“Esta noche te has superado en la cama”

“Esta noche te has superado en la cama”

Publicado por el jul 23, 2014

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El reloj despertador que tengo alojado en mi cerebro desde la universidad no me da tregua. No son ni las nueve de la mañana, después de una noche llena de emociones -cena romántica con mi vecino Martín y fin de fiesta en el cuartelillo de la Guardia Civil-, y ya estoy con los ojos como platos.

Recojo el móvil de encima de la mesita de noche y salgo al balcón procurando no hacer ruido para no despertar a María, que duerme abrazada a su almohada como si fuera un trozo de madera en alta mar. “Pobrecita, no se merece que le pasen cosas malas”, pienso, mientras cierro despacio la puerta de su habitación.

Conocí a María en la facultad. Fue la primera chica que me habló cuando llegué a ese centro privado. Yo siempre pensé que no era mi sitio, lo hablé una y mil veces con mis padres: “A mí no me correspondía ir a una universidad privada, no nos lo podíamos permitir”, repetía yo. Yo era carne de enseñanza pública, pero ellos insistieron, y allí estaba yo, sentada en primera fila, con mi ropa de rebajas, mientras a mi alrededor desfilaban chicas y chicos que parecían salidos de un anuncio de perfume.

Enseguida congeniamos. Nos ayudábamos en clase, quedábamos en la biblioteca para hacer trabajos juntas, me llevaba a casa en su Clio de color azul metalizado. El primer día, cuando se ofreció a acercarme, no me atrevía ni a decirle que vivía en Carabanchel. Ella me sonrió y me dijo que le venía de paso. Menuda trola más grande, prácticamente daba la vuelta a Madrid para dejarme en el portal y luego volver a su casa.

Ella me enseñó a no sentirme inferior a esas niñas pijas de cabeza hueca, con las neuronas quemadas seguramente por culpa del tinte de pelo. De hecho, creo recordar que las únicas morenas en clase éramos ella y yo. Sonrío mientras recuerdo toda la tontería de la que me iba despojando a su lado, de cómo se alegraba de mis matrículas de honor, de cómo presumía de ser mi amiga:  “Mi compi es la número uno”, repetía a todo el mundo-.

Hizo magia en mi armario. Cambió mi forma de vestir de forma muy sutil. Me demostró que no es necesario gastar mucho dinero para ir a la última, sólo había que tener claros los conceptos y elegir el momento para comprar. Dos días de tiendas a su lado, metida en un probador mientras ella no paraba de traerme ropa para que me probara, fueron suficientes para que me olvidara de mi complejo de niña pobre.

El primer día de compras, cuando estaba en el probador, no paraba de elogiar mi cuerpo: “Me muero de envidia, ¡qué tipazo tienes!”, jaleaba mientras yo echaba los hombros hacia delante para intentar ocultarme. “Seguro que te pasas el día metida en el gimnasio”. Al escuchar semejante afirmación me entró un ataque de risa porque jamás he hecho deporte, es más, la única asignatura con la que he tenido problemas en el colegio ha sido con la gimnasia.

Lo cierto es que, cuando me pidió que me quitara el sujetador para probarme una blusa con cuello halter, en mi cabeza se cruzó la idea de que María podía ser lesbiana. Sobre todo, cuando ella no esperó a que me lo quitara y alargó la mano para desabrochármelo. Cogí la blusa y me giré para que no me viera el pecho.

Me sonrojo al recordar lo tonta e inocente que era, veía el mal en cosas naturales y no era capaz de descubrirlo en otros lugares, por mucho que me advirtieran. Como cuando Marcos empezó a merodear a mi lado. A María nunca le gustó, siempre me advirtió contra él. “Conozco perfectamente a la gente como él. Niños ricos acostumbrados a tenerlo todo y que están llamados a ser triunfadores por el simple hecho de haber nacido en una familia acomodada”.

Pero yo no hacía caso y me iba sumergiendo en las aguas de una relación tóxica que acabó con mi voluntad, hasta que el pasado puente de mayo desperté a una realidad que todos conocían menos yo.

Mientras Marcos estaba en la ducha, su iPhone se encendió varias veces en la mesilla de noche. Nunca he sido cotilla y jamás se me había ocurrido mirar su móvil. La noche anterior había llegado tarde, como otras veces y, como cada día que volvía de madrugada, se había metido en la cama buscándome para hacer el amor.

Esa mañana miré su pantalla entre sueños y me encontré algo que hasta un ciego podría ver: “Esta noche te has superado en la cama”; “Mi cuerpo aún te siente en su interior y te llama para que vuelvas a entrar”; “Ojalá pudiera tenerte siempre”. Se me cortó la respiración y me quedé sentada en la cama atontada, como si me hubieran dado un puñetazo. Los mensajes eran de su secretaria, una mujer cinco años mayor que él.

Recuerdo que me vestí de forma apresurada, cogí el coche y me fui directa a casa de María. Creo que estuve llorando en sus brazos todo ese puente.

Mucho de lo que soy ahora mismo, más allá de mi propia obsesión por presentarme en los exámenes con todo el temario aprendido, se lo debo a ella. María fue la que sentó los pilares que me han dado seguridad en mí misma y es mi mejor amiga, mejor que Marta, porque con ella siempre puedo contar.

Miro desde el balcón cómo se despereza el pueblecito playero, con los camiones de reparto circulando torpemente por las calles estrechas y los barcos de pesca saliendo a faenar.

-¡Buenos días vecina!, ¿no tendrás un café para un pobre vecino abandonado?

Es Martín, con su pelo alborotado y sus ojos curiosos. Me acerco a la mampara mientras me retiro la melena y echo los hombros hacia atrás para que me pueda contemplar bien con mi camiseta y las braguitas brasileñas. A fin de cuentas, ya me ha visto así otras veces y un día llego a sorprenderme completamente desnuda en la terraza.

Es la primera vez que veo su torso desnudo. “Seguro que hace deporte”, pienso. Lleva unos bóxer pegados en los que no puede disimular su “morning glory”, lo que me pone la carne de gallina al verlo a pesar de estar a más de veinticinco grados a las nueve de la mañana.

- Te recuerdo que aún me debes un litro de leche, café y sacarina desde el primer día que apareciste al otro lado de esa mampara.

- Lo recuerdo perfectamente, pero vas a tener que volver a dejarme prestado de nuevo de todo porque se me ha acabado o, en su defecto, tendrás que aceptar que te invite a desayunar en el puerto.

- Mejor vamos a hacer una cosa -le suelto con mi sonrisa más pícara-. Salta la mampara y te invito yo a desayunar aquí.

- Espera que me pongo algo.

- La invitación es para que vengas ahora. Dentro de tres segundos caduca.

La agilidad de Martín es propia de un atleta. De un salto, apoyando las manos en la parte alta de la mampara, ha caído a mi lado.

- Me siento un poco desnudo -se excusa mientras intenta disimular con sus manos el dulce amanecer que hay entre sus piernas-.

- Siéntate en la mesa y espera.

Entro en el salón camino de la cocina y descubro que llevo todo el rato el móvil en la mano. Lo miro distraída y descubro un mensaje. Me da un vuelco el corazón al pensar que puede ser el indecente de Marcos, pero se me acelera aún más el pulso al ver que el mensaje es de Mauri, el chico o mejor dicho el ex chico de María: “Estoy preocupado por María, no la dejes cometer tonterías. Cuando puedas me gustaría hablar contigo. Un beso. Mauri”…

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Tres amigas cuarentonas (la mejor edad de la vida), un pueblo con playa y el calor del verano. Con estos alicientes se construye un relato que, día a día, recorre el camino de Mar: una búsqueda de la felicidad a través de todo aquello que hasta ahora se negó por vergüenza y prejuicios.Más sobre «Mar picada»

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