Muerte en la carretera

Muerte en la carretera

Publicado por el ago 7, 2014

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Según avanzan las horas, los habitantes de la playa se multiplican. Cuando llegamos a la cala, sobre las dos de la tarde, apenas éramos una docena de personas, pero ahora -miro el reloj: son las seis- debemos de ser más de un centenar. Los nudistas se han quedado en franca minoría y se ven relegados a un pequeño espacio en la zona de las estatuas humanas de barro. El otro extremo empieza a poblarse de sombrillas. Hay fauna de todo tipo, desde familias con niños, a parejas acarameladas a las que se les escapa la mano debajo del bañador de su compañero o compañera, pasando por grupos de amigos.
La presión textil ha obligado a Martín a ponerse el bañador. No se siente nada cómodo con tanta gente “vestida” alrededor, así que nos integramos en el magma playero como si fuéramos un grupo más.
Martín se lamenta de cómo ha cambiado todo.
- Cuando conocimos esto, hace unos veinticinco años, nadie venía hasta aquí, apenas unas parejas despistadas en busca de intimidad y los locos por descubrir espacios nuevos, como nosotros ¿Verdad, Nuño?
Nuño parece ausente, mirando el horizonte como si nada fuera con él. En mi cabeza no paro de darle vueltas a cómo conseguir que me cuente qué ocurrió hace cuatro años para que dejara de venir a un lugar del que parece realmente enamorado. Que me lo cuente sin que sé note que me muero de ganas de que me lo cuente.
Responde de forma lacónica: “Es verdad”. Se levanta y se marcha a dar un paseo. Mi primer impulso es salir detrás, pero cuando hago fuerza con mis manos para levantarme de la toalla oigo una voz a mi espalda.
- ¡Hola chicas! ¿Os gustaría ver unos bikinis muy personales que diseño yo misma?
Mis amigas se levantan como un resorte, como si les hubieran tocado el botón que activa el gen comprador y que, tengo que confesar, también me alcanza a mí. “Ya iré detrás de Nuño en otro momento, además no quiero que piense que soy una pesada”.
Es la primera vez que veo venta ambulante de bikinis en la playa, pero he de reconocer que los diseños son originales, con unas combinaciones de color muy favorecedoras. Las braguitas tienen corte brasileño, la parte de atrás es siempre negra y la de delante de otro color, con una cinturilla con una cenefa dorada.
La parte de arriba es una especie de faja “palabra de honor”, bastante ancha, lo que “puede ser un problema a la hora de tomar el sol”, comento en voz alta.
- ¡Cariño! Eso ya no es un problema, has empezado a hacer topless y la parte de arriba sólo la vas a usar cuando estés fuera de la playa. No pongas excusas, los bikinis son distintos y muy coquetos.
Nos probamos prácticamente todos. Marta no da abasto buscando mil y una combinación. La chica que los vende está en todo, lleva hasta un gran espejo de mano que nos deja para que veamos cómo nos quedan y nos anima con expresiones que odio, como “ideal”, “glamourosa” o, la peor de todas, “esto es muy ‘sex in de city’”.
Al pobre Martín lo volvemos loco preguntando las tres cómo nos queda cada uno de los modelos que nos probamos, así que opta por el camino de en medio.
- ¡Parad un momento! Me estáis aturdiendo. Sois tres mujeres preciosas a las que les sienta bien todo. No me preguntéis más, se me han acabado los adjetivos. Además, decidíos rápido porque está chica querrá seguir vendiendo.
Los diseños nos encantan, así que compramos las tres varios modelitos.
La verdad es que me siento guapa con la combinación en tonos turquesas que acabo de adquirir. Con la autoestima por las nubes, me lanzo en busca de Nuño, que se ha refugiado en la zona de los descendientes de Colón. Lo veo sentado en una roca.
- ¡Hola vecino! ¿Qué te parece mi nuevo bikini?
Se gira despacio y me mira como si estuviera viendo un marciano. Creo que la excusa que he elegido para hablar con él es un error garrafal. “Va a pensar que soy una frívola ¡Qué horror! ¡Piensa, Mar! ¡Arréglalo!”, me exijo a mí misma.
- Me he quedado algo preocupada. Estás como ausenté desde esta mañana ¿Te pasa algo?
Sus dientes blanquísimos me tranquilizan. Esa sonrisa inmensa que me provoca una descarga eléctrica que casi me hace perder el equilibrio. Tengo que sujetarme en su hombro con la excusa de sentarme a su lado.
- No, no me pasa nada. Hay momentos y lugares que me traen recuerdos.
Nuño se para y vuelve la vista hacia el horizonte.
Prefiero no interrumpirlo, dejar que hable, sin presionarlo.
- Hace cuatro años cogí manía a este sitio, a la zona en la que había vivido los momentos más felices de mi vida. Decidí que no volvería.
- No hace falta que me lo cuentes si no quieres, insisto.
- Quiero contártelo, necesito hablar de ello, me lo ha recetado mi psicólogo.
Rápidamente vuelve la cara hacía mí.
- ¡Ehhh! No vayas a pensar que estoy loco.
- ¡Nooooooo! Ir al psicólogo es muy normal, tengo muchos conocidos que van, sobre todo amigas que se han divorciado. De hecho, yo misma he llegado a pensar que debería ir para superar la dependencia que tenía de mí ex.
- Eso me lo tienes que contar. Se me da muy bien escuchar.
- ¿Sabes una cosa? A mí también se me da muy bien, así que termina tu historia. Luego prometo contarte la mía.
Parece que un escalofrío recorre su espalda a pesar de que debemos de estar a cerca de treinta grados. Vuelve a fijar la vista en el horizonte, toma aire y retoma su relato.
- Era el cumpleaños de mi mujer, Cecilia. Alcanzaba la cifra mágica de los cuarenta, edad a la que todo el mundo se plantea qué quiere hacer con el resto de su vida. Nosotros lo teníamos muy claro, yo por lo menos: queríamos seguir juntos el resto de nuestros días.
Se me está poniendo la carne de gallina. “Es la declaración de amor más bonita que he oído nunca”, pienso mientras no dejo de mirarlo embobada.
- Cecilia tenía que trabajar, así que yo había venido al pueblecito unos días con nuestra hija, Lucía. Le mentí al decirle que nos traía Martín, así que ella se quedó con el coche familiar.
- ¿Tienes una hija? No tenía ni idea.
- ¡Cómo lo vas a saber! Me acabas de conocer, a no ser que el bocazas de Martín te lo haya contado.
- Puedes estar tranquilo, con tu hermano he hablado de muchas cosas, pero todas sin ninguna trascendencia. Sigue, por favor.
- En realidad habíamos venido con el todoterreno blanco en el que os he traído hasta aquí. Iba a ser su regalo de cumpleaños.
“Ahora entiendo por qué me parecía un coche muy femenino”, me digo.
- Estaba con la niña y Martín en la playa. Cecilia había dicho que llegaría para comer. Sonó el teléfono. Era la Guardia Civil que me informaba de que mi mujer había tenido un accidente a tres kilómetros del pueblo, cuando ya podía divisar las casitas blancas en la costa.
A Nuño se le corta la respiración. Parece que le falta aire. Sigue mirando al horizonte. No puedo evitar cogerlo del brazo y recostar mi cabeza sobre su hombro.
- Dejé a Lucía con su tío y salí a buscarla. Nada más llegar a la curva del accidente se me heló la sangre. Estaban la Guardia Civil, los bomberos y el helicóptero. Las aspas del helicóptero estaban paradas.
De nuevo se detiene en busca de aire.
- Las aspas paradas del helicóptero -continúa Nuño- significa que ya no hay nada que hacer, sólo esperar la llegada del juez para autorizar que se levante el cadáver.
Siempre me he sentido inútil en estas situaciones. Nunca he sabido qué hacer. Ni qué decir. Ni a dónde mirar. Pero esta vez no lo puedo evitar. Me sale. Cojo con mis dos manos la cara de Nuño y lo beso…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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