Las lágrimas amargas de Nuño

Las lágrimas amargas de Nuño

Publicado por el ago 6, 2014

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La sospecha de que Nuño es mi hombre misterioso de la playa se hace cada vez más firme. En un primer momento, pensé que podría ser Martín, sobre todo cuando descubrí el libro bajo el sombrero Panamá en su terraza.
De hecho, llegué a desear que fuera él por lo fácil que me resultaba todo a su lado: hablar, reírme, pasear o dormir -esto último no lo tengo muy claro, porque no me acuerdo de nada, pero debí de dormir como un tronco cuando no sé lo que pasó aquella noche de borrachera-. Sin embargo, a la vez era imposible. A Martín me lo puedo imaginar de muchas formas, pero me cuesta hacerlo leyendo un libro sentado al sol.
Nuño es distinto, se ve más reposado, más reflexivo, agudo, irónico y, por qué no, más inteligente. Ya sé que lee, que devora libros durante las vacaciones. Ahora se añade el detalle de hacerme un montículo de arena en forma de asiento para que pueda leer con la espalda apoyada, el mismo modelo de respaldo improvisado en el que pasa las horas mi hombre de la playa. “Sólo hay un detalle que no me encaja -medito con los ojos cerrados mientras escucho ‘Watch how you go’ de Keane- ¿Dónde está su sombrero?”.
Abro los ojos y me veo sola. Siempre me ha gustado la soledad, de hecho he perdido muchos amigos por dar largas y no quedar con ellos para disfrutar de mi independencia. Marta y María son la excepción porque son un cielo y se han mostrado desde siempre inmunes a mis negativas a salir juntas. Sin embargo, este verano parece que están cambiando muchas cosas en mi vida, entre ellas que me gusta tener a mis amigas al lado y disfrutar coqueteando con los hombres, una sensación que había olvidado desde que Marcos apareció y anuló mi voluntad.
Busco a las chicas y a los dos hermanos con la mirada. Creo que en el fondo, cerca de las rocas, están Marta, María y Martín, aunque no estoy muy segura. Nuño no está con ellos.
- ¡Hola Bella Durmiente! El libro que te he dejado debe de ser un muermo, porque parece que te ha dejado grogui con el primer capítulo.
- ¿Dónde estabas?
Según hago la pregunta me doy cuenta de que he sonado demasiado ansiosa. Nuño me sonríe mientras las gotas de agua recorren su cuerpo empapado por el baño que se acaba de dar. Me tiende sus brazos y me invita a incorporarme.
- Ven a darte un baño, te sentará bien y te ayudará a entonar los músculos después de esa siesta que te has echado.
Me dejo arrastrar, sin demasiada convicción porque en el agua me siento un auténtico “pato”, pero no por mis habilidades, sino por todo lo contrario.
- ¿Dónde están los demás?, pregunto mientras me dejo arrastrar de la mano hacia el agua.
- Luego los buscamos, pero están con Martín, se conoce estas calas casi mejor que yo, así que no te preocupes.
- ¿Venís desde hace mucho?
A Nuño se le tuerce un poco el gesto mientras entramos en el mar. No parece que le haya hecho mucha gracia la pregunta, porque la mueca no puede ser porque le dé impresión el agua cuando acaba de salir de ella. Me suelta de la mano, se zambulle de forma violenta y se aleja nadando.
“¿Qué he dicho?”, me recrimino a la vez que sigo avanzando hasta que el agua me llega a la cintura. “Es una pregunta de lo más inocente. Sólo quiero saber desde cuándo vienen”.
Nuño vuelve a mi lado con la misma velocidad con la que se ha marchado.
- Mis padres nos traían aquí desde pequeñitos. Durante muchos veranos, hasta los veintitantos, nos tostábamos en estas playas y disfrutábamos de este mar.
- ¡Perdona! Creo que no te gusta hablar del tema, así que no voy a insistir.
- Perdóname tú por no responder. Es una tontería. Vamos a dar un paseo y te cuento mis andanzas de cala en cala.
Hace mucho calor, así que decidimos emprender camino despacio por la orilla.
- Mis padres se conocieron aquí, se enamoraron y de ahí venimos nosotros. Nos llevamos diez años por dos razones: yo soy la consecuencia de su amor, que precipitó su matrimonio, y Martín es simplemente el fruto del amor. A pesar de la diferencia de edad siempre nos hemos llevado de maravilla. Cuando mi padre enfermó yo ocupé de alguna manera su puesto, así que pasé a ser para Martín una especie de superhéroe que todo lo podía.
- Tú padre ¿murió?
- Sí, cuando Martín tenía sólo tres años. Él no lo recuerda, creo, luego se lo preguntamos si quieres. Fue por culpa de un cáncer de pulmón. Lo recuerdo siempre con un cigarrillo en la mano. Yo había cumplido trece años.
- La peor edad, por lo menos para las mujeres, que no sabemos qué queremos, le interrumpo.
- ¡Ja, ja, ja…! Nosotros tampoco lo tenemos nada claro. No sabemos si somos niños o mayores. En mi caso, fue el paso brusco de la infancia a la madurez. Me salté la adolescencia y la juventud.
- ¿Por qué?
- No lo sé muy bien, pero creo que fueron las lágrimas de mi madre las que me hicieron mayor de golpe. Se instaló dentro de mí un sentido de la responsabilidad llevado al extremo. Así que me convertí en el “hombre de la casa”, como siempre dice ella.
- ¿Y siempre veníais aquí de vacaciones?
- Siempre. Aquí he vivido mil aventuras, además de veranos de estudio cuando preparaba el MIR, encerrado a pesar de que el calor y las risas de la calle me invitaban a escaparme. Pero hace cuatro años que no había vuelto por aquí.
Al decirlo, la mirada de Nuño parece que se cubre por un velo de tristeza. No me atrevo a mirarlo a la cara, pero parece que hay lágrimas en sus ojos. La verdad es que no se me ocurre qué decir, de hecho nunca he sido muy hábil en estas situaciones.
- ¿No me preguntas el por qué? Eres muy poco cotilla.
- Lo siento Nuño, pero creo que no te hace mucha gracia hablar del tema.
Recuerdo que Martín me contó que se había quedado viudo precisamente hace cuatro años. Me paro delante de él para comprobar si son lágrimas o gotas de agua lo que hay en sus ojos, pero gira la cabeza bruscamente y señala con el dedo hacia el fondo de la playa.
- ¡Mira dónde están los desaparecidos!
En el fondo de la playa veo a tres estatuas de barro.
- ¿Cómo los has reconocido?
- Soy muy buen fisonomista, sobre todo en lo referente a los cuerpos. El de mi hermano, como te podrás imaginar, lo tengo más visto que el tebeo. Marta se encarga ella sola de enseñarlo todo -me dice mientras me guiña el ojo- y a María, la he sacado por puro descarte.
Nos acercamos a ellos despacio, están tumbados sobre una roca plana completamente cubiertos de barro. Mis dos amigas y Martín tienen figuras bonitas. No puedo evitar sonreír al imaginar que no van a poder romper la coraza de lodo en la que se han metido.
- ¿Esto del barro sirve para algo? -pregunto a Nuño-. A mí es que me da un poco de asco.
- No es ni malo, ni bueno. Puede ser un buen exfoliante, pero poco más. Lo que es cierto es que puede ser agradable la sensación de sentir cómo se seca el lodo. Ahora bien, lo mejor de todo es cuando te quitas la porquería de encima. ¡Ja, ja, ja…!
Sacamos del letargo a los tres lagartos embarrados en los que se habían convertido Marta, María y Martín. Nos bañamos los cinco y reímos como niños. “Necesitaba esta regresión a mi adolescencia”, pienso mientras nadamos entre bromas.
Cuando volvemos al campamento, me siento de nuevo en la montaña de arena y me pongo a leer. No me centro. Recuerdo la historia interrumpida de Nuño. Me gustaría saber qué pasó para que dejara de venir los últimos cuatro años.
- Deberías protegerte del sol.
Detrás de mi está Nuño con un sombrero Panamá que me pone encima de la cabeza.
“Ahora sí que estoy segura, es él”.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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