“Creo que sobro”

“Creo que sobro”

Publicado por el jul 31, 2014

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- ¡Está abierto!, gritan detrás de la puerta tras tocar el timbre de los vecinos.

Marta y María habían pasado antes, mientras yo me entretenía en echarme unas gotas de colonia. Mi corazón ya se había tranquilizado después de oír el “pi-pi” del whatsapp en el móvil. Tras dudar unos segundos, decidí no acercarme a mirar. “¡Que le den a Marcos o al plasta que quiera amargarme la vida!”.

En la casa de los vecinos, parece que se ha obrado un milagro. Lo que yo recuerdo de mi despertar en braguitas en la cama de Martín era un cuarto desordenado al fondo, que ahora tiene la puerta cerrada, y el salón con ropa tirada. Hoy parece que las cosas han encontrado su sitio en la tierra y está todo colocado. Me llama la atención el montón de libros apilados en la esquina del comedor, en el que el día de mi fuga, con las prisas, no reparé.

En la terraza se escucha “All of me” de John legend. “Debo de ser una ñoña, pero cada día me gusta más esta canción, porque me anima el alma”. María está con Martín apoyada en la barandilla, mientras beben una cerveza. A Marta la veo trasteando en la cocina junto a Nuño, el hermano de Martín. “Ya le ha echado el ojo -sonrío-, pobrecito, no sabe el terremoto que se le viene encima”.

Sopeso incorporarme a la charleta de María con Martín, pero he decidido no mostrarme demasiado ansiosa. “Yo no soy Marta, vamos a no trabajar en estado de ansiedad, que eso solo lleva al fracaso y a la decepción”, reflexiono. Corrijo, pues, mis pasos para ayudar en la cocina.

Nuño está emplatando la cena. Mi amiga revolotea a su alrededor preguntando por todo. “Cuando adopta el papel de niñita ingenua me pone de los hígados”.

- ¡Hola!, soy Mar…

- Ya lo sé. En esta casa eres la mítica vecina. Yo soy Nuño, el hermano mayor de Martín.

- ¡Vaya! Pensaba que mi nombre era lo bastante bonito como para no ponerme un mote. Y ya puestos, podríais haber puesto un seudónimo con algún encanto.

- ¿Cómo qué? La vecina es la descripción perfecta: habitante de la casa de al lado.

- Pero puedo ser la vecina acompañada por un adjetivo.

- “Ponte un calificativo”, me reta Nuño con su sonrisa perfecta queilumina su cara.

Pongo rictus de pensar mientras Marta me empieza a mirar con gesto de “deja de tontear con él que lo he visto yo antes”. Decido ignorarla, me gusta la agilidad mental del “otro” vecino.

- Podría ser la vecina inteligente, la vecina generosa, la vecina morena…

- “Puedes ser la vecina pesada”, suelta mi amiga. De paso, me hace una mueca con las cejas para que me esfume.

- Para poder maridar “vecina” con algo… ¿No crees que debería conocerte un poco más?

Marta está empezando a ponerse de todos los colores. No le gusta nada este coqueteo que Nuño mantiene conmigo de forma espontánea nada más conocerme, así que corta por lo sano y nos invita a sacar los platos para empezar a cenar. Colocamos las cosas encima de la mesa, mientras María y Martín dan la sensación de estar pasándolo muy bien, lo que tampoco me acaba de gustar demasiado. “¡Me estoy poniendo celosa!”, me recrimino en mi interior. “¡Qué tontería!”.

La cena es divertida, ayuda bastante el vino blanco muy frío que sirvieron los chicos  -cayeron casi tres botellas-. La comida estaba estupenda: gazpacho, ensalada templada de langostinos y tacos de solomillo al Pedro Ximenez.

- “Lamento comunicar que no hay nada de postre, así que habrá que pasar a las copas”, comenta Nuño.

- “Un cocinero de tu nivel no puede hacer una cena incompleta”, le recrimino de forma retadora.

Se gira despacio, con aire de vaquero de película del oeste de las que veía mi padre, y se me queda mirando muy fijamente. Nos quedamos todos en silencio.

- Querida vecina “impertinente”, ya tienes el calificativo que me pedías antes. No hay postre porque algún hermano pequeño que está de vacaciones conmigo me dijo que os encargabais vosotras.

Las tres miramos a Martín con cara de interrogación. María, que está a su lado, hace el pariré de agarrarlo del cuello para estrangularlo.

- “No nos había dicho nada”, le suelta a la cara mientras le agita la cabeza.

Martín ríe y se deja caer encima de mi amiga haciendo que está inconsciente. Mis ojos ven la escena como a cámara lenta y no me gusta nada. La cara de él pasa rozando el pecho de María y a mi amiga parece que le satisface, porque sus pezones se marcan a través del vestido.

Nuño aparta la silla de la mesa y se levanta.

- Me encantan los retos. Voy a preparar el postre.

Marta sale detrás de él solícita con la excusa de recoger la mesa, a lo que me ofrezco para ayudar y mi amiga me para en seco con el dedo.  Martín sigue reposando la cabeza encima del regazo de María, como si esto de recoger y el postre no fuera con ellos.

-”Esto se está poniendo complicado, parece que sobro”.

Marta y Nuño regresan con un gin tónic para cada una y una bandeja con cinco magdalenas.

- ¿Vamos a desayunar?, pregunto con ironía.

Nuño coge una de las magdalenas, parte un trozo y me lo introduce en la boca de forma sensual mientras deja sus dedos reposar un instante en mis labios. Luego me acerca la bebida.

- “¡Bebe!”, me conmina de forma imperativa con su mejor sonrisa.

Mis amigas me miran ansiosas para que dé mi veredicto.

No era nada del otro mundo, pero resultaba agradable. La magdalena estaba levemente empapada en ginebra y la había espolvoreado con canela, lo que unido al trago de gin tónic le daba un sabor más que agradable.

La música no ha dejado de sonar durante la cena. Marta se levanta a bailar al escuchar “Bailando”, de Enrique Iglesias, y coge de la mano a Nuño para que la siga.  Observo a mi amiga, veo que está dispuesta a darlo todo para cazar al nuevo vecino y no piensa escatimar nada. Se pega a él para rozarlo con su cuerpo mientras desabrocha un botón más de su blusa con la excusa de que hace mucho calor. “Lo siguiente será coger un hielo y pasárselo por el canalillo”, pienso un poco cabreada. Martín y María se unen a los bailoteos.

“Creo que sobro”.

Decido ir al baño para aclarar mis ideas. No quiero parecer una niñita que se marcha en mitad de una fiesta, pero realmente parece que estorbo.

Me paro en el salón a ojear los libros que hay encima de la mesa.

Cojo “La fuerza y el viento”, de Óscar Lobato, la lectura de mi hombre misterioso de la playa. Martín o Nuño, cualquiera de los dos, podría ser el lector de la montaña de arena con el sombrero Panamá. Lo que no tengo muy claro es quién prefiero que sea, “aunque para el caso o mejor dicho el no caso que me hacen, me daría exactamente igual”.

- Ya lo he terminado, te lo dejo si quieres.

Es Nuño a mi espalda, que lleva la camisa desabrochada y está empapado en sudor. Tiene un torso precioso, como su hermano, parece mentira que ronde los cincuenta años y tenga un cuerpo tan bonito. Se supone que a esa edad los hombres están abonados a la barriguita cervecera.

- ¿Qué tal está?

- Bien. Una novela para el verano, de las de no pensar, que es lo que quiero.

Marta está en la puerta de la terraza mirándome de nuevo con cara de “¡te mato! ¡es mío!”.

Martín sigue sin hacerme caso tonteando con María. Veo a través del cristal cómo se pega a él con los pezones cada vez más erguidos y se me revuelven las tripas.  “Ya le vale a mi amiga meterse en medio, cuando sabe que el vecino me hace tilín”.

- “Creo que me encuentro mal -le suelto a Nuño-. Me voy a casa…”

 

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Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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