El despertar de los cinco sentidos

El despertar de los cinco sentidos

Publicado por el ago 15, 2014

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La angustia del último whatsapp de Marcos, anunciándome que venía a por mí, me borra la sonrisa que había dibujado mi coqueteo con Nuño en la terraza. “No parará hasta volverme loca”.

Caigo como un saco encima del sofá y noto cómo se me humedecen mis ojos y escapan lágrimas en silencio. No es llanto, es la respuesta mecánica de mi cuerpo ante una situación de estrés que me atenaza. Necesito hablar con alguien, pero mis amigas están dormidas. Me siento sola. Tengo miedo.

Meto la cabeza debajo del agua fría para intentar romper la inercia de las lágrimas, que fluyen cada vez más libres. Me seco el pelo con una toalla, me pongo el bikini y el vestidito de playa. Sólo puedo hablar con Nuño, es la única persona en la que confío en este momento y que está despierto. Además, creo que le debo unas cuantas explicaciones, pero lo más importante es contarle una versión reducida de mi vida. “Una vida que tampoco tiene mucho que contar”, pienso para mis adentros al abrir la puerta de la calle para llamar al timbre de mi vecino.
Tardan en abrir. Cuando ya me resigno y me doy la vuelta, se oye la puerta.

- ¿Qué pasa vecina? ¿Ya quieres ir a la playa? Sólo son las diez de la mañana.

Nuño está con el torso desnudo y sólo se cubre con una mini toalla de bidé que sujeta con la mano, lo que le deja prácticamente a la vista toda su pierna izquierda. Su cuerpo aún está con gotas de agua. Creo que me he quedado con la boca abierta. No puedo articular palabra, únicamente contemplarlo.

- Deja de mirarme así que me estás poniendo nervioso. Parece que es la primera vez que me ves.

Intentó balbucear algo, lo que sea, pero mi boca se niega a pronunciar ningún sonido reconocible. Sin darme cuenta, rompo a llorar, como una tonta.

El pobre Nuño no sabe qué hacer. No puede abrazarme porque eso equivaldría a soltar la mini-toalla que sujeta con su mano izquierda, y la situación podría ser de lo más patética. Yo llorando como una Magdalena desconsolada y él desnudo intentando consolarme. La imagen en mi cabeza hace que frene mis sollozos y pueda balbucear algo medianamente comprensible.

- ¿Puedo hablar contigo? Necesito contarte muchas cosas…

- Siempre se me ha dado muy bien escuchar, pero creo que para hacerlo voy a vestirme un poco. Tengo una pinta bastante ridícula sujetando una toalla enana en mi cintura. Pasa al salón.

Me siento en el sofá de los vecinos. Nuño se aleja a su habitación y deja la puerta abierta. Intenta hacer todo muy rápido para volver a mi lado pero está muy torpe. Se quita la toalla y se pone un pantalón corto. “¡Vaya! Otro que no usa calzoncillos, como el rastas de Marta”, pienso sin quitarle ojo.

De forma resumida le pongo al tanto de mi vida. Que conocí a Marcos en la facultad. Que luego me marché a Estados Unidos a terminar mis estudios y a trabajar durante cinco años. Que cuando regresé volví a salir con él y nos casamos. Que después de diez años de matrimonio descubrí que Marcos me ponía los cuernos con su secretaria y que seguramente lo había hecho con anterioridad más de una vez. Que Martínez es la mano derecha de mi ex, su conseguidor y el mayor pelota que haya conocido jamás.

- Resumiendo, que hace seis meses me fui de casa y mis amigas me han traído aquí para que me olvide de una vez por todas de él. Sin embargo, desde que he venido, no para de enviarme mensajes diciéndome que quiere hablar conmigo y que necesita arreglar las cosas…

Nuño me mira sin articular palabra, sin interrumpirme.

- Perdóname, creo que te estoy dando una paliza con mi vida…

- ¡Noooo! No digas eso. Me encanta escucharte, ya te dije que se me da muy bien.

- ¿Qué opinas?

- Opino que acabas de liberar una gran tensión y que has hecho muy bien en contarlo, no a mí, de lo que estoy encantado, sino por lo que significa desahogarte.

- ¡Ya! ¿Y qué hago?

- De momento, aprovechar que ya estás vestida para ir a la playa. Así que te vas a escapar conmigo a descubrir lugares que son mágicos. Pienso sumergirte en un mundo de sentidos que te hará olvidar todos los males.

- Suena pretencioso.

- Suena a medicina para el espíritu atormentado. Déjate llevar y confía en tu médico.

- ¿Un médico de los sentidos?

- Algo así.

Nuño se levanta como un tiro y en cinco minutos estamos subidos a su todoterreno blanco. Me siento feliz a su lado, tranquila, aunque no consigo borrar del todo la amenaza de la visita de Marcos.

La terapia de los sentidos empieza con el olfato en el mercado, donde paramos a comprar fruta. Me hace oler las piezas que elige. Se le nota que disfruta y que controla mucho. “Trabajé un verano en una frutería para ganar dinero cuando tenía dieciséis años”, me confiesa.

Luego me arrastra hasta una cala pequeñita, muy pequeñita, a la que llegamos después de dejar el coche a un kilómetro de la costa y andar por las rocas unos veinte minutos. “Este lugar lo descubrí durante una regata con mis amigos. Tardé casi una semana en encontrar la forma de llegar a pie hasta aquí”.

Me obliga a contemplar el mar, describe todos los matices del azul hasta el turquesa y hace que me fije en las mil y una formas de las rocas. Cada vez que señala algo me coge del hombro y me aprieta a su cuerpo. “Este debe de ser el sentido del tacto”, pienso para mí, al notar sus manos arroparme.

- El cuerpo humano tiene millones de terminaciones nerviosas. En algunas partes somos especialmente sensibles.

- ¿Esto va a ser una clase de anatomía, doctor?, sonrío de forma picara.

- Sólo quiero que aprendas a disfrutar de cosas sencillas, que están ahí y nadie ve. ¡Ponte las gafas de bucear!

- Me da pánico bucear.

- Déjame que te enseñe otro mundo, el que no se ve. No vamos a hacer ninguna tontería.
El paisaje submarino es una locura de colores. Lo notó nadar pegado a mí, señalándome detalles de cosas que no veía, incluido un pulpo mimetizado en la roca,que me da un susto de muerte y me obliga a abrazarme a él de forma desesperada.

Regresamos a la calita y me manda tumbarme en la toalla.

- ¡Cierra los ojos y deja la mente en blanco!

Obedezco confiada. Noto cómo me desabrocha la parta de arriba del bikini. Yo le facilito el trabajo y me lo quito por completo. Comienza a extenderme el bronceador despacio, acariciando mi piel, muy suave, palpando cada centímetro. Empieza por la espalda, sigue por los brazos, las piernas y, al llegar a los glúteos, noto que mi cuerpo se tensiona. Dudo si llamarle la atención por ser un descarado, pero decido abandonarme y dejarle hacer. Cuando acaba estoy muy excitada.

Nuño no dice nada y yo no quiero romper la magia del momento. Adivino que se tumba a mi lado y lo cojo de la mano mientras el sol nos acaricia.

- ¿Tendrás hambre?, me pregunta.

La verdad es que mi estómago empieza a notar un vacío. Recogemos nuestro mini campamento y regresamos al coche. Mi vecino no para de mostrarme detalles de lugares por donde pasamos y contarme historias de su adolescencia y juventud. Pone tanta pasión en todo lo que cuenta que es imposible no contagiarse de ella.

Acabamos en un chiringuito de un pueblecito. La dueña, una mujer de casi setenta años, lo saluda como si fuera de la familia.

- Este era el restaurante favorito de mis padres. Aquí fue donde se prometieron.

Me enternece la facilidad que tiene para desnudar sus sentimientos.

Él se encarga de pedir la comida, todo productos del mar cocinados con verduras de la tierra. Me da de comer con su tenedor, como si fuera una niña. “Me encanta este juego de los sentidos”, pienso.

Después de comer, bajamos de nuevo a la playa. Regresamos a casa, durante el camino me anuncia que tengo una hora para arreglarme. Protesto porque creo que no me va a dar tiempo.

- Te falta aún un sentido.

- Yo pienso que me has despertado todos. Olfato, vista, tacto, gusto…

- Aún falta el oído. Así que nos vamos de concierto. Como no se puede elegir, te vas a tener que conformar con “Bailar pegados” y “Esa chica es mía”.

- ¡Sergio Dalma!

- Sí. Es lo que hay.

- Yo era súper fan, hasta me hice una vez una foto en la puerta de su casa. Pero esto no se lo digas a mis amigas, que me estarán vacilando toda la vida.

Nunca pensé que un concierto pudiera ser tan intenso: salté, bailé, canté y abracé a Nuño en cada una de las canciones. La apoteosis llegó cuando cantó “Galilea”: me moría de ganas de besarlo mientras me abrazaba a él dando saltos.

- Me ha mandado un mensaje Martín para decirme que nos esperan en Waikiki ¿Te apetece?

Lo que de verdad me apetece en estos momentos es perderme con Nuño, pero le digo que sí, que nos pasemos a tomar algo.

Entramos en el chiringuito felices. Pero se me hiela la sangre nada más entrar.

En la barra, charlando con Mario, están Marcos y Martínez. Marta y María vienen rápido hacia mí. Yo me quedo paralizada.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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