“Levántate la blusa”

“Levántate la blusa”

Publicado por el ago 1, 2014

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- ¿Qué te pasa? ¿Deja que te mire?
Mi vecino Nuño parece sinceramente preocupado después de decirle que me encuentro mal. Pero es complicado explicar que me siento fuera de sitio, que se me ha revuelto el estómago al ver los coqueteos de María con Martín y que no soporto a mi amiga Marta con toda la artillería desplegada para derribarlo en su cama.
- No te preocupes, me tumbo un rato en casa y seguro que se me pasa.
“Como estratega para conseguir la atención de un hombre eres la más inútil del mundo”, pienso, a la vez que introduzco las llaves en la cerradura de casa. Noto los ojos de Nuño en mi espalda, observándome. Entro en casa y, cuando voy a cerrar la puerta, veo la mano de mi vecino que la frena y entra detrás de mí.
- ¿Qué haces?
- Perdóname Mar, pero no puedo dejar que te vayas sin comprobar qué te ocurre. Un juramento me lo impide.
- ¿Un juramento? ¿Qué juramento?
Nuño me coge de la mano y me lleva hasta el sofá. Hace muchísimo calor en casa. “Deberíamos haber dejado abierta la puerta de la terraza”, pienso. Me obliga a sentarme de forma suave.
- El juramento hipocrático que hacemos todos los médicos al licenciarnos, lo que nos obliga a atender a los enfermos -me explica con una gran sonrisa que inspira confianza-.
- ¿Eres médico?
- Médico especialista en cirugía, pero eso es lo de menos. ¿Qué síntomas tienes?
Mi cabeza empieza a funcionar a toda velocidad intentando buscar síntomas. Lo más sencillo es decir la verdad.
- Me encuentro un poco mareada, con el estómago revuelto… Pero no ha sido por la cena -aclaro de forma apresurada-. La cabeza me retumba… Esto se me pasa rápidamente.
- ¡Túmbate!
Nuño me descalza y me ayuda a levantar las piernas. Coloca una almohada debajo de mi cabeza y otra más alta debajo de mis pies. Cuando me roza la piel siento que mi vello se eriza. “¡Qué te pasa Mar! ¡Tranquilízate, es un médico!”, me recrimino.
Me toma el pulso, me mira los ojos, comprueba si tengo fiebre.
- Levántate la blusa.
En ese momento recuerdo que voy sin sujetador, por lo que dudo un momento.
- ¿Qué ocurre? No tengas miedo, sólo voy a palparte el estómago.
Mi demonio interior pelea con la Mar mojigata para decidir entre descubrir sólo la barriga o quitarme la blusa por completo. Me incorporo y me quitó la blusa. El cristal de la puerta de la terraza reflejaba la escena como si fuera una gran pantalla de cine. Ahí estaba yo, con el pecho desnudo, sentada junto a un hombre atractivo e inteligente.
- Con que te hubieras subido un poco la blusa bastaba -me dice con otra sonrisa tranquilizadora-.
Cuando termina la exploración me acerca la blusa para que me vista de nuevo. Me coge de las manos, se pone frente a mí y me mira fijamente a los ojos.
- ¿Qué te pasa, Mar? Te acabo de encontrar, pero eres una de esas personas a las que tienes la sensación de conocer de toda la vida. ¿Qué te pasa?
- Ya te lo he dicho.
- No parece que tengas nada, de hecho dudo que la comida te haya sentado mal. Al margen de que he cocinado yo -bromea-. Como mucho tienes un leve ataque de ansiedad, el origen del cual sólo conoces tú.
- ¿Qué me recetas para la ansiedad?, pregunto con picardía.
- Lo mejor son una vacaciones y sonreír. Las dos cosas las tienes en este momento. Estás de vacaciones y sonríes, lo que me garantiza que no vas a morir, ironiza guiñando el ojo.
En ese momento me coge la cara con las dos manos y me besa en la frente. Es un beso de padre que no me esperaba, que demuestra cariño y complicidad.
Oímos la puerta de la calle al abrirse y vemos a mis dos amigas y a Martín.
- ¡Hola chicos! Nos vamos al chiringuito Waikiki a seguir la fiesta, informa Marta mientras me mira inquisitivamente.
- A mí me vais a disculpar, pero no soy nada de tomar copas. Prefiero recoger las cosas de la cena y acostarme, responde Nuño, mientras se levanta para marcharse.
Marta lo abraza por el cuello cuando pasa a su lado y le pone morritos. “Desde luego lo de mi amiga es incorregible cuando echa el ojo a un chico”, pienso ante semejante escena.
- ¡No seas soso!, vente a tomar una copa con nosotros, seguro que lo pasamos bien.
Nuño la besa en la mejilla mientras deshace el abrazo y se marcha después de despedirse con un “hasta luego”. Me guiña un ojo desde la puerta.
A Marta no le ha gustado nada que se le haya escapado vivo el vecino. Martín y María se acercan para interesarse por mí. Respondo que me he encontrado un poco mal. Nuño se ha ofrecido a hacerme un reconocimiento y me ha recomendado descansar.
En ese momento me doy cuenta de que ya no me molesta ver a Martín pegado a María. Durante la cena, mientras coqueteaban, me había sentido algo celosa, pero ahora pienso que hacen una buena pareja.
Animo a los tres a que se vayan de copas y que no se preocupen por mí, que estoy bien. La verdad es que no tengo que insistir nada, porque rápidamente mis amigas cogen su bolso para marcharse.
Marta se retrasa un poco. Cuando sale de su habitación se me acerca, me coge de la cara como había hecho Nuño, me mira a los ojos, sonríe y me dice: “Para ti. Todo tuyo, está claro que le gustas mucho”. Me da un beso y sale.
Me tumbó un rato en el sofá a recopilar las últimas horas. Los nervios de vestirme para gustar a Martín -”me había prometido a mí misma que este noche lo besaría”-, los celos al verle tontear con María, el acoso de Marta a Nuño, mi indisposición ficticia y, sobre todo, lo cómoda que me sentía al estar con Nuño.
Me levanto para salir a la terraza. Hay una luna estupenda que se refleja en el mar. Al fondo se pueden oír los últimos acordes del concierto en Waikiki. “Marta seguro que vuelve esta noche acompañada”, pienso y me giro para mirar a la mampara de separación con los vecinos. Veo a Nuño contemplando el mar con una copa en la mano. El corazón se me acelera.
- ¡Hola, vecino! ¿Sabes que eres un mentiroso?
- Está agresividad sólo puede significar que estás recuperada, ¿por qué soy un mentiroso?
- Porque has dicho que nunca tomas copas y estás tomando una.
- ¡Ja, ja, ja…! No me gusta ir de copas, pero sí tomarme una tranquilo en casa o en compañía de una persona interesante.
- ¿Yo soy interesante?, pregunto de forma automática.
Nuño se me queda mirando fijamente, como buscando la respuesta en su interior.
- ¡Acércate!
Me muevo despacio hacia él. Tan sólo nos separan los cinco centímetros de la mampara, pero mi brazo roza con el suyo. Se inclina sobre mí y busca mi boca con sus labios para besarme…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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