Perdida bajo las sábanas de Ricardo

Perdida bajo las sábanas de Ricardo

Publicado por el ago 11, 2014

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El tiempo en el chiringuito Wikiki parecía haberse congelado. Como sí fuera un plano fijo de una película. Nuño me asía fuerte por el hombro mientras apartaba con violencia de mi lado al odioso Martínez. Yo acababa de estallar ante la desesperación de volver a enfrentarme a los fantasmas y fantasmones de mi ex. Martín se había unido a la escena y se interponía entre su hermano y el esbirro de Marcos para evitar que la cosa fuera a más.

- ¡Tú no sabes quién soy yo! ¡Pelele de gimnasio! ¡Muerto de hambre!, escupía por la boca Martínez mientras apuntaba con el dedo a Nuño.
La amenaza provoca la sonrisa de mis vecinos gladiadores, que se miran entre sí.

- Podrías haber sido un poco más original. Ese “tú no sabes quién soy yo” ha sonado a la etapa preconstitucional. De hecho, parece que te has escapado de esa época.

La gente a nuestro alrededor se ríe por la situación. Un personaje blandito vestido de dios Baco frente a un Apolo disfrazado de gladiador, lo que altera aún más a Martinez, cuya cara ha pasado ya del rojo al granate.

María ya se ha colocado a mi lado y me abraza.

- ¡Mira guaperas de discoteca! Para que lo sepas. ¡Esa mujer que proteges es la esposa de mi jefe y él ya está de camino para recuperarla!

Nuño parece desconcertado por unos segundos. La verdad es que él me ha contado más de su vida que yo de la mía. De hecho, no tengo muy claro siquiera que le haya dicho que me estoy divorciando. Me mira buscando una repuesta y yo sólo puedo mover la cabeza diciendo que no. Mi vecino no necesita más.

- Yo sólo sé una cosa: que tu presencia molesta a mi amiga. Quién seas tú y quién sea tú jefe me da exactamente igual. Así que hazte un favor y acepta mi consejo: ¡No te acerques a Mar!

A Mario, el dueño del chiringuito, empieza a incomodarle la escenita. Aún recuerda el día que la Guardia Civil acabó llevando a declarar a Marta y María por propinar un rodillazo a un alemán.

- Mar, cariño. Salid fuera. Por favor.

La verdad es que no necesito que mi ex compañero de facultad me invite a marcharme, porque lo único que deseo en este momento es escaparme y desaparecer. Me doy la vuelta y salgo hacia la playa.

Escucho a Nuño pedir a Martín que me deje salir. “Le vendrá bien tomar el aire”.

Mi cabeza está revolucionada, trabajando a mil por hora. “Justo cuando todo parecía encajar en estas vacaciones, con dos chicos maravillosos pendientes de mí y sintiendo en mi cuerpo sensaciones olvidadas, aparece de nuevo el impresentable de Marcos. Parece una maldición”.

Ando despacio por la playa, la luz de las farolas del paseo me indican el camino. La música del chiringuito se difumina y acaba desapareciendo por el sonido del batir de las olas. Comienzo a recordar.

Desde que Marcos apareció en mi vida, todo giró en torno a él. El concierto de Génesis fue el veneno que me hizo creer que yo era su pareja. Pero poco a poco fui notando que yo no era más que un trofeo en su colección, por eso, cuando me concedieron la beca Fullbright para realizar estudios de postgrado en Estados Unidos, no lo dudé ni un momento. Estaba cansada de ser la chica de Marcos a su conveniencia y de pasarme el día junto al teléfono esperando su llamada.

Llego al final de la playa y me siento en una roca. Es agradable sentir la caricia del agua en mis pies. Noto que me estoy tranquilizando e intento concentrarme en disfrutar de este momento mágico.

En Estados Unidos fui feliz. Hice mi curso de postgrado en Washington y al año siguiente me contrataron en el servicio de estudios de un gran banco español por lo que me trasladé a Nueva York.

Estuve cinco años en los que me hice mayor, alejada de la casa de mis padres, con gente brillante, proveniente de todos los rincones del planeta y que en la mayoría de los casos estaban ahí más por su valía que por sus orígenes familiares. Viví rápido y de forma intensa. Conocí en profundidad la ciudad que nunca duerme, pero no por ello descuidé mi trabajo.
Estuve saliendo con un compañero colombiano, Ricardo, mientras aguantaba la presión de mi jefe, que no paraba de asediarme para que quedara con él. Era todo tan tópico, que ahora me río. Mi superior era un hombre de cuarenta años -en esa época me parecía un vejestorio y hoy, cuando soy yo la que tiene esa edad, me siento una jovencita- y estaba casado. Al parecer, todos los años lanzaba el anzuelo a una de las nuevas becarias para echar una cana al aire. Conmigo pinchó en hueso: me pasé casi dos años dándole largas para no quedar con él, hasta que cambió de objetivo y me dejó en paz.

Con Ricardo todo fue precioso y muy fácil. La presión del trabajo y nuestra obsesión por dejar todo terminado y sin cabos sueltos nos hacian pasar muchas horas juntos. Un viernes, después de acabar un estudio de riesgos para un cliente, fuimos a cenar una hamburguesa y me acompañó a casa. Eran los primeros días del verano. Al despedirse, me invitó a ir a pasar el fin de semana a la casa que tenían sus padres en The Hamptons. Recuerdo que lo miré con cara de “¿Tú quién eres?”, pero acepté. Con Ricardo me sentía segura. Era mi compañero y mi amigo.

Aquel fin de semana fue precioso. La casa era una maravilla, con salida directa a la playa y una piscina magnífica que se confundía con la línea del horizonte del mar. Lo que yo esperaba que fueran dos días con su familia resultó una escapada de los dos solos. Recuerdo que Ricardo tenía un cuerpo precioso y cuando hablaba parecía que te acariciaba con sus palabras. Los paseos por la playa, las copas al anochecer, los baños en la piscina y sus masajes expertos para relajarme me llevaron a perderme con él entre las sábanas en una auténtica explosión de los sentidos.

Siento cómo empiezo a excitarme al recordarlo. Los desagradables momentos que acabo de vivir en el bar me han puesto al límite de tensión y creo que mi cuerpo quiere liberarla recreándose en estos recuerdos. Pero no puede ser. No es el momento. Hasta la escena más sensual me repugna cuando en el fondo me persigue la sombra de mi ex. Obseso sexual egoísta y sucio.

Por fin logro volver a mi relato interior. El de Ricardo fue uno de los fines de semana más bonitos que haya vivido jamás. “La verdad es que pudo contribuir el hecho de que llevaba dos años en Estados Unidos sin haber mantenido relaciones sexuales y estaba bastante receptiva”, me justifico, sobreponiéndome de nuevo a mis malos pensamientos.

En el trabajo seguíamos manteniendo la misma actitud de compañeros concienzudos que se emplean a fondo por hacer bien su tarea, con algún roce y encuentro furtivo en la zona de archivos a la hora de comer.

Durante casi cinco años perdí por completo la pista de Marcos, salvo por las apariciones que leía en las webs económicas sobre su ascenso fulminante dentro de los negocios tecnológicos.

Ricardo regresó a Colombia a llevar los negocios hoteleros de su familia. El día que me lo contó supe que era el final de nuestra historia. Yo regresé a España tres meses después al despacho en el que ya he ascendido a socia. Seguimos escribiéndonos de vez en cuando. Él se casó y tiene tres niños. Alguna vez, cuando viene a Madrid, hemos quedado a comer para ponernos al día con nuestras vidas. Al igual que a mis amigas, a Ricardo nunca le gustó Marcos.

Me levanto de la roca para volver hacia Waikiki. Pienso que no he sido justa con mis vecinos, Nuño y Martín -es curioso, pero siempre coloco a Nuño por delante aunque lo haya conocido después-, que han salido en mi defensa sin saber de qué va esto. “En cuanto tenga un minuto se lo tengo que aclarar”, concluyo.

Nuño está sentado en la puerta del chiringuito con una copa en la mano. Sonríe al verme.
- ¿Qué tal estás?, me pregunta con tono cariñoso.
- Mejor, mucho mejor.
- Me alegro…
- Creo que tengo que contarte a qué viene esta locura.
Me coloca el dedo en la boca. Me gusta el contacto físico con él.
- No hace falta. Tú vida es tuya.

Nuño me coge de la mano para volver a la fiesta. En la puerta nos cruzamos de nuevo con Martínez, que se aparta levemente al verme en compañía de uno de mis “gladiadores”. Pero se gira para advertirme:
- Marcos ya está en camino…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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