Demasiado salida

Demasiado salida

Publicado por el jul 29, 2014

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Vuelve a amanecer en el pequeño pueblecito que está cimentando mi nuevo ser. Parece mentira cómo el tener un poco de tiempo para mí misma empieza a abrirme los ojos ante muchas cosas, sobre todo en lo que se refiere a mi relación con la que ha sido mi pareja durante los últimos diez años: Marcos o “el capullo de Marcos”, como lo llama mi amiga Marta.
Ya me había dado cuenta de que me había anulado la voluntad a su capricho, hasta convertirme en una mujer sumisa, que aceptaba el papel que me había otorgado; poco más o menos que el de un adorno del que presumir. Estas vacaciones me han hecho verlo todavía más claro.
“Mar es la mujer diez”, siempre puntualizaba cuando me presentaba, para a continuación enumerar una retahíla de cualidades que me sonrojaban: “lista -fíjate que ha sido la número uno de su promoción en ADE-, guapa, tipazo, generosa, paciente, abnegada y todas aquellas cualidades que quieras desear en una buena esposa”.
Visto ahora, desde el balcón del apartamento y con el café en la mano mientras siento empezar el día, me parece triste. Creo que me exhibía como un trofeo, una muestra de su innato carácter ganador.
Yo, en cambio, no obtuve nada de mi entrega, ni de mi búsqueda constante por agradarle, sacando tiempo de donde no lo tenía, ni de mi sonrisa eterna ni mi compresión hacia su vida de ajetreo. Ni siquiera una vida de lujo, porque ese nivel que él me facilitaba por ser presidente ejecutivo de una gran consultora lo podría tener yo con mi sueldo. Porque si él era un triunfador en los negocios, yo lo era en mi profesión. Además, no tengo muy claro que yo quiera este tren de ostentación que lleva Marcos. Ahora lo veo claro, en lo material no me aportaba nada y en lo personal, tampoco. Nunca dio la talla conmigo, ni como amigo, ni como novio, ni como esposo, ni como amante.
Después de desayunar con las chicas, decidimos bajar a la playa en busca de paz. La noche anterior, por primera vez en mucho tiempo, Marta accedió a quedarse en casa. Lo que estuvo muy bien, porque nos permitió reírnos mucho recordando aventuras del colegio y las tonterías de adolescencia.
Nos volvemos a colocar en el mismo lugar de la playa que el primer día, un sitio estratégico que nos permite tener cerca el chiringuito. De hecho, antes de pisar la arena le hemos encargado una paella a Mario.
- ¡Por favor, Marta! ¡Por una vez en tu vida, hazlo por mi! -súplica María-. Intenta ser discreta y hoy extiéndete el bronceador sentadita en la toalla, como hace todo el mundo. No estoy para aguantar moscardones.
En cualquier otro momento Marta habría hecho caso omiso y estaría montando una escena de lo más sexy mientras se untaba de bronceador, pero sorprendentemente hizo caso. Cada una seguimos nuestro ritual habitual. El mío fue ponerme los cascos con la música y sentarme a leer el ABC, mientras ellas se marchaban a dar un paseo.
No acabo de comprender cómo lo hace mi querida amiga Marta, pero a su paso se vuelven todos a mirarla, incluso alguna mujer. A más de un marido le ha costado una reprimenda de su esposa al babear a su paso.
“Hay que reconocer que está espectacular -pienso mientras las veo alejarse hacia la orilla-. Tiene un tipazo: pierna larga, vientre plano, pecho perfecto -estoy segura de que son operados, aunque ella lo niegue- y una melena rubia que mueve como si fuera una bandera haciendo señales para que la miren”.
Cuando las pierdo de vista, busco en el fondo de la playa a mi hombre misterioso. Hay mucha gente paseando por la orilla, hace un día de mucho calor, y no consigo distinguir con claridad el lugar donde suele sentarse a leer apoyado en su montículo de arena. Me levanto para intentar ganar perspectiva y me quedo un rato oteando.
- ¡Hola Mar! Tenéis la paella preparada para las tres de la tarde en la mesa VIP.
Me giro y observo a Mario a mi lado.
- ¡Gracias!, respondo con mi mejor sonrisa.
- Chica ¡cómo estás! Y no es una pregunta, es una afirmación ¡qué pecho más bonito tienes!
Creo que me he puesto colorada al oír el piropo a pesar de que mi amigo es gay.
- Soy muy normalita, respondo mientras echo los hombros hacia adelante de forma instintiva al recordar que estoy en topless.
- “Te libras porque soy gay, en caso contrario estaría asediándote. De hecho estoy pensando aparcar mi orientación sexual por tu culpa”, me dice, a la vez que me guiña el ojo de forma cómplice.
El chute de autoestima que me han dado las palabras de Mario me hacen pensar en Martín. En otro momento mi mente habría volado hacia el estúpido de mi ex, pero ahora me interesa mucho más mi vecino, que está consiguiendo que vuelva a sentir escalofríos. “Estaría bien que andara por aquí -pienso- y lo que sería fantástico es que resultara ser también mi hombre misterioso”, al que sigo buscando con la mirada y que acabo de descubrir. “Se acabó la tontería -me digo a mí misma-. Voy a echar todo el morro del mundo y voy a sentarme a su lado hasta que le vea la cara”.
Intentó avanzar entre la gente por la orilla, para llegar hasta el lugar que hace frontera entre la gente vestida y los nudistas de la zona “colonial”, como la llama Marta. El hombre del sombrero Panamá está leyendo, como el primer día que lo vi. Al tener el libro apoyado en las rodillas flexionadas no consigo adivinar el título. Inconscientemente mis ojos se claven en su entrepierna. “¡Qué hago mirándole el paquete!”, me recrimino a mí misma. Como sigo sin verle la cara, decido sentarme en la orilla mientras simulo que miro al horizonte. Apoyó los codos en la arena y saco pecho, “aunque es pequeño, Mario ha dicho que es precioso, así que habrá que enseñarlo como si fuera un anzuelo”, pienso.
- ¡Mar! Ven con nosotras.
Era María que me llamaba desde la zona colonial. Así que me levanto del puesto de guardia y me acerco a mis amigas.
- ¿Qué pasa?
- Marta asegura que una de las estatuas humanas del fondo es el vecino.
- ¿Qué estatuas?, pregunto
Marta me coge de la mano para que las siga y me cuenta que en el fondo de la playa, “dónde habitan los descendientes de Colón -denominación que ha puesto mi amiga a los que van con la cola al aire-, algunos se embadurnan de barro y se tumban en las rocas hasta que se les seca la arcilla encima del cuerpo”.
- Estoy segura de que uno de ellos es Martín, pero tú lo conoces más, hasta has dormido con él.
- He dormido completamente borracha y no pasó nada, respondo.
Es cierto que en esta parte de la playa se muestra un buen catálogo de cuerpos desnudos, pero curiosamente hay más hombres que mujeres. Yo debo de estar hoy especialmente sensible, por no decir especialmente salida, porque mis ojos se van de forma automática hacia el centro de gravedad de todos los nudistas. Hay “colones” de todos los tamaños, muchos de ellos parecen estatuas al estar cubiertos de barro.
Cuando llegamos a las rocas, Marta y María buscan desesperadamente al que, según ellas, podría ser Martín, pero en esa roca ya no hay nadie. Me río de ellas por su imaginación, aunque confieso que me hubiera gustado que fuera verdad y mi vecino fuera una estatua desnuda.
Regresamos rápido a nuestras toallas para poder ir a tomar el arroz en el chiringuito. Cuando pasamos por el montículo de arena en el que se apoya el lector, sólo vemos su sombrero Panamá cubriendo un libro, pero no hay ninguna persona. Miro a todas partes mientras sigo caminando, pero es imposible saber quién puede ser.
La paella era tan buena como les había contado a las chicas. Felicitamos a Martín y a su socio. Pedimos tres gin tónica como postre.
- ¡Esto son vacaciones!, suspira Marta mientras pone los pies encima de la barandilla y se reclina hacia atrás.
La verdad es que tiene razón “¡Esto son vacaciones! Disfrutar sin preocupaciones”, afirmo en mi interior mientras cierro los ojos, que abro bruscamente al oír…
- ¡Hola vecina!
Es Martín, con sus Bermudas, la camiseta blanca y el pelo húmedo.
- Os informo a las tres, que habéis quedado a cenar esta noche al otro lado de la mampara. En mi piso, vaya. Cocina mi hermano. Vestimenta informal -concluye mientras me lanza una mirada tremendamente provocadora.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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