Una mano debajo de mi falda

Una mano debajo de mi falda

Publicado por el jul 25, 2014

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Marta y María me conocen a la perfección. Nada más volver del baño, al ver mi cara seria, mirando al horizonte, con el móvil en la mano, saben que ha pasado algo.
- ¿Qué ocurre?, pregunta Marta.
- Que Marcos intenta amargarme la vida.
Les enseño el email que acabo de abrir: “Martínez me ha mandado este enlace de Facebook ¿Eres tú?”.
- Pasa de él. Responde rápido María mientras me arrebata el teléfono.
- Pasa de él. ¡Qué fácil es decirlo! Llevo más de diez años a su lado, aguantando como una imbécil, enamorada hasta no poder más, ciega ante lo que me hacía, creyéndome una porquería a su lado…
- ¡Para ya! ¿Crees que eres la primera mujer a la que engañan de forma continuada sin que ella se dé cuenta?, interrumpe Marta, que está muy seria. Muy pocas veces la he visto así, la última fue cuando tuvo que ir a un juicio por intromisión en el derecho al honor de un político -pero esa es otra historia, una historia de las mil que podría contar Marta-.
- ¿Quereis que os diga por qué se rompió mi matrimonio?, pregunta a bocajarro.
María y yo la miramos con los ojos como platos. Nunca quiso explicarnos qué había pasado. Cuando salía el tema, simplemente lo zanjaba canturreando la canción de Rocío Jurado: “Se nos rompió el amor de tanto usarlo”. Por lo que deducíamos que se había acabado sin más.
- Nunca lo he contado a nadie -continúa-. A mi ex, David, lo conocí en una fiesta, lo que dicho así es sinónimo de algo frugal, de una historia de una noche o de un fin de semana. Pero ese día me hice la estrecha. ¡Como vea una sonrisita en vuestras caras se acabó la historia! Sí, me hice la estrecha, yo también tengo días en los que no tengo el cuerpo de jota, y ese fue uno de ellos.
Marta nos contó lo insistente que fue él, cómo empezó a llenarle la casa de flores hasta que acepto una cita. Como esa primera cita no acabo en la cama. Como él no se desanimó y siguió invitándola a conciertos y fiestas.
- Aguanté sin acostarme con David casi un mes.
- Ya serían dos o tres semanas, por no decir una -interrumpe María-. No te veo a ti sin tener sexo más de una semana.
- Yo no he dicho que no tuviera encuentros sexuales durante ese tiempo. He dicho, ¡pesada!, que no los tuve con él.
- Venga, no te distraigas, sigue contando, le animo.
Después de resoplar y retirarse un mechón de pelo de la cara, Marta continuó el relato.
Historia que pasa por describir, con todo lujo de detalles, cómo una noche, después de cenar, acabaron tomando una copa en una de las discotecas de moda de las que era dueño David.
- Ya sabéis de mi larga experiencia en la cama, hace seis años era un poco más corta, pero creo que podía presumir de haber vivido todo tipo de situaciones. Todo empezó de la forma más natural, un baile, un roce, un abrazo, un beso… otro beso. Cuando me quise dar cuenta, su mano estaba debajo de mi falda y con los dedos había roto mis panties. Sólo de pensarlo me estoy poniendo de nuevo a mil, resopla.
María y yo la mirábamos con la boca abierta.
- Sí chicas. En mi vida he sentido algo más fuerte ni excitante. Después de eso, me rendí para siempre a su maestría. Ni un profesional del amor sería capaz de llevar a una chica a los niveles de goce que he alcanzado con David.
- Pero si todo era tan perfecto, ¿dónde estuvo el problema?, interrogo intentando descubrir qué pudo pasar.
- Todo iba fenomenal. Existía la particularidad de que él trabajaba de noche, pero lo tenía asumido y no me importaba porque yo también soy bastante noctámbula, como muy bien sabéis. A David le gustaba jugar, os podría contar un millón de historias que convertirían a “Las mil y una noches”, “El decamerón” y “El kamasutra” en cuentos infantiles. Lo malo es que los juegos cada vez iban a más y yo los aceptaba porque no hay peor cosa en una relación que la monotonía.
- Perdona, Marta, pero yo estaba encantada con mi monotonía con Mauri, interrumpe María.
- Eso es porque nunca has jugado de verdad, mi inocente amiga. Lo malo fue cuando un verano nos fuimos de vacaciones con una pareja conocida suya con la que quería hacer negocios. Todo iba normal hasta que empecé a ver cosas que no me gustaban. La otra chica aprovechaba cualquier excusa para masajear a David. Yo no soy tonta, veía que eso no eran unos masajes normales y que las manos de ella se adentraban en lugares no terapéuticos, sino más bien carnales -nos explica mientras guiña un ojo-.
A estas altura del relato, María y yo estábamos que no cabíamos de ansiedad.
- Pero qué pasó, insisto para que siga con el relato.
- Pasó que el chico de la otra pareja también se empezó a empeñar en darme masajes. Yo me dejaba, a quién no le gusta que le masajeen. Sus manos hay que reconocer que eran hábiles, muy hábiles. Sus dedos rápidos y fuertes, tan rápidos que cuando me quise dar cuenta me estaba masajeando el culo, así que de forma delicada le comente que hacía calor y que me iba a dar un baño.
- ¿Le dijiste algo a David?, interrumpe de nuevo María.
- No me atrevía, podía haber sido una mala interpretación mía. Mis dudas se resolvieron esa misma noche. Después de la cena David propuso que nos bañáramos los cuatro en el jacuzzi. Quedamos en nuestra habitación a las doce de la noche. Cuando llegaron colocaron un montón de velas alrededor de la bañera, se quitaron la ropa y se metieron al agua. Cuando digo se quitaron la ropa quiero decir que se quedaron en pelotas. David los imitó y me animó para que hiciera lo mismo. Como no soy ninguna mojigata, me quite el bikini y me senté a su lado.
- Creo que yo jamás habría entrado en un jacuzzi con otra pareja y mucho menos completamente desnuda, afirmo de forma tajante.
- Si dejáis de interrumpirme puede que llegue al final, más que nada porque los de la mesa de al lado están con la oreja puesta y querrán saber el final -nos riñe mientras tuerce la boca señalando hacia su derecha-. David empezó a besarme, y os confieso que nadie jamás me ha besado como él. La otra pareja hacía lo mismo y sin darme cuenta sentí que había cambiado de pareja y que la mano que acariciaba mi pecho no era la de David. Se me encendió un luz, me vino a la cabeza el club de intercambio de parejas del reportaje que hice cuando tenía poco más de veinte años.
- ¿Qué hiciste?, preguntamos las dos a la vez.
- Salí de la bañera, recogí mis cosas y me marché. David intentó calmarme, me dijo que era sólo un entretenimiento, pero yo no quería volver a ser un objeto de intercambio. Yo decido con quién quiero estar y cuándo. Desde entonces mi relación con él ha sido siempre a través de abogados y no lo he vuelto a ver.
- Perdóname Marta. Sabes que te quiero un montón, pero creo que tú jamás has estado enamorada de David. Tú, lo que has estado, es colgada de las habilidades amatorias de David.
- Puede ser, Mar -responde-, pero han pasado seis años y mi cuerpo sigue tensándose cada vez que recuerdo nuestros encuentros sexuales.

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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