“Yo iría sin braguitas”

“Yo iría sin braguitas”

Publicado por el jul 30, 2014

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“¿Qué es vestimenta informal?”, pienso, mientras vacío el armario en busca de una inspiración para la cena en la terraza del vecino. Elegir qué me pongo para una noche que quiero que sea especial -esta noche beso a Martín aunque él no quiera- es más complicado que ningún examen que haya hecho jamás.

Se trata de ir arreglada sin que se note, que parezca que vistes así todos los días y que a la vez le corte la respiración a la persona a la que quieres gustar. En estas ocasiones, me gustaría ser Marta -”ella siempre sabe llamar la atención y monopolizar miradas”-. Pero yo no soy ella. Además, en su caso, esa es su forma habitual de arreglarse. Hasta sus bikinis tienen brillos y lentejuelas para que se vea a distancia; es más, hasta su cuerpo emite destellos con su moreno integral sin ninguna marca sobre la piel.

Espanto la imagen perfecta de mi amiga, que siempre lo llena todo y vuelvo a concentrarme en la mía.

No quiero pedir ayuda, tengo que resolver el dilema con mi armario, en el que está alineada mi colección de ropa. “Una cena en una terraza, donde seguramente comeremos de barbacoa, no es para un vestido”, pienso. “Lo suyo serían unos shorts y una camiseta o una blusa clara de tirantes para que resaltara el moreno”, medito mientras maldigo por no tener ninguna de las dos prendas. Para el atuendo que busco, solo tengo unas sandalias preciosas, con cristales multicolores, que aún no he estrenado.

La única solución al problema de “vestimenta informal” pasa por sumergirme en la maleta de Marta. Podría hacerlo en la de María, pero sus caderas son dos tallas más que las mías, aunque es posible que tenga una blusa bonita para prestarme. Me armo de valor y salgo al salón a reconocer el fracaso de mi armario cuando estoy de vacaciones.

La puerta del baño está abierta y se ve a María secándose el pelo, mientras que Marta, como es habitual en ella, anda desnuda por la casa echándose crema hidratante por todo el cuerpo. “Es un escándalo verla hasta dentro del salón”, pienso.

- ¡Marta! Vas a poner el sofá perdido de crema -le recriminó-. ¡Ten cuidado!

- Pero si tengo cuidado -responde mientras se acaricia el trasero para que absorba bien la crema-. Estoy en la zona de azulejos.

María se vuelve desde el baño resoplando por el calor que desprende el secador, así que se quita la toalla. “Vaya, ya están las dos en pelotas, debería ser menos vergonzosa y dejar de darle importancia a mostrar mi cuerpo, lo que me evitaría estar pasando tanto calor con el albornoz”, concluyo mientras me armo de valor para lanzar la pregunta al aire.

- ¡Marta! ¿No tendrás unos short informales para dejarme?

Mis dos amigas se quedan paralizadas. El secador se detiene en seco. Me miran como si estuvieran viendo un marciano o, mejor dicho, escuchando a un marciano.

- Claro que tengo todos los shorts y minifaldas que quieras. Lo de informales es una cuestión relativa -sonríe-. Está claro que tengo que llevarte de compras con urgencia en cuanto volvamos a Madrid.

- Yo te podría dejar también alguno, creo que tengo uno que va con goma,  tipo lencero, que podría sentarte bien aunque tú seas más delgada -interviene María desde el baño-. De todas formas, en cuanto acabe te ayudo y te enseño mis blusas.

- Quítate el albornoz, que estoy sudando sólo de mirarte.

Como ve mi cara de duda, Marta insiste.

- Prometo no meterme con la melena que llevas entre las piernas, aunque ya te vale -se le escapa mientras se mete en su habitación-.

Sale con dos shorts y una minifalda. Las tres prendas son preciosas, con su toque de brillo marbellí por los abalorios que llevan bordados. Me pruebo las tres ante la atenta mirada de mis amigas, que me piden que desfile como si estuviera en una pasarela. Consiguen que me venga arriba y salgo hasta la terraza para que me vean mejor mientras me contoneo de forma exagerada.

- ¡Desde luego, estás impresionante, vecina!

Escucho a mi espalda mientras oigo un silbido. Instintivamente me tapo el pecho y me giro. Ahí esta Martín asomando la cabeza detrás de la mampara.

- ¡Tú deberías estar cocinando o poniendo la mesa en vez de espiar a tus vecinas!, le recrimino con mi mejor sonrisa.

- Me he asomado para deciros que la cena se sirve en media hora. Mi hermano es un tiquismiquis con el tema de los tiempos de cocción, la temperatura y todo el rollo gastronómico. No soporta que algo no esté en su punto. Así que, por lo que más queráis, os espero en mi terraza antes de media hora. Ahora me retiro, aunque no me importaría quedarme para seguir viendo el pase de modelos. ¡Hasta dentro de un rato guapas!

Marta está a punto de pedirle que pase, pero le mando callar con el dedo.

Al final me inclino por un “short joya” en tonos marrones y me coloco una blusa de tirantes en tono crudo que me deja María. Naturalmente, Marta me obliga a ir sin sujetador y exige que utilice un tanga. “Aunque yo iría sin braguitas”, sentencia.

El pelo me lo recogen mis amigas en una coleta alta y tirante. Una leve sombra, con raya en el ojo, es todo el maquillaje. Me miro al espejo y no puedo menos que asentir con una sonrisa al ver mi imagen: “Realmente estoy guapa. Elegante, pero no recargada”.

Mis amigas también están guapísimas. Marta se ha puesto la mini que he descartado con una blusa de flores en la que ha desabrochado tres botones, mientras que Maria va con un vestidito de raso de colores que favorece un montón.

- Pasad vosotras a la casa del vecino -les digo-, que voy a echarme un poco de colonia.

Entro en la habitación y escucho el “pi-pí” de la entrada de un whatsapp. Dudo si mirar, no quiero que ningún mensaje estropee esta noche…

 

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Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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