Mariposas en el estómago

Mariposas en el estómago

Publicado por el jul 24, 2014

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Una buena jornada de compras es el mejor desestresante para una mujer. Como estamos alejadas de una gran ciudad, nos hemos inclinado por el mercadillo semanal del pueblo más importante de la comarca. Mi amigo Mario -el camarero gay del chiringuito- nos lo ha recomendado. Asegura que él ha llegado a pescar cosas auténticas a precios de ganga. Pero, claro, hay que tener pocos escrúpulos y no pensar de dónde habrá podido salir el producto.

Decidí no comentar a María nada del mensaje de Mauri. A fin de cuentas, lo único que pedía es que la cuidara y no dejara que haga tonterías. Me imagino que por la foto que le había mandado desnuda con el alemán en la cama.

Después de desayunar en la terraza con Martín, por cierto en calzoncillos, el pobre aguantó con una sonrisa las bromas de Marta sobre su dotación y demostró tener un buen saque a la hora de comer, sobre todo si lo comparamos con lo que desayunamos mis amigas y yo.

En vista de que nuestra conversación sobre lo que nos íbamos a comprar en el mercadillo no le interesaba nada, decidió volver a su lado de la mampara de la misma forma como entró en nuestra casa:  de un salto limpio apoyando las manos en el borde de separación. Mientras lo hacía, le recordé que me debía leche, café y sacarina. “Ya lo sé, pero si te lo devuelvo pierdo la única excusa que tengo para llamarte”, me gritó mientras entraba en su piso.

- Ese chico te gusta. Comenta Marta de forma picara mientras guiña un ojo a María.

- ¡Qué bobada! Me hace gracia y nada más. Además, es un niño para mi.

- Define niño -interrumpe Marta-. Yo he estado con chicos a los que sacaba veinte años y con otros que me avanzaban a mí veinte. Ni unos ni otros son mejores. Los hombres son hombres, te gustan o no te gustan. Una no siente mariposas en el estómago al mirar el DNI.

- Ahora resulta que tú sientes aún mariposas en el estómago, respondo.

- Pues mira, niña lista, yo siento mariposas cada vez que estoy con un hombre -responde Marta-. Otra cosa es que me duren una sola noche, pero eso es porque los exprimo al máximo y no dejo nada para el día siguiente.

Reímos las tres a carcajadas. Esto tiene buena pinta, así que nos ponemos el disfraz de ir al mercadillo, que básicamente es el mismo que el de la playa: vestidos sueltos o shorts acompañados por una camiseta y, en los pies, chanclas o deportivas.

El pueblo es bastante feo, está en el interior, en medio de un paisaje desértico. El día se presenta muy caluroso. Ya a primera hora, cuando me levanté, estábamos a cerca de veinticinco grados. Las calles están bulliciosas. Además de lugareños hay turistas despistados como nosotras. Encontrar el mercadillo ha sido muy fácil, sólo había que dejarse llevar por el río humano.

Muchos puestos de fruta y verduras, donde se agolpan las lugareñas con el carro de la compra. O los de lencería, donde las vendedoras gritan: “¡Vamos, que me las quitan de las manos! ¡Tres bragas, tres euros! ¡El tanga de moda chicas!….”.

- ¿El tanga de moda? Pero si te pones eso, que debe de ser 1.000 por 100 acrílico, estás escocida una semana. Suelta Marta, entre más risas.

Cuando llegamos a la zona de ropa, empezamos a desperdigarnos. María se ha quedado en los puestos de bisutería “artesanal, made in China”, bromea de nuevo Marta, que se mete entre los percheros de pantalones hindúes de una parada cercana.

Yo no quiero saber nada de esa ropa hippy, que seguro que es comodísima, pero a mí me pica el cuerpo solo de pensar dónde ha podido estar metida. A mí lo que me gusta es pasear, observar a la gente y descubrir rincones, pero creo que en este pueblo el lugar más bonito es un bar con aire acondicionado, porque está pegando el sol de lo lindo.

Busco uno en la plaza mayor para esperar a mis amigas. Les mando un whatsapp para que vengan cuando terminen.

Marta ha vuelto con ropa para las tres y María, con una bolsa de una tienda de bisutería.

-¡Mirad lo que os he comprado!, se sienta Marta sonriente a nuestro lado.

- ¡Joooooooo, Marta! Sabes que me dan mucho asco las cosas de mercadillo -contesto torciendo la boca-. Además, en esa bolsa parece que llevas ropa para toda una semana.

- Deja de protestar Mar. Os he comprado el disfraz para la noche romana de Waikiki.

Marta saca tres vestiditos mini, plisados, de color blanco,con escotes por delante y por detrás.

- Tengo que reconocer que son muy monos, claudico.

- Lo que te pasa a ti es que no sabes mirar cuando la ropa está amontonada, parece mentira que vengas de barrio obrero como yo.

Nos reímos un rato. Viendo todo lo que ha comprado, estoy segura de que la mayoría de cosas no se las va a poner nunca.

María está feliz con sus anillos, collares y pulseras -también ha comprado cosas para las tres-, “por algo siempre me llamáis Maricomplementos”.

Decido llevarlas a comer al restaurante en el que cené con Martín la noche que acabamos en el cuartelillo.

- Es mucho más bonito de lo que nos habías contado. A mí me trae aquí un chico a la luz de la luna y me salen mariposas del estómago hasta por las orejas, dice Marta mientras me guiña un ojo.

Comimos una paella, casi tan buena como la de Waikiki. Marta y María, siguiendo la tradición no escrita que obliga a ir a toda mujer al baño acompañada de otra, me dejan sola. Momento que aprovecho para trastear con el móvil y borrar mails.

Abro el correo electrónico e inició la limpieza de los mil correos de propaganda en donde abundan los de páginas para encontrar pareja. “¿Cómo sabrán que estoy libre?”, pienso.

Mis dedos proceden a la limpieza del buzón de forma automática, pero se paralizan al ver uno de Marcos. Dudo entre borrarlo o leerlo. La curiosidad puede conmigo y decido abrirlo.

Es muy corto.

“Martínez me ha mandado este enlace de Facebook ¿Eres tú?”…

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Mar picada © DIARIO ABC, S.L. 2014

Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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