Ganas de un revolcón

Ganas de un revolcón

Publicado por el ago 12, 2014

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Cuando regreso al chiringuito, la fiesta romana está en pleno apogeo. Ni el incidente con Martínez ni su amenaza de que mi ex, Marcos, viene a buscarme -”para volver a amargarme la vida”, sentencio en mi interior- han afectado a la multitud que está en Waikiki disfrutando. Las risas y la diversión protagonizan la velada. Lo que se anunciaba como una fiesta romana lleva camino de desembocar en una “bacanal… romana”.

El par de horas que he estado repasando mi vida en la playa me han servido para tranquilizarme y para recordar que también he sido feliz cuando Marcos no ha estado a mi lado. Vuelvo a recordar mi aventura en Nueva York con Ricardo, y mi alma sonríe. Renace m autoestima.

Me agarro del brazo musculoso de Nuño, que me espera en la puerta, y entro de forma victoriosa, dispuesta a recuperar el tiempo perdido y ponerme al mismo nivel que mis amigas en una noche de juerga y desmelene. Vuelven a mi cerebro los insultos de Martínez a Nuño: “¡Pelele de gimnasio! ¡Muerto de hambre! ¡Guapearas de discoteca!”. Desde luego el pobre esbirro de mi ex tiene un ojo tremendo, sobre todo en lo de “muerto de hambre”: seguramente este fornido gladiador al que estoy agarrada gana más dinero que él. Respecto a lo del gimnasio y guapearas, estoy de acuerdo, por una vez, con Martínez. Nuño tiene cuerpo atlético y es bello hasta decir basta, “por lo menos a mí me lo parece”.

Encuentro con suma facilidad a mis amigas y a Martín. Están en el centro del local y en el centro de todas las miradas de la concurrencia. Mi vecino las maneja como si fueran plumas, lo que hace que el mini vestido que llevan tanto Marta como María no sirva para tapar casi nada de su anatomía cada vez que las hace girar.

Me suelto de Nuño para ir a la barra. Pido un gin tónic. Noto la presencia de mi “querido gladiador o, mejor aún, de mi querido ángel de la guarda en taparrabos”, que no se aparta de mi lado. Hace mucho calor y la humedad provoca que la sensación sea de mayor temperatura aún. Estoy muerta de sed y la bebida casi me la tomo de un trago.

Cojo a mi compañero de la mano, lo arrastro junto a mis amigas para unirnos al baile y espantar todos los demonios que se han instalado en mi cabeza. Mi “gladio-guardaespaldas”, que como soldado pretoriano se ha comportado de forma impecable, se muestra muy torpe a la hora de seguir el ritmo. Me hace gracia ver cómo se esfuerza. Se nota que se ha saltado la adolescencia y la juventud en su carrera hacia la edad adulta, porque su dominio del baile es, como mínimo, cómico.

Me enternece. Me abrazo a él para ayudarlo a moverse con un poco más de armonía. Cuesta encauzar sus movimientos, es como intentar mover el tronco de un árbol de ochenta kilos, así que opto por bajar mis revoluciones bailongas para simplemente abrazarlo mientras lo hago girar en círculos.

“Huele muy bien”, pienso, mientras recuesto con disimulo la cabeza en su pecho. Está sudando y mi vestido se queda pegado a su cuerpo, que tan sólo está cubierto por un taparrabos. Me aprieto cada vez más a él, como si fuera una náufraga que se aferra a un madero en mitad del océano. “Puede que sean imaginaciones mías, pero parece que el roce está empezando a hacer crecer algo en el interior del taparrabos”, sonrío para mis adentros. De hecho, Nuño me separa suavemente con la excusa de ir a tomar algo.

Dudo entre seguirlo o unirme a mis compañeras.

Marta tiene ya a dos moscardones rubios -”apostaría a que son ingleses”-, muy sonrosados, peleando para que les haga caso. Lo gracioso del tema es que ella no parece prestarles mucha atención y busca constantemente con la mirada a Maurice, el hippie belga de las rastas con el que ya ha compartido dos veces la cama en casa.

A María la veo más centrada que la noche de los alemanes, parece que aprendió la lección y sólo bebe refrescos. Todo bajo la atenta mirada de Martín, que conoce perfectamente las tonterías que puede cometer mi amiga cuando se emborracha. El vecino vivió en primera persona la aventura del selfie desnuda que nos llevó al cuartelillo de la Guardia Civil hace unos días.

Al ver que el resto de la pandilla tiene todo controlado, me giro en busca de Nuño. Una de las chicas de la fiesta, la que se ha metido en una funda de almohada a modo de disfraz de romana, está, literalmente, abrazada a él. Visto desde atrás, me da la sensación de que le está metiendo mano a través del taparrabos para tocarle el culo, mientras guiña el ojo a sus amigas.

“Parece tonto: ¿no se da cuenta de que lo están sobando de forma descarada?”, me reconcomo. Acelero el paso hacia la barra para terminar con el allanamiento de algo que considero que mío. Cuando estoy a punto de asir por la trenza a la descarada, Nuño coge de la muñeca a la chica para sacar la mano del final de su espalda y le dice algo al oído mientras se gira hacia mí.

- ¿Qué te apetece beber?, me pregunta.

Dudo un momento, no quiero que la bebida me lleve de nuevo a la cama de un hombre y despertar por la mañana sin haberme enterado de nada.

- Lo mismo que tú.

- Sabes que no es bueno mezclar, supongo…

Miro su vaso en busca de una respuesta a la pregunta. El líquido es transparente y no parece tener burbujas. Marta me contó el otro día que la fiebre de la ginebra se había pasado y lo que está de moda ahora es el vodka. “¡Yo odio el vodka! Mi primera borrachera en el pueblo de mi madre fue con vodka”.

- Déjame probar.

Me extiende el vaso con sonrisa pícara, por lo que no sé si tranquilizarme o preocuparme. Bebo despacio, con precaución.

- ¡Ja, ja, ja… es agua!

- ¿Qué te pensabas que era?

- No lo sé, vodka. Odio el vodka.

- No suelo tomar alcohol destilado, como mucho algo de vino. Tenía sed y lo mejor para calmarla es el agua ¿Decepcionada?

- Todo lo contrario, feliz de tener un “gladio-guardaespaldas” sanote y sobrio para cuidarme.

- Pues este “gladiocomosediga” se va a retirar a casita. Lo de hoy ha sido un esfuerzo para mí.

Pongo mi mejor cara de niña buena indefensa, con morrito incluido.

- ¿Me vas a dejar solita, a merced de todos estos buitres?

- Yo ya he elegido. Ahora eliges tú.

- Yo elijo que te quedes conmigo.

- ¡Nooooo…! Esto no es así. Yo he elegido irme, tú tienes que elegir si vienes conmigo o te quedas.

Temo parecer una facilona. Que Nuño piense que sólo quiero darme un revolcón con él. Me muero de ganas de irme con él. De volver a verlo desnudo. Pero no quiero equivocarme. Ir demasiado deprisa. En realidad no sé lo que siento por él. Ni lo que él siente por mí. Quizás nada.

- ¡Me quedo!

Nuño me besa en la mejilla antes de marcharse. Mi piel se ha puesto de gallina con algo tan simple y tan inocente como el roce de sus labios con mi cara. Me quedo mirando a la gente y observo a mi querido gladiador alejarse. La espalda sudada brilla bajo la luz de las farolas y su taparrabos se le pega al culo. “En este momento me gustaría fundir mi cuerpo con el suyo, pero estoy aquí, mirando como una tonta…”

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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