenar. Un beso. Marcos”.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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