Un desastre en la cama

Un desastre en la cama

Publicado por el jul 28, 2014

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Marta continuó el relato de la ruptura con su ex. María y yo escuchábamos en silencio. Como suele ocurrir, por mucho que nos lo parezca, nada o casi nada en este mundo es casualidad. Todo tiene unos antecedentes que hacen que las cosas, hasta las más absurdas, ocurran.
- Después de separarme de David, até muchos cabos sobre su comportamiento -sigue relatando Marta-. Sus habilidades sexuales no las inventaba conmigo: las adquiría fuera y las practicaba conmigo. De hecho, descubrí que pertenecía a una especie de club de encuentros íntimos en el que aprendían todo tipo de formas y técnicas amatorias. Pero esa historia os la cuento otro día -interrumpe su monólogo de forma brusca con una sonrisa-.
- No fastidies, Marta -recrimina María-.
- Es tardísimo y estos señores nos están mirando desde hace tiempo con ganas de recoger.
Efectivamente, deben de ser cerca de las seis de la tarde y nos hemos quedado solas en la terraza del restaurante. Los camareros incluso han empezado a preparar las mesas para las cenas.
Con la excusa de que tengo que ir a la compra, “porque no tenemos de nada”, he dejado en casa a Marta y a María. Siempre me ha gustado ir al súper, pasear entre los estantes curioseando todo, leyendo etiquetas, descubriendo productos para resolver cualquier tipo de problema doméstico, “algunos bastante ridículos” -pienso-.
Mientras estoy trasteando con el carrito y comparando precios, no paro de pensar en el mensaje del impresentable de mi ex, Marcos -”Martínez me ha mandado este enlace de Facebook. ¿Eres tú?”-.
Pienso que la solución pasa por pedirle a mi amigo Mario, que es el administrador de la página del chiringuito Waikiki donde están alojadas las imágenes, que las quite, pero descarto la ida. Si lo hago, es lo mismo que reconocer que soy yo. Si dejo las cosas como están, al menos, tendrá dudas.
Tienen razón mis amigas, mi ex me tiene comido el cerebro. Hasta cuando no está controla mis pensamientos. “Si por lo menos hubiera sido tan buen amante como el ex de Marta…”
Cojo una docena de huevos y los coloco en el carro de la compra mientras busco en mi cerebro algún encuentro íntimo con Marcos que me vuelva a erizar el bello y tensar el cuerpo.
Me tengo que remontar a los momentos iniciales, cuando empezábamos a salir. Es cierto que la primera vez que me acosté con él estaba muy excitada, otra cosa es que fuera un éxito. Sonrío con gesto malvado al recordarlo. Fue un auténtico desastre. Por su parte.
Del resto de veces, después de diez años, hay bastantes ocasiones, viajes, llegadas de madrugada, no recuerdo ninguno. “Malditas llegadas de madrugada, en las que siempre me buscaba en la cama para lavar su conciencia después de haberse acostado con otra. Porque la vez que lo pillé fue con su secretaria, pero estoy convencida de que ha tenido mil historias y casi siempre dentro del trabajo”, me torturo de nuevo.
La única imagen que me viene a la mente de Marcos haciéndome el amor fue el día que me descubrí, a mí misma, buscando la televisión detrás de su cabeza para no perderme el final de una película que me estaba interesando. “Ese día tenía que haber roto. Él se estaba desahogando y yo le dejaba hacer con la esperanza de que terminara pronto -cosa que siempre pasaba- para ver la televisión tranquila”.
Mientras busco tomates en la zona de verduras del súper, mi vista descubre a mi vecino Martín, con su pelo alborotado, camiseta blanca, bermudas de camuflaje y calzado con unas menorquinas. No está solo, conversa con otro chico, algo mayor que él, de complexión parecida a la suya, pero con el pelo cortado al “uno”. Observo un rato cómo eligen las piezas de forma meticulosa, oliendo y comprobando el peso de cada verdura. Parecen unos expertos, lo que me choca mucho porque Martín me ha dicho que es ingeniero informático.
Lo cierto es que es la primera vez que lo veo con uno de sus compañeros de piso. El día que llegaron, supimos que eran tres, pero era de noche y no presté mucha atención. Cuando me desperté medio desnuda en la cama de Martín, y estaba en el balcón intentando huir, vi marchar por la puerta a alguien vestido con mallas, que parecía que se iba a correr. “Creo recordar que también llevaba el pelo al uno”-.
Martín se gira en ese momento y me ve en el extremo del pasillo. Me saluda con la mano y se acerca con su sonrisa de anuncio mientras su compañero desaparece al fondo.
- ¡Hola vecina!
- ¡Qué interesado y qué profesional se te ve con el calabacín en la mano!, le respondo con mi mejor sonrisa.
- ¡Ja, ja, jaaaa…! Yo no tengo ni idea de verduras, son cosas de mi hermano, que le encanta la cocina. Se lamenta de que en este súper la verdura no tiene calidad, a pesar de que estamos en una zona en la que se producen cantidades para alimentar a todo el país.
- Es curioso que llevemos ya casi una semana viéndonos en todas partes, hasta durmiendo contigo en braguitas -le suelto de forma pícara-, y nunca nos hayas presentado a tus compañeros de piso.
- Compañero -puntualiza-, sólo estoy con mi hermano Nuño, el otro era mi amigo y vino a pasar el fin de semana. Lo cierto es que sólo he coincidido con vosotras por la noche o por la mañana. Mi hermano no es de salir a tomar copas, es más de playa, de correr y de leer, es el lector de la familia. Yo siempre lo recuerdo con un libro en la mano.
- Pues nos lo tienes que presentar. Nos vendrá bien tener a otro chico protegiendo a tres damiselas descarriadas que no paran de meterse en líos y que acaban en el cuartelillo de madrugada.
- Me parece muy bien. Acepto la moción. A Nuño le vendrá bien salir de la burbuja en la que está metido desde que se quedó viudo hace ya cuatro años.
- ¿Qué es, un ermitaño? -pregunto-.
- ¡Noooo! Es encantador, tiene mucho don de gentes. Voy a pedirle que cocine para vosotras, pero no garantizo nada, porque con lo meticuloso que es me va a poner un montón de pegas: que si los productos no son los adecuados, que los utensilios de cocina son malos, que el fuego no ayuda…
Martín me acompaña mientras termino de hacer la compra y me lleva las bolsas hasta casa. Es agradable pasear con él, saca una conversación detrás de otra y bromea con todo.
Cuando nos despedimos y me da la última bolsa, me roza la mano, lo que provoca una descarga eléctrica que me sube por toda la espalda.
Tengo su boca a sólo tres centímetros de la mía y me muero de ganas de besarle…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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